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sobre Alovera
Municipio en gran expansión residencial e industrial; cercano a la capital y con todos los servicios
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Las ocho de la mañana en la plaza de San Miguel y el aire huele a pan recién hecho y a tierra removida. Los campos de cereal que rodean Alovera acaban de recibir la lluvia de la noche y ese olor húmedo se mete dentro del pueblo, se queda pegado a las piedras de la iglesia y se mezcla con el ruido de los primeros coches que arrancan rumbo a Guadalajara. En el turismo en Alovera no hay grandes escenas: lo que hay es esto, una mañana cualquiera de la Campiña, con gente que abre la persiana y mira el cielo antes de salir. Aquí la semana empieza temprano: hay quien coge la A‑2 hacia la capital y quien se queda, porque estos 28 kilómetros cuadrados de llanura también sostienen vida diaria.
La iglesia que se hizo esperar
La iglesia de San Miguel Arcángel tardó casi dos décadas en levantarse, entre 1569 y 1587, bajo la dirección de Nicolás de Ribero. Ese tiempo se nota en la mezcla de detalles: líneas renacentistas en un edificio que todavía arrastra algo de la tradición anterior. Dentro, el retablo de San Gregorio —tallado a mediados del siglo XVI— mantiene ese barniz rojizo que tienen las maderas antiguas cuando han pasado siglos entre humo de velas y manos que limpian el polvo.
Si entras un día laborable por la mañana es cuando más tranquilo está. A veces la sacristía permanece abierta para las tareas de limpieza y la luz entra por el crucero, dibujando un rombo claro sobre el suelo oscuro. Cerca suele colocarse un pequeño cuadro flamenco de La Piedad que algunos estudios han relacionado con el entorno del pintor Willem Key. No hay paneles explicativos ni vitrinas: si te interesa, lo normal es preguntar.
La cupa que guarda un nombre
A finales del siglo pasado, al excavar para una rotonda en las afueras, apareció una cupa funeraria romana con inscripción completa. Es la única conocida de este tipo en la provincia. La pieza original se conserva hoy en el Museo Provincial de Guadalajara, pero en Alovera hay una réplica cerca de la entrada del pueblo, junto a la carretera que llega desde Torija.
Desde allí sale un camino de tierra que muchos vecinos conocen como la ruta de la cupa. Son unos dos kilómetros por el Camino de la Barca, entre campos abiertos. El lugar exacto del hallazgo no tiene gran señalización: un pequeño montículo, un olivo cercano y poco más. La inscripción recuerda a Caius Iulius Vitalis, soldado de la Legio VI. Los martes, después del mercado, no es raro que algún vecino que pasea por allí te cuente la historia con más detalle que cualquier panel.
Cuando el Henares se queda quieto
La senda que bordea el río —unos cinco kilómetros entre chopos— es donde muchos aloveranos salen a despejar la cabeza. Se empieza detrás del polideportivo, donde el canal de riego mantiene un rumor constante, como un ventilador que nunca se apaga.
En mayo, cuando la romería de San Isidro baja hasta la ermita, el camino se llena de mesas improvisadas y cestas con comida. Huele a romero pisado y a guisos que se terminan allí mismo. Pero cualquier domingo de primavera funciona bien. Después de varios días de lluvia el Henares lleva más agua y los patos silvestres se quedan en los meandros tranquilos. Conviene llevar botas si ha llovido durante la semana: el barro de esta vega se pega a las suelas y en pocos minutos deja las zapatillas inutilizables.
El gazpacho que no es rojo
“En casa de mi bisabuela no había tomates en invierno”, decía mi abuela. Por eso el gazpacho pastoril se hacía sin ellos. En Alovera todavía se prepara así en algunas casas: pan asentado remojado, ajo, aceite de la Alcarria y bastante pimentón. Sale espeso y templado, servido en cuencos de barro, con trozos de bacalao salado que se van deshaciendo.
Las tortas de almendra se encuentran temprano, en los hornos del pueblo, con anís en la masa y ese chasquido seco cuando las partes. Y si coincides con las fiestas de San Miguel, en septiembre, a veces aparecen platos de borrajas con patatas en las casetas. Parece una receta humilde hasta que la pruebas con borraja recién cortada de los bancales cercanos al río.
Lo que conviene saber antes de venir
Alovera no vive del turismo. Es un pueblo que trabaja y que cada mañana cruza la A‑2 en ambas direcciones. El mercado semanal se pone los martes y antes del mediodía muchas paradas empiezan a recoger.
Si quieres entrar a la iglesia con calma, prueba a pasar a media mañana entre semana: suele haber alguien en la sacristía y, si preguntas, es posible que enciendan las luces. Para pasear por la ribera del Henares, la mejor hora suele ser a última hora de la tarde, cuando baja el sol y el viento mueve los chopos.
En diciembre a veces coincide la feria de Santo Tomás con días de bastante movimiento en el pueblo. Hay más ambiente, pero también cuesta más aparcar en el centro.
Cuando te vayas —sobre las cuatro o las cinco en invierno, cuando el sol baja y vuelve dorada la torre de la iglesia— quizá todavía lleves en las manos el olor del pan o una torta de almendra envuelta en papel. Alovera funciona así: sin grandes gestos, con pequeñas cosas que se quedan pegadas más tiempo del que uno esperaba.