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sobre Valdeaveruelo
Municipio residencial con urbanizaciones; cercano a Guadalajara
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A las cinco de la tarde, la luz de septiembre tiñe de oro los trigales que rodean Valdeaveruelo. Desde la carretera, el pueblo aparece como un grupo de tejados marrones apretados contra la llanura. Solo sobresale la torre de la iglesia, cuadrada y maciza, como un faro de piedra en medio del cereal.
Dentro, el silencio tiene un sonido propio: una persiana que se levanta, un coche que pasa despacio por el asfalto gastado, el eco de una conversación desde un patio. Las calles son anchas, a veces de tierra compactada, y las aceras se interrumpen sin demasiada lógica. Muchas casas tienen portones grandes de madera y fachadas sencillas, pensadas más para guardar aperos y grano que para lucirse.
La iglesia de San Juan, en el centro del pueblo
La iglesia de San Juan no busca impresionar. Es un edificio robusto, levantado en el siglo XVI y retocado después, como tantos templos rurales de Guadalajara. La piedra exterior tiene ese color tostado que cambia mucho según la hora: gris por la mañana, más cálida cuando el sol cae.
Dentro suele haber penumbra incluso con sol. Huele a cera apagada y a piedra que ha pasado el día acumulando calor. El retablo y algunos elementos decorativos parecen añadidos posteriores, probablemente del XVIII, con dorados ya gastados en los bordes. Entre las piezas que llaman la atención hay un tríptico del Calvario con tonos rojizos muy intensos; las figuras tienen algo tosco y cercano.
No hay un horario fijo de visita. Por las mañanas la puerta suele estar abierta o entornada, y si está cerrada conviene preguntar en las casas cercanas a la plaza. En pueblos de este tamaño todavía funciona así.
Matanza y cocina de invierno
En Valdeaveruelo, como en muchos pueblos de la Campiña, la matanza del cerdo sigue marcando el calendario doméstico cuando llega el frío. No es un evento público, más bien algo de familia y vecinos cercanos. Aun así, esos días se nota: olor a especias en las cocinas, humo saliendo de las chimeneas desde primera hora.
La morcilla que se prepara aquí suele llevar bastante cebolla y especias cálidas —canela, comino, pimienta— además de arroz. Queda oscura y muy jugosa. Se come en rodajas gruesas, a menudo templada, con pan de hogaza.
No es algo que encuentres en una tienda del pueblo. Si llegas en la época adecuada y hablas con la gente, es posible que alguien te ofrezca probarla en su casa o te venda alguna para llevar. En pueblos pequeños las cosas siguen funcionando más por conversación que por escaparates.
Las fiestas que reúnen a los que se fueron
La noche de San Juan suele celebrarse con hogueras hechas con sarmientos y madera vieja. Se encienden al caer la noche en algún espacio amplio del pueblo y alrededor se junta gente de varias generaciones. Hay quien salta las brasas por tradición y quien se queda simplemente charlando mientras el humo sube recto si no sopla viento.
A comienzos de septiembre llegan las fiestas grandes. Entonces regresan muchos vecinos que viven en Guadalajara, Alcalá o Madrid. Durante unos días el pueblo cambia de ritmo: más coches aparcados en las esquinas, más ruido en la plaza y niños corriendo por calles que el resto del año están tranquilas.
La procesión suele recorrer las calles cercanas a la iglesia, con balcones adornados con sábanas blancas y telas claras. Los más pequeños van delante, levantando polvo con las zapatillas mientras los mayores caminan detrás con paso lento.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Octubre es buen momento para acercarse. El campo ya está segado y la llanura se queda abierta, con tonos ocres y el cielo muy limpio. Por la tarde la luz entra de lado por las calles y alarga las sombras de la torre sobre las casas bajas.
Si te gusta caminar, hay caminos agrícolas que salen del pueblo entre parcelas de cereal. Conviene llevar calzado cerrado: después de la siega quedan muchas espigas secas que pinchan. También es buena idea llevar agua; en la plaza hay una fuente, aunque no siempre está en funcionamiento.
Agosto puede resultar pesado por el calor de la meseta. A media tarde casi todo el mundo está dentro de casa y el pueblo se queda parado durante horas.
Al atardecer puedes subir hasta la zona del cementerio, en una pequeña loma a las afueras. Desde allí se ve Valdeaveruelo entero: los tejados muy juntos, la torre sobresaliendo y, alrededor, el campo extendiéndose sin obstáculos. Cuando sopla algo de aire trae olor a tierra seca y a leña. Es uno de esos lugares donde el tiempo parece ir más despacio.