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sobre Yebra
Villa histórica de la Orden de Calatrava; entorno agrícola
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A media mañana, en un rincón de la plaza, la sombra de la iglesia de San Andrés se estira sobre el suelo de piedra. En invierno todavía queda algo de humedad de la escarcha temprana, y al pisar se nota ese frío que sube desde las losas. El turismo en Yebra empieza casi siempre aquí, en esta plaza tranquila donde los vecinos cruzan despacio, con las manos en los bolsillos o cargando una bolsa pequeña. A unos 750 metros de altitud, en plena Alcarria, el pueblo se mueve a un ritmo que no tiene mucho que ver con el de los lugares más visitados de la provincia.
El caserío y la iglesia de San Andrés
El trazado es sencillo: calles cortas que suben y bajan levemente, casas de piedra mezclada con ladrillo y portones de madera que han pasado por varias capas de pintura. Algunas fachadas muestran arreglos recientes; otras conservan ese tono apagado que deja el paso de los años.
La iglesia parroquial de San Andrés domina la plaza. No es un edificio monumental, pero desde casi cualquier esquina del casco urbano se acaba viendo su torre. Alrededor aparecen detalles que hablan de la vida de campo: antiguas entradas a corrales, pequeñas bodegas excavadas bajo algunas viviendas y patios donde todavía se guardan aperos.
Los campos de la Alcarria alrededor del pueblo
Basta salir unos minutos andando para que el paisaje se abra. Las lomas de cereal se suceden con esa ondulación suave tan propia de La Alcarria. Entre medias aparecen manchas de encina, olivares sueltos y caminos de tierra que crujen bajo las ruedas del coche o la bicicleta.
A primera hora de la mañana el aire suele oler a tierra fría y a tomillo pisado. Al atardecer, la luz baja se queda enganchada en los rastrojos y en las copas de las encinas. Es un momento breve: en cuanto cae el sol la temperatura baja rápido, sobre todo fuera del verano.
Todavía se ven eras de piedra donde se trillaba hace décadas y algunas parideras dispersas entre los campos. Son construcciones sencillas, muchas medio derruidas, que recuerdan hasta qué punto la economía local ha estado ligada al cereal y al ganado.
Caminos tranquilos hacia el Tajo
Desde Yebra salen varios caminos rurales que conectan con otros pueblos cercanos. Son pistas fáciles, más pensadas para caminar sin prisa o pedalear que para rutas exigentes.
Hacia el sur, el territorio va bajando poco a poco en dirección al Tajo. No siempre se ve el río, pero se nota en la vegetación y en la presencia de aves. Con unos prismáticos es fácil observar perdices levantando vuelo entre los campos o alguna rapaz planeando sobre las corrientes de aire. A ciertas horas también se oyen codornices escondidas en los sembrados.
Si vienes a caminar en verano, conviene madrugar. A partir del mediodía el sol cae de lleno sobre las lomas y hay muy poca sombra.
Miel de La Alcarria y vida cotidiana
En Yebra no hay una estructura pensada para el visitante. La vida del pueblo sigue girando sobre todo alrededor del campo y de los vecinos que viven aquí todo el año. Para pasar el día conviene venir con previsión o contar con los servicios de localidades cercanas.
En esta parte de Guadalajara es fácil encontrar miel de La Alcarria, con Denominación de Origen. Es espesa, aromática, con ese tono ámbar oscuro que cambia según la floración de cada temporada.
Fiestas que reúnen a los que se fueron
En agosto el ambiente cambia bastante. Muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días y el pueblo se llena más de lo habitual. Las fiestas patronales suelen concentrar procesiones, música por la noche y reuniones largas en la calle, cuando el calor afloja.
La Semana Santa es más contenida. Las calles permanecen silenciosas y el movimiento se concentra alrededor de los actos religiosos, sin grandes despliegues.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Desde Guadalajara capital el trayecto ronda los 50 kilómetros por carreteras secundarias que atraviesan buena parte de la Alcarria. Desde Madrid se llega en algo menos de hora y media combinando la A‑2 con carreteras comarcales.
Si buscas tranquilidad, entre semana el pueblo mantiene ese silencio que se nota nada más aparcar y cerrar la puerta del coche. Los fines de semana de verano hay más movimiento, sobre todo por quienes vuelven a pasar unos días en sus casas familiares.
Yebra no es un lugar de grandes planes. Más bien de caminar un rato por los caminos, sentarse en la plaza cuando cae la tarde y escuchar cómo el pueblo se queda en silencio otra vez cuando anochece.