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sobre Navalucillos (Los)
Puerta de entrada al Parque Nacional de Cabañeros; paraíso para senderistas y amantes de la naturaleza
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A primera hora, cuando todavía no se oye tráfico en la carretera, el aire en Los Navalucillos huele a hoja húmeda y a leña apagada de la noche anterior. Las copas de castaños y robles filtran la luz de la mañana en pequeñas manchas doradas sobre las fachadas. El turismo en Los Navalucillos suele empezar así: despacio, caminando por un pueblo que vive pegado al monte.
Este municipio de la comarca de La Jara, en la provincia de Toledo, se levanta a unos 700 metros de altitud, justo en el borde norte de los Montes de Toledo. Aquí viven algo menos de dos mil personas y el paisaje marca el ritmo: invierno húmedo, veranos secos y largos, y un otoño que tiñe el bosque de ocres. Desde el cerro donde estuvo el antiguo castillo —hoy un pequeño mirador— el relieve se abre hacia las sierras que rodean el Parque Nacional de Cabañeros.
Calles tranquilas alrededor de la plaza
El casco urbano se organiza en torno a la Plaza Mayor. Allí se alza la iglesia parroquial de San Andrés Apóstol, un edificio sobrio que suele fecharse en el siglo XVII. A ciertas horas, sobre todo después de la misa o al caer la tarde, la plaza funciona como punto de encuentro: vecinos hablando apoyados en los bancos, niños cruzando la plaza en bicicleta, alguna conversación que se alarga sin prisa.
Las calles cercanas suben y bajan suavemente. Muchas casas mantienen muros de piedra y balcones de madera oscurecida por los años. No hay grandes edificios históricos ni museos, pero sí una arquitectura que responde a lo que había a mano: piedra del entorno, vigas de madera, teja curva. Cuando el sol cae bajo, las fachadas adquieren un tono rojizo que se queda unos minutos antes de que llegue la sombra del monte.
El Castañar de San Martín y la Chorrera
A pocos kilómetros del pueblo empieza uno de los espacios naturales más conocidos de la zona: el Castañar de San Martín. El camino se adentra en un bosque denso donde los troncos de los castaños parecen columnas retorcidas. En otoño el suelo queda cubierto por una capa gruesa de hojas secas y castañas abiertas; al pisarlas suenan como pequeñas ramas quebrándose.
Desde allí sale el sendero que lleva hasta la Chorrera de San Martín, una cascada que cobra más fuerza después de periodos de lluvia. El agua cae por una pared de roca granítica y forma una poza al pie. En verano algunos se acercan a refrescarse, aunque el agua suele estar fría incluso en los días más calurosos.
El acceso se hace a pie por un camino señalizado entre helechos, musgo y rocas cubiertas de líquenes. No es especialmente técnico, pero conviene llevar calzado con buena suela: hay tramos húmedos y alguna pendiente corta.
Caminos entre monte y antiguos olivares
Desde Los Navalucillos parten varios recorridos a pie que atraviesan arroyos, manchas de robledal y zonas de encinar. Algunos siguen pistas forestales; otros se internan en senderos más estrechos donde apenas se oye nada más que viento entre las ramas.
En los márgenes aparecen antiguos olivares y pequeñas huertas que hoy se usan menos que hace décadas. A primera hora del día no es raro ver rastros de fauna: huellas en el barro, excrementos recientes o ramas moviéndose cuando algún animal se aleja. Los ciervos suelen moverse por estas sierras, sobre todo al amanecer o al anochecer, aunque verlos depende bastante de la suerte y del silencio con el que uno camine.
Quien quiera recorrer distancias largas debería consultar los mapas locales antes de salir: algunos itinerarios superan con facilidad los diez kilómetros y el monte puede resultar más amplio de lo que parece desde el pueblo.
Otoño de setas y cocina de invierno
La cocina de la zona es la que corresponde a un territorio de monte y caza. En invierno aparecen platos contundentes como migas, gachas o guisos de carne. Cuando llega la temporada cinegética, es habitual que se cocinen recetas con liebre o cordero en caldereta.
El otoño trae otra tradición muy arraigada: la recogida de setas. En los castañares y robledales cercanos suelen aparecer níscalos, boletus y otras especies que atraen a muchos aficionados cada año. La recolección está regulada en el entorno, así que conviene informarse antes de salir con la cesta.
También son habituales los productos derivados del cerdo y la miel de la zona, presentes en muchas mesas del pueblo durante el invierno.
Fiestas que marcan el calendario
Las fiestas patronales se celebran en torno a San Andrés, a finales de noviembre. Son días de procesiones, música y reuniones familiares que llenan de movimiento un pueblo normalmente tranquilo.
En agosto ocurre algo parecido pero por otro motivo: muchos vecinos que viven fuera regresan durante unos días. Las calles se animan por la noche, se oyen conversaciones largas en las terrazas improvisadas y el calor obliga a buscar la sombra hasta bien entrada la tarde.
La Semana Santa aquí es más recogida. Las procesiones recorren el casco urbano sin grandes multitudes, acompañadas por tambores y pasos que avanzan despacio entre calles estrechas.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para recorrer los caminos del entorno. En primavera los arroyos bajan con más agua y el monte aparece muy verde; en otoño el castañar cambia de color y el aire se vuelve más húmedo y fresco.
En verano el calor aprieta en las horas centrales del día, sobre todo en zonas abiertas. Si se viene en julio o agosto, conviene madrugar para caminar por el monte y dejar el resto del día para las sombras del pueblo.