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sobre Marchamalo
Municipio industrial y logístico pegado a Guadalajara; gran crecimiento
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Marchamalo es como ese compañero de trabajo que lleva años en la empresa y nadie sabe exactamente qué hace, pero al final es el que mantiene todo en pie. Con el turismo en Marchamalo pasa algo parecido: no es un sitio al que la gente llegue pensando en hacer una escapada, pero cuando miras un poco qué ocurre aquí entiendes por qué el pueblo lleva años creciendo.
Hasta 1999 era, administrativamente, un barrio de Guadalajara. Hoy ronda los 8.700 habitantes y tiene un movimiento laboral que ya querrían muchos municipios más grandes.
El pueblo que se fugó
Imagínate que tu barrio decide independizarse. No porque esté harto de la ciudad grande, sino porque cree que puede gestionarse mejor por su cuenta.
A mediados de los noventa se celebró una consulta entre los vecinos y la mayoría apoyó separarse de Guadalajara. El proceso terminó el 1 de enero de 1999, cuando Marchamalo pasó a ser municipio propio.
Desde entonces el crecimiento ha sido bastante evidente. No solo en población: también en empleo. Hoy trabajan aquí miles de personas —más de siete mil según los últimos recuentos municipales—, una cifra llamativa para un municipio de este tamaño. Parte de la explicación está en los polígonos industriales que rodean el casco urbano y que han cambiado bastante la economía local en las últimas décadas.
Lo que no te cuentan de la historia
Las guías suelen empezar por la iglesia de San Bartolomé. Es lógico: es del siglo XVI y dentro guarda un retablo gótico que merece la pena mirar con calma.
Pero a mí siempre me llaman más la atención los detalles pequeños que aparecen cuando rascas un poco en la historia del pueblo. Por ejemplo, que a finales del siglo XVI se contaban unos 170 vecinos. O que durante un tiempo vivieron aquí varias decenas de moriscos, algo bastante habitual en muchos pueblos de la Campiña en aquella época.
También es curioso que en los años treinta del siglo pasado el movimiento sindical tuviera bastante peso en el pueblo. Para un municipio pequeño, el número de afiliados que llegó a haber entonces dice bastante de cómo era la vida agrícola y obrera de la zona.
El pan que se comía Madrid
Hay una referencia que siempre aparece cuando se habla de Marchamalo: el pan.
El diccionario de Madoz, en el siglo XIX, ya mencionaba el pan del pueblo como uno de sus productos conocidos. Durante mucho tiempo buena parte de la producción salía hacia Guadalajara e incluso hacia Madrid.
La explicación tradicional es el agua y la harina de la zona. Yo sospecho que también influye algo más simple: cuando un oficio pasa de generación en generación durante siglos, al final se afina.
Si pasas por el pueblo a primera hora de la mañana todavía es fácil notar ese olor a horno trabajando. No es una escena montada para turistas; es simplemente la rutina de un pueblo panadero que aún arrastra esa tradición.
Un pueblo que no es lo que parece
Marchamalo no es un pueblo monumental. No hay castillos en la colina ni calles medievales que te obliguen a sacar la cámara cada veinte metros. El paisaje alrededor es el típico de la Campiña: campos de cereal bastante abiertos y un terreno más bien llano.
Pero tiene algo que muchos pueblos muy fotografiados han perdido: actividad diaria. Gente que entra y sale a trabajar, camiones moviéndose por los polígonos, vecinos que hacen vida en la calle.
En otras palabras, no es un escenario. Es un sitio que funciona.
Mi consejo de amigo
Si pasas por aquí, hazlo sin grandes expectativas turísticas. Acércate al centro, date una vuelta tranquila por las calles alrededor de la iglesia y fíjate en el ritmo del pueblo.
Si coincide con la mañana, entra en una panadería y llévate un pan. Luego camina un rato sin rumbo por las calles cercanas a la plaza.
No vas a encontrar una postal espectacular. Lo que sí vas a ver es otra cosa: un pueblo que hace no tanto era un barrio dependiente de una ciudad cercana y que ahora se mueve por sí solo. Y eso, visto desde fuera, tiene bastante más mérito de lo que parece.