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sobre Villanueva de Guadamejud
Pequeño pueblo alcarreño con encanto; ideal para el descanso
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A las nueve de la mañana, el aire en Villanueva de Guadamejud todavía conserva algo del frescor de la noche. La luz entra baja por la calle principal y se queda pegada a las fachadas de piedra y a los muros encalados. Durante un rato apenas se oye nada: algún pájaro, el golpe metálico de una puerta, quizá el motor de un tractor arrancando a lo lejos. En este pequeño municipio de La Alcarria, donde viven alrededor de sesenta personas, el día empieza despacio.
El núcleo del pueblo
Villanueva de Guadamejud se recorre en pocos minutos. Hay una plaza pequeña, algunos bancos y la iglesia de San Juan Bautista ocupando el centro del caserío. El edificio actual suele situarse en época moderna, probablemente sobre una construcción anterior. Por dentro es sobrio: piedra, madera oscura y una pila bautismal tallada en bloque.
Las calles son cortas y algo irregulares. En varias casas todavía se ven muros de mampostería gruesa, balcones de madera y macetas que en verano suelen llenarse de geranios o plantas aromáticas. A ciertas horas del día el olor a tomillo o a tierra seca llega desde los corrales y los huertos cercanos.
No es un pueblo preparado para grandes flujos de visitantes. A veces pasan horas sin que cruce un coche.
Campos abiertos alrededor
En cuanto sales del núcleo urbano, el paisaje se abre enseguida. La Alcarria aquí es ancha y horizontal: campos de cereal, alguna encina dispersa y lomas suaves que apenas interrumpen la vista. En julio el trigo seco deja un color dorado casi continuo; en otoño la tierra recién trabajada forma surcos oscuros que se ven desde lejos.
Los caminos son pistas agrícolas, anchas y sin señalización turística. Los usan sobre todo los vecinos para llegar a parcelas o a los colmenares que todavía se mantienen en la zona, algo bastante común en esta parte de la comarca. Para caminar o ir en bici sirven bien, aunque conviene llevar agua y no confiar en encontrar sombra.
El viento suele ser constante. En días tranquilos solo se oye el roce del cereal y algún perro ladrando desde el pueblo.
Agua escasa y huertos pequeños
Aquí el agua nunca ha sobrado. Algunas fuentes y pozos tradicionales siguen utilizándose, aunque el caudal depende mucho del año. Cerca de las casas todavía aparecen pequeños huertos familiares donde se cultivan verduras para consumo propio.
Son parcelas modestas, a menudo cerradas con malla o con viejas puertas metálicas. En verano, cuando el sol aprieta, el olor a tierra húmeda alrededor de estos huertos contrasta con la sequedad de los campos abiertos.
El cielo cuando cae la noche
Al anochecer el pueblo queda casi a oscuras. No hay apenas contaminación lumínica y el cielo se vuelve muy nítido, sobre todo en noches despejadas de verano o a principios de otoño. Las constelaciones se distinguen con facilidad y el silencio es tan completo que a veces se oyen animales moviéndose entre los rastrojos.
Si te quedas un rato en la plaza o en las afueras del pueblo, la sensación es la de estar bastante lejos de todo.
Fiestas y reuniones del verano
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto, cuando regresan al pueblo quienes viven fuera durante el resto del año. Es el momento en que Villanueva tiene más movimiento: misa, procesión por las calles estrechas y comidas compartidas entre vecinos y familiares.
No hay grandes escenarios ni programas largos. Más bien reuniones en la plaza, mesas improvisadas y conversaciones que se alargan hasta la noche.
Cuándo acercarse
Primavera y comienzos de otoño son los momentos más agradables para recorrer los caminos de alrededor. En abril y mayo el campo cambia rápido de color y aparecen flores silvestres en los márgenes de las pistas. En septiembre la luz de la tarde se vuelve más suave y el paisaje queda limpio después de la cosecha.
En verano el calor puede ser fuerte a partir del mediodía, con muy poca sombra fuera del pueblo. Y en invierno, cuando cae el sol, la temperatura baja con rapidez.
Villanueva de Guadamejud no es un lugar de largas listas de cosas que hacer. Se visita rápido, sí, pero quedarse un rato —escuchar el viento entre el cereal, ver cómo cambia la luz sobre las casas de piedra— ayuda a entender cómo funciona todavía una parte tranquila de la Alcarria. Aquí todo sigue dependiendo del campo y del paso lento de las estaciones.