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sobre Solanillos del Extremo
Pueblo elevado con vistas a la Alcarria; tradición agrícola
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A las siete de la mañana, el silencio en Solanillos del Extremo es tan denso que se oye el roce de las ramas de una encina en la era. El aire baja fresco del páramo, con un olor a tierra seca y tomillo. Llegar aquí es un trayecto lento por carreteras que se enroscan entre campos de cereal; cuando por fin aparece el pueblo, con sus muros blancos y tejados de pizarra oscura, solo hay más horizonte vacío alrededor.
Este pequeño núcleo de La Alcarria, en el extremo oriental de Guadalajara, tiene setenta y dos vecinos censados. Las calles son cortas, con adoquines sueltos en algunos tramos, y las fachadas muestran la piedra caliza desnuda junto a revocos agrietados por el sol. No es un lugar detenido —hay una antena de televisión, coches junto a los portones—, pero el ritmo lo marca el campo, no el reloj.
La luz sobre la piedra caliza
La iglesia de la Asunción, con su torre cuadrada de mampostería, es el punto de referencia. No es monumental, pero su sombra alargada marca las horas en la plaza. A su alrededor, las calles estrechas guardan casas con portones altos que antes daban paso a corrales. En sus muros, los líquenes forman manchas amarillas y anaranjadas, que al atardecer parecen incandescentes.
Todavía se ven tapias bajas de piedra seca, restos de las huertas que cada familia tenía junto a casa. Muchas ya no se cultivan, pero sus paredes derruidas dibujan un plano distinto del pueblo, más íntimo. En la plaza pequeña hay un pozo con su brocal de piedra; al mediodía en verano, el sol golpea la cal y todo el mundo se arrima a la sombra estrecha de las paredes.
El páramo respira alrededor
Al salir del último callejón, el mundo se abre de golpe. Campos de cereal, barbechos y manchas aisladas de encina ocupan la llanura. En julio, la tierra es ocre y el viento mueve la hierba seca con un sonido áspero, como papel. En invierno, el paisaje se queda desnudo y el frío corta cuando sopla el cierzo.
Los caminos rurales —de tierra apisonada— siguen trazados antiguos. Caminar por ellos es avanzar durante largos minutos sin cruzarse con nadie. A veces llega el sonido lejano de un cencerro, o se ve la sombra de un buitre planeando en círculos sobre los rastrojos.
Por la noche, con la iluminación pública mínima, el pueblo casi desaparece. Si hay luna llena, las fachadas blancas brillan con una luz fría. Si no, solo quedan las estrellas, una densidad de puntos brillantes que ya no se ve en muchos sitios.
Caminar sin prisa (y con mapa)
Los alrededores invitan a paseos largos por pistas agrícolas. No hay señalización; conviene llevar un mapa o tener descargado el terreno en el móvil. El suelo es llano y fácil, pero en días de niebla o viento fuerte es sencillo desorientarse porque todo se ve igual: tierra y cielo.
La luz buena llega al amanecer y sobre todo al atardecer. Entonces los muros de piedra seca, los postes oxidados y los cardos secos proyectan sombras largas y definidas. Si vienes en verano, sal a caminar temprano. A partir del mediodía, el sol cae a plomo y no hay una sombra donde refugiarse en kilómetros a la redonda.
Un latido ligado al campo
La vida aquí todavía gira alrededor de la agricultura y la ganadería. En invierno se huele a leña de encina y, algunos días, al humo dulzón de las matanzas familiares. En primavera y otoño se ven tractores entrando y saliendo, y alguien siempre arreando un pequeño rebaño de ovejas por la cañada.
Muchos vecinos viven fuera pero vuelven para San Roque, a mediados de agosto. Son los días en que la plaza se llena de sillas plegables, el olor a carne asada se mezcla con el del cemento caliente, y las conversaciones duran hasta que refresca.
Llegar y quedarse (con sentido)
Solanillos está apartado. Se llega por carreteras comarcales estrechas que pasan por pueblos más pequeños aún; el último tramo es una curva tras otra entre campos abiertos. Conduce despacio, no solo por las curvas: a veces hay un tractor o un rebaño doblando una esquina.
Dentro del pueblo no hay tiendas ni bares abiertos todo el día. Si vas a pasar horas caminando por el páramo, lleva agua y algo para comer desde tu punto de partida.
En invierno el viento barre la llanura sin obstáculos. Aunque salga el sol, al atardecer la temperatura cae en picado; lleva siempre una capa más de la que creas necesaria.
Solanillos del Extremo no tiene monumentos destacados ni un flujo de visitantes. Lo que hay es silencio que pesa, horizontes que no terminan y un caserío pequeño que mantiene la escala humana de los pueblos que ya casi no quedan en esta parte de Guadalajara.