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sobre Villanueva de la Torre
Municipio residencial joven cerca de Azuqueca; grandes parques
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A última hora de la tarde, cuando el sol cae bajo sobre los campos de cereal, la plaza de Villanueva de la Torre se llena de voces que regresan del trabajo en Guadalajara o en Madrid. Algunos llegan todavía con el polvo del coche en los zapatos. Piden algo frío, se sientan de cara a la torre y miran cómo la luz se vuelve dorada sobre las tejas. A esa hora el pueblo baja el ritmo y se escucha mejor: una persiana que se cierra, una bicicleta que pasa, el eco de las campanas rebotando entre las calles.
Villanueva de la Torre no está lejos de la autovía ni de las ciudades grandes, pero cuando cae la tarde vuelve a tener algo de pueblo de campiña. El aire suele traer olor a tierra seca o a rastrojo, según la época del año, y basta alejarse dos calles del centro para encontrarse con caminos que salen directos hacia los campos.
La iglesia parroquial de la Asunción se levanta donde la calle empieza a empinarse. Desde el atrio se ve el campanario que dio nombre al pueblo: piedra algo tostada por el sol, huecos de ladrillo y esas bolas de piedra en la cornisa que parecen vigilar el horizonte. El edificio actual se asocia normalmente al siglo XVI, aunque el interior es más reciente. Durante la Guerra Civil se perdió buena parte del patrimonio y lo que se ve hoy es más sobrio. Dentro huele a cera y a madera limpia; las paredes desnudas hacen que cada paso suene más de lo esperado.
Migas, gachas y lo que sale de la despensa
En Villanueva de la Torre la cocina sigue mirando al campo que rodea el pueblo. Las migas aparecen en muchas mesas cuando refresca, hechas con pan asentado y removidas despacio en una sartén grande hasta que quedan sueltas. El olor a torrezno o a panceta suele llegar antes que el plato.
También siguen apareciendo las gachas cuando llega la temporada de matanza, oscuras y espesas, que se comen directamente de la sartén. Y no es raro ver en casa de algún vecino una torta de chicharrones envuelta en papel, de esas que dejan un círculo de grasa marcado.
En esta parte de Guadalajara el queso y la miel forman una pareja habitual. La miel de romero o de tomillo, muy clara al principio y más oscura con el tiempo, suele aparecer sobre una cuña de queso curado. No hay demasiados carteles anunciándolo: lo normal es preguntar y que alguien te diga dónde encontrarlo.
Días en que el pueblo cambia de ritmo
La romería de San Isidro, hacia mediados de mayo, suele sacar a medio pueblo a caminar hasta la ermita. Las familias llevan comida, se comparten tortillas, embutidos o dulces, y el campo cercano se llena de mantas extendidas sobre la hierba. Los más mayores todavía cuentan cuando el camino se hacía en carro y la jornada se alargaba hasta bien entrada la tarde.
En verano llegan las fiestas dedicadas a San Roque. Durante unos días la plaza se llena de música y de puestos, y las noches se alargan bastante más de lo habitual. Es cuando regresan muchos vecinos que viven fuera y el pueblo parece duplicar su tamaño. Si buscas tranquilidad, conviene evitar justo esos días.
Caminos entre cereal y arroyos
Detrás del cementerio salen varios caminos de tierra que se adentran en la campiña. No están señalizados como una ruta oficial, pero los vecinos los usan para caminar o salir en bici. Pasan junto a antiguas ermitas y pequeños cerros desde los que el pueblo se ve entero: un puñado de tejados rojizos rodeados de campos abiertos.
Otro paseo habitual sigue el curso del arroyo de las Monjas. En primavera corre algo más de agua y las orillas se llenan de juncos y amapolas. No es un sendero complicado y mucha gente lo hace en una vuelta tranquila de poco más de una hora.
Si vienes a caminar, mejor evitar las horas centrales del verano. La sombra escasea y el calor en la campiña se deja notar.
Llegar y elegir bien el momento
Villanueva de la Torre está muy cerca del corredor del Henares. Lo más habitual es llegar en coche por la A‑2 y después continuar por carreteras locales desde Azuqueca o desde Guadalajara. También hay autobuses que conectan con las localidades cercanas.
Los fines de semana de verano el ambiente cambia bastante porque llega mucha gente de fuera o vecinos que tienen aquí la segunda residencia. Entre semana, o en meses como septiembre u octubre, el pueblo recupera un ritmo más tranquilo. El campo alrededor está entonces recién segado o arado, y el aire huele distinto, más terroso.
Cuando el sol se esconde detrás de los campos y la torre vuelve a tocar las campanas, la plaza se llena otra vez de conversaciones cortas y saludos por el nombre. Es el momento en que Villanueva de la Torre se parece más a sí misma. Basta quedarse un rato sentado y mirar cómo cae la luz sobre las fachadas. Aquí muchas cosas se entienden así, sin prisa.