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sobre Nava de Ricomalillo (La)
Pueblo minero en el pasado; situado en la Vía Verde de la Jara con paisajes de pizarra
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La Nava de Ricomalillo se encuentra en el extremo occidental de la provincia de Toledo, dentro de la comarca de La Jara, un territorio de transición entre la llanura manchega y las primeras sierras que miran hacia Extremadura. El municipio ronda el medio millar de habitantes y conserva un paisaje donde el monte mediterráneo y las dehesas siguen marcando el ritmo del lugar. Aquí la relación con la tierra —agricultura, ganadería, aprovechamientos del monte— sigue siendo visible en la vida cotidiana.
El caserío se asienta entre lomas suaves cubiertas de encinas y alcornoques. Como ocurre en buena parte de La Jara, el crecimiento del pueblo fue gradual, adaptándose al terreno más que a un plan previo. Las calles se abren con irregularidad y a menudo terminan en caminos que salen directamente hacia el campo. Muchos de esos caminos tienen origen antiguo: servían para mover ganado o comunicar pequeñas explotaciones agrícolas con el núcleo del pueblo.
La iglesia y la arquitectura del pueblo
La iglesia parroquial ocupa uno de los puntos centrales del casco urbano. Su origen parece situarse en la Edad Moderna, probablemente en el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido reformas posteriores que han ido modificando su aspecto. No es un templo de grandes dimensiones, pero sí el principal referente histórico del pueblo. En su interior suelen conservarse imágenes devocionales y elementos vinculados a la religiosidad local.
Alrededor de la iglesia se organizan muchas de las casas más antiguas. La arquitectura popular jarota aparece aquí con bastante claridad: muros de mampostería, fachadas encaladas, rejas sencillas y portones de madera. Algunas viviendas mantienen patios interiores que no se ven desde la calle, un rasgo bastante común en pueblos donde el espacio doméstico se abría hacia dentro más que hacia fuera.
Caminos y paisaje en los alrededores
El entorno de La Nava de Ricomalillo es el típico de La Jara: dehesas abiertas, manchas de monte bajo y parcelas agrícolas dispersas. Desde el propio casco urbano salen pistas y caminos que permiten caminar sin necesidad de coger el coche.
No todos están señalizados como rutas oficiales, pero muchos vecinos los utilizan a diario para acceder a huertos, colmenares o zonas de pasto. Caminar por ellos permite entender cómo se ha utilizado este territorio durante generaciones. En los claros del monte no es raro ver conejos o perdices, y en el cielo suelen aparecer rapaces aprovechando las corrientes térmicas.
El relieve es suave, con cuestas moderadas. No hay grandes desniveles, aunque algunas pistas se vuelven pedregosas y conviene llevar calzado adecuado.
Cocina de campo
La cocina local responde a lo que ha dado tradicionalmente el entorno. En muchas casas siguen preparándose platos ligados al calendario agrícola o a la temporada de caza: guisos de conejo o perdiz, migas, gachas y distintos embutidos elaborados en la zona.
En otoño, cuando llegan las primeras lluvias, el monte suele dar setas. Los níscalos y las setas de cardo aparecen con frecuencia en los pinares y claros de dehesa cercanos, aunque conviene conocer bien las especies antes de recoger nada.
Fiestas y costumbres
El calendario festivo mantiene tradiciones comunes en muchos pueblos del interior. Las fiestas patronales suelen celebrarse en verano, cuando regresan quienes tienen raíces familiares en el pueblo y las calles recuperan más movimiento durante unos días.
En invierno se mantiene la costumbre de las hogueras de San Antón, vinculadas al mundo rural y a la protección de los animales. También se celebran romerías hacia ermitas o parajes cercanos, donde la parte religiosa convive con la comida compartida y la reunión entre vecinos.
Cómo llegar y moverse por el pueblo
La Nava de Ricomalillo se alcanza por carretera desde Talavera de la Reina y otras localidades de la comarca. Son trayectos de carretera secundaria, habituales en esta parte de Toledo.
El casco urbano es pequeño y se recorre caminando sin dificultad. Lo más interesante suele estar fuera del propio núcleo: los caminos que salen hacia las dehesas, los pequeños altos desde los que se ve el mosaico de monte y cultivo, y ese silencio característico de La Jara que aparece en cuanto uno se aleja unos minutos de las últimas casas.