Artículo completo
sobre Valdeavellano
Municipio elevado con vistas; iglesia con pórtico renacentista
Ocultar artículo Leer artículo completo
A media mañana, cuando el sol empieza a calentar la piedra, la torre de la iglesia de San Pedro Apóstol se recorta sobre un cielo claro y algo deslavado, muy propio de la Alcarria. En la plaza, los bancos de madera y la sillería gastada muestran años de uso más que de restauración. Desde allí se abre el paisaje de campos ondulados que rodea Valdeavellano, un pequeño municipio de la Alcarria donde el silencio tiene más presencia que los coches.
El pueblo ronda el centenar de habitantes, aunque en invierno la sensación es de ser menos. Las casas, muchas encaladas y con portones de madera oscurecida por el tiempo, forman calles cortas que enseguida desembocan en el campo. Aquí la vida sigue ligada al calendario agrícola: trigo, cebada, avena. Cuando el cereal madura, el aire tiene ese olor seco y dulce que se mezcla con el tomillo y el romero que crecen en los ribazos.
Calles cortas, campo inmediato
En Valdeavellano no hay una separación clara entre el pueblo y el campo. Sales por una calle cualquiera y en pocos minutos ya estás caminando por un camino de tierra. A los lados aparecen corrales antiguos, alguna nave ganadera y construcciones de piedra que en su día sirvieron de refugio para pastores o para guardar aperos.
No están señalizadas ni restauradas; simplemente siguen ahí, formando parte del paisaje. A veces se reconocen por el tejado de teja árabe hundido o por los muros gruesos cubiertos de líquenes.
Mirar lejos: los páramos de la Alcarria
Desde las afueras del pueblo el terreno se abre en lomas suaves y páramos amplios. El horizonte queda limpio durante kilómetros. En primavera el verde del cereal suaviza el paisaje; a finales de verano dominan los tonos pajizos y el polvo de los caminos.
Si levantas la vista con algo de paciencia, no es raro ver grandes aves planeando sobre las corrientes de aire. En esta parte de Guadalajara es habitual que aparezcan buitres leonados y otras rapaces que aprovechan las térmicas de los mediodías despejados.
La mejor luz suele llegar al atardecer. El sol cae bajo y los campos se vuelven dorados, mientras el pueblo queda medio en sombra.
Caminos tranquilos alrededor del pueblo
Los alrededores se prestan a caminar sin demasiada planificación. Hay caminos agrícolas que conectan parcelas y terminan enlazando con otros pueblos de la zona. Son trayectos sencillos, sin grandes desniveles, donde lo normal es cruzarse con algún tractor o con vecinos que salen a dar una vuelta.
Conviene llevar agua si se camina en verano: en estas parameras el sol cae con fuerza y apenas hay sombra.
A cambio, la sensación de amplitud es constante. Solo se oye el viento moviendo el cereal o el crujido de la grava bajo las botas.
Cielo oscuro cuando cae la noche
Cuando anochece, Valdeavellano se queda prácticamente a oscuras. No hay grandes focos ni alumbrado intenso, y basta con alejarse unos metros de las últimas casas para que el cielo se llene de estrellas.
En noches despejadas la Vía Láctea suele distinguirse a simple vista, algo cada vez menos frecuente en zonas más pobladas. Si vienes a observar el cielo, mejor evitar las noches de luna llena.
Fiestas y momentos en que el pueblo se llena
Durante buena parte del año el ritmo es muy tranquilo, pero en agosto el ambiente cambia. Las fiestas patronales dedicadas a San Pedro Apóstol suelen concentrar a muchos vecinos que viven fuera y regresan unos días. Hay procesión, música por la noche y bastante movimiento en una plaza que el resto del año permanece silenciosa.
También en Semana Santa se mantienen algunas procesiones sencillas por las calles del pueblo, con un ambiente sobrio, muy distinto al de las celebraciones más multitudinarias de otras localidades.
Si buscas ver el pueblo tal como es habitualmente, mejor venir fuera de esas semanas.
Un pueblo pequeño en la Alcarria
Valdeavellano no tiene grandes monumentos ni infraestructuras pensadas para el turismo. Tampoco abundan los servicios. Lo que hay es otra cosa: un paisaje agrícola muy abierto, casas que siguen habitadas todo el año y una calma que se percibe en cuanto te alejas unos metros de la carretera.
Es un lugar que se entiende mejor caminando despacio por los caminos que rodean el pueblo o sentándose un rato en la plaza cuando cae la tarde y el campo empieza a enfriarse. Aquí casi todo ocurre a ese ritmo.