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sobre Villar de Domingo García
Alberga el espectacular mosaico romano de Noheda; imprescindible visita cultural
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El aire huele a tierra húmeda y a rastrojo. Las calles están en silencio y las fachadas de mampostería, de un gris áspero, devuelven una luz dorada que dura poco. Si caminas despacio se oyen cosas pequeñas: una puerta que se abre, un coche que arranca al fondo del pueblo, el viento rozando las eras.
En la Alcarria conquense, a algo más de 900 metros de altitud, Villar de Domingo García no gira en torno a grandes monumentos. Es un pueblo asentado en pleno páramo, rodeado de campos abiertos, donde se entiende cómo ha funcionado la vida agrícola. Los portones gruesos de madera y algunos balcones de hierro hablan de inviernos largos y veranos secos.
La plaza y el sonido del pueblo
La iglesia parroquial marca el centro del caserío. Es un edificio sólido, con esa presencia de las iglesias de los pueblos pequeños. Delante se abre una plaza donde, en determinados momentos del día, siempre hay alguien charlando o comentando cómo va la cosecha.
Desde ahí salen varias calles que enseguida se convierten en caminos. En pocos minutos el pueblo queda atrás y el paisaje se abre: parcelas de cereal, alguna mancha de matorral y líneas de tierra que se pierden hacia el horizonte. Cuando el día está claro, el atardecer tiñe los campos de ocres y el relieve suave del terreno se nota más.
Caminos agrícolas y horizontes largos
Los senderos que parten del pueblo no están pensados como rutas señalizadas. Son caminos agrícolas. A lo largo del recorrido aparecen corrales, pozos antiguos y herramientas que a veces siguen utilizándose y otras simplemente han quedado apoyadas junto a una pared.
Caminar por aquí significa aceptar cierta sencillez: campos abiertos, horizontes largos y bastante viento algunos días. Si llevas prismáticos, no es raro ver rapaces planeando sobre el cereal. En determinadas épocas también se dejan ver aves de campo abierto, aunque depende mucho de la estación.
Trae agua y protección contra el sol en verano. La sombra escasea fuera del pueblo.
Comer en la Alcarria
La cocina que suele encontrarse por esta parte es contundente y muy ligada al producto local. Guisos de cordero, legumbres cocinadas a fuego lento o postres con miel de la zona forman parte del repertorio habitual.
En el propio pueblo la oferta es limitada y a veces depende de la época del año o del movimiento que haya ese fin de semana. Mucha gente que pasa por aquí combina la visita con otros pueblos cercanos, donde resulta más fácil sentarse a comer.
La luz sobre el páramo
Si te interesa la fotografía o simplemente disfrutar del paisaje con buena luz, las primeras y últimas horas del día son las que más cambian el pueblo. La luz rasante marca los surcos de la tierra y resalta la textura de las paredes.
A mediodía, sobre todo en verano, el sol cae muy vertical y el paisaje se aplana bastante. Además, el calor aprieta.
El regreso del verano
Las fiestas principales suelen concentrarse en verano, muchas veces hacia agosto, cuando regresan quienes viven fuera durante el resto del año. El ambiente cambia: el pueblo se llena de coches, de conversaciones largas en la calle y de reuniones familiares.
Suelen mezclarse actos religiosos con comidas populares y encuentros entre vecinos. No son celebraciones grandes; más bien días en los que el pueblo recupera durante un tiempo el bullicio que tuvo hace décadas.
Cuándo ir
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para visitar Villar de Domingo García. Las temperaturas permiten caminar y el paisaje cambia bastante: verde en primavera, más terroso cuando llega el otoño.
En verano conviene madrugar si se quiere salir al campo, y en invierno el frío del páramo se deja notar, sobre todo cuando sopla el viento. Pero incluso entonces, en las mañanas despejadas, la luz sobre la Alcarria tiene algo limpio y muy claro.