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sobre Villaseca de Uceda
Pueblo de la Campiña Alta; arquitectura de ladrillo y adobe
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A eso de las seis de la tarde, cuando el sol empieza a bajar sobre la llanura, el turismo en Villaseca de Uceda tiene poco que ver con itinerarios o monumentos. Lo primero que se nota es el olor seco del cereal y de la tierra caliente. Apenas se oye nada: alguna puerta que se cierra, un perro que ladra a lo lejos, el motor de un tractor que vuelve despacio por el camino. En un pueblo donde viven poco más de medio centenar de personas, las calles suelen estar tranquilas incluso en verano.
Situada en la campiña alcarreña, a algo más de 900 metros de altitud, Villaseca aparece rodeada por campos abiertos que cambian de color con las estaciones. En julio y agosto el paisaje es casi dorado por completo; en primavera vuelve el verde y los bordes de los caminos se llenan de hierbas altas que rozan las piernas al pasar. Las casas siguen la lógica de muchos pueblos pequeños de Guadalajara: piedra, algo de adobe y tejados de teja curva, todo en tonos que se confunden con el polvo de los caminos.
Caminar por el centro no lleva mucho tiempo. Las calles son cortas y terminan pronto en corrales o en salidas hacia el campo. Aún se ven pajares, portones grandes para guardar maquinaria y muros bajos que separan pequeñas huertas. Son detalles que recuerdan que aquí la vida siempre ha girado alrededor del campo.
La iglesia y el pequeño centro del pueblo
La iglesia parroquial dedicada a San Andrés ocupa el punto más reconocible del pueblo. Es un edificio sencillo, de piedra, con una torre modesta que sobresale por encima de los tejados. En los días despejados la luz cae de lado sobre el muro y marca bien la textura irregular de la piedra.
Durante generaciones fue el lugar donde se reunían los vecinos en los momentos importantes: celebraciones, avisos, fiestas. Hoy sigue siendo el punto hacia el que acaban llevando las pocas calles del casco.
Caminos entre cereal y horizonte abierto
El entorno de Villaseca es amplio y bastante desnudo. No hay rutas señalizadas como en otras zonas más visitadas de la provincia, pero sí muchos caminos agrícolas que salen del pueblo en distintas direcciones. Basta seguir uno de ellos para quedarse rodeado de campo en pocos minutos.
El terreno es llano y se puede caminar sin dificultad. Eso sí: en verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra, así que conviene salir temprano o esperar a la tarde. En invierno ocurre lo contrario: el viento atraviesa los campos sin obstáculos y el frío se nota más que en pueblos encajados en valles.
Si se camina con calma es fácil ver aves de campo abierto. Alondras, algún sisón si hay suerte, y rapaces planeando muy alto aprovechando las corrientes de aire.
Atardecer y cielo oscuro
Los momentos más interesantes del día suelen ser el amanecer y el atardecer. Las sombras se alargan sobre los corrales y los pajares dispersos alrededor del pueblo, y el color del campo cambia rápido, del amarillo al naranja y luego a un tono más apagado.
Por la noche el cielo se vuelve muy limpio. No hay iluminación intensa alrededor y, cuando la atmósfera está clara, se distingue bien la franja blanquecina de la Vía Láctea.
Comer y organizar la visita
En Villaseca de Uceda no hay bares ni restaurantes. Para comer o comprar algo hay que desplazarse a otros pueblos de la zona, así que si vas a pasar unas horas por aquí suele ser buena idea llevar agua y algo de comida.
Las fiestas del pueblo se celebran tradicionalmente en agosto. Durante esos días regresan vecinos que viven fuera y el ambiente cambia un poco: misa, procesión y reuniones entre familias. El resto del año el ritmo vuelve a ser el habitual, muy tranquilo.
Cuándo acercarse
Primavera y comienzos de otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores: el campo tiene más color y la temperatura acompaña. En verano el calor aprieta en las horas centrales del día, y en invierno el viento puede hacer que el paseo se acorte antes de lo previsto.
Villaseca de Uceda no es un lugar de grandes planes ni de listas de cosas que hacer. Es más bien un punto del mapa donde parar un rato, escuchar el viento en los campos y mirar hasta dónde llega el horizonte de la campiña. Aquí el tiempo pasa despacio, y se nota.