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sobre Fontanar
Municipio en crecimiento cerca de la capital; vega fértil y actividad industrial
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Las cigarras empiezan a cantar cuando el sol toca las espigas del trigo. Son cerca de las seis de la tarde en Fontanar y el aire huele a tierra caliente y a romero aplastado por los neumáticos de algún tractor que vuelve despacio hacia las naves del pueblo. Desde el camino de la estación vieja se ve el campanario de la iglesia nueva —una línea recta de hormigón contra el cielo anaranjado— mientras un hombre mayor aprieta el paso hacia el bar con la bataqueta de madera bajo el brazo, como cada tarde.
Fontanar, en la Campiña de Guadalajara, no suele aparecer en las postales de Castilla‑La Mancha. Aquí no hay molinos ni paisajes espectaculares. Lo que hay es huerta, secano y una sensación rara en muchos pueblos de la zona: la vida sigue. Mientras en otros municipios cercanos la población fue bajando, el agua del canal del Henares mantuvo en marcha los campos de tomates y pimientos. Hoy viven aquí algo más de dos mil seiscientas personas repartidas en un término pequeño, entre parcelas de cultivo, caminos agrícolas y alguna nave moderna en la salida hacia Guadalajara.
A primera hora de la mañana todavía abre la panadería y la plaza tiene movimiento de coches que entran y salen rumbo a la capital, que queda a pocos minutos.
El rastro de los cartujos
En la Casa‑Cartuja todavía queda un olor que cuesta explicar bien: una mezcla de madera vieja, piedra húmeda y algo parecido al jabón antiguo. Cuando cruzas el patio interior el sonido cambia, como si el ruido del pueblo se quedara fuera del muro.
Los cartujos estuvieron aquí durante siglos y organizaron buena parte del territorio agrícola que rodea Fontanar. Se habla de conducciones subterráneas para llevar agua hacia los huertos y todavía se señalan algunos accesos cerrados con rejas en los alrededores. También dejaron un dibujo muy claro en el terreno: varias calles que bajan hacia el Henares siguen la lógica recta de antiguas parcelas monásticas.
Enfrente está la ermita de la Soledad, más pequeña y, según cuentan los vecinos, anterior a muchos de los edificios del centro. En la fachada hay una piedra clara que al mediodía refleja la luz con fuerza. Algunos la relacionan con restos mucho más antiguos de la zona, vinculados al cerro del Jócar, donde hubo asentamientos desde época romana. Cerca de allí sobreviven muros y arcos de una iglesia románica muy deteriorada que hoy forma parte de corrales. Las ovejas se refugian entre las piedras y el sonido de los cencerros rebota bajo los arcos.
Un templo de los años sesenta
La iglesia parroquial de Santa María la Mayor no es antigua. Se levantó a mediados de los años sesenta, en una época en la que muchos pueblos sustituyeron templos pequeños por edificios más grandes. Aquí se optó por una arquitectura muy sobria: hormigón, líneas rectas y luz entrando desde arriba por tragaluces altos.
Por la mañana, cuando el sol cae desde el este, la claridad baja en diagonal y se queda sobre los bancos de madera clara. El espacio es silencioso y algo fresco incluso en verano.
En el altar hay un Cristo tallado en madera de olivo que, según cuentan en el pueblo, hizo un vecino que había trabajado años fuera y aprendió el oficio en talleres de carpintería del centro de Europa. Los domingos, cuando suena el órgano durante la misa, el sonido se queda suspendido en las paredes lisas y tarda unos segundos en apagarse.
En la sacristía guardan a veces una referencia curiosa a la vida del campo: unas gachas de matanza en un plato de loza que recuerdan la comida que tradicionalmente se llevaba al campo el día de San Isidro, antes de empezar con algunas siembras de huerta. Harina de almorta, ajo y trozos de panceta. Se comen de pie, con pan, junto al surco.
El puente y el río
El puente de hierro sobre el Henares se construyó a principios del siglo XX y todavía conserva la estructura metálica original. Cuando pasa un coche, el metal cruje con un sonido hueco que se escucha incluso desde la orilla. El paso es estrecho y los vehículos pesados suelen evitarlo.
Debajo corre el Henares con un agua turbia que arrastra barro fino. En verano, cuando el calor aprieta en la campiña, algunos chavales bajan hasta un vado conocido como la Ría para meterse en el agua. Está fría incluso en agosto.
No muy lejos quedan los restos de la antigua estación de tren. Cerró hacia finales del siglo pasado y hoy se reconoce por el edificio bajo y por el andén cubierto que todavía resiste. El reloj de la fachada lleva años parado. Los alrededores se usan ahora como aparcamiento y espacio abierto; algunos días de la semana se instala allí un pequeño mercadillo ambulante con puestos de ropa, utensilios de cocina o legumbres.
Cuando el pueblo se llena
A mediados de mayo se celebran las fiestas de San Matías. Durante esos días la plaza cambia de ritmo: suena la charanga, se organizan juegos populares y las terrazas improvisadas ocupan parte de la calle. Por la noche la música llega desde la carpa y se mezclan vecinos de siempre con gente que vuelve desde Madrid o Guadalajara para pasar el fin de semana en casa de la familia.
En agosto llegan las fiestas de San Roque, que suelen durar varios días. En el campo de fútbol se encienden brasas para asar carne, las peñas se reparten por el recinto y la música se alarga hasta bien entrada la madrugada. Una de las últimas noches se lanzan fuegos artificiales cerca del río; el eco rebota en el puente de hierro y durante unos segundos todo el valle suena como una caja metálica.
Cómo llegar y cuándo ir
Fontanar está muy cerca de Guadalajara y se llega en pocos minutos por carretera desde la capital. Mucha gente entra y sale a diario en coche, aunque también hay autobuses que conectan con la ciudad.
Para recorrer el pueblo basta con caminar sin rumbo fijo desde la plaza del Ayuntamiento hacia las calles que bajan al Henares. En diez o quince minutos se pasa del ruido del tráfico a caminos agrícolas donde solo se oyen perros lejanos y el motor de algún tractor.
Si buscas ver movimiento, los fines de semana de fiestas en mayo o agosto concentran a más gente de lo habitual. Si prefieres un Fontanar tranquilo, prueba en septiembre. Los campos de alrededor están en plena faena de huerta y el aire de la tarde trae olor a tierra recién removida. En invierno el paisaje se vuelve más áspero, con el campo pelado y un viento frío que cruza la campiña sin obstáculos, pero las noches son limpias y el cielo se llena de estrellas.