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sobre San Bartolomé de las Abiertas
Pueblo agrícola tranquilo; destaca por su iglesia y fiestas patronales
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Te lo digo ya: si vas buscando el típico pueblo con casas colgadas y calles de piedra pulida por los turistas, aquí no. El turismo en San Bartolomé de las Abiertas funciona de otra manera. Es más bien ese primo del campo que solo ves en las bodas: no llama la atención cuando entra, pero luego tiene un par de historias que nadie más se sabe. Y una de esas historias se baila con una pera en la mano.
El pueblo que se bebe los pozos
Llegas por la CM‑410, entre Talavera y Navahermosa, y lo primero que notas es el silencio. No el silencio bonito de postal, el de verdad: el que deja oír el motor del coche incluso después de apagarlo. Aquí viven algo más de seiscientas personas repartidas en un término bastante amplio, así que espacio hay de sobra y ruido más bien poco.
No hay un río grande cruzando el municipio. Tradicionalmente el agua ha salido de pozos, y eso al final marca carácter. Cuando el agua depende de lo que hay bajo tus pies, se cuida más. Al menos esa es la sensación que da al pasear: calles limpias, puertas abiertas y ese ritmo tranquilo de los sitios donde el día no va con prisa.
La plaza hace de centro para casi todo. Allí está la iglesia, con una torre de ladrillo que se ve desde varios puntos del pueblo, y el ayuntamiento, que ocupa un edificio antiguo que durante mucho tiempo tuvo otros usos. Entras y hay ese olor a madera vieja y a edificio usado durante generaciones.
La primera vez que pasé por aquí pregunté por un bar para comer algo rápido. La respuesta fue bastante directa: lo normal es acercarse a Cebolla o tirar hacia Talavera. Vamos, que conviene venir con la comida pensada o con el plan de moverte un poco en coche.
El baile que se hace con una pera en la mano
Si hay un día en el que San Bartolomé de las Abiertas cambia de ritmo es a finales de agosto, cuando llegan las fiestas del patrón. Tradicionalmente se celebran el 24 de agosto y el momento más curioso es el llamado Baile de la Pera.
La escena es bastante simple y por eso mismo llama la atención: la gente baila en la plaza con una pera en la mano derecha. Literalmente. La fruta forma parte de la ofrenda al santo y el gesto se repite año tras año. En el pueblo suelen contar que la costumbre viene de una promesa antigua relacionada con una mala cosecha y el miedo a quedarse sin comida. Como pasa con muchas tradiciones, la historia exacta cambia según quién la cuente.
También es habitual que ese día llegue música desde pueblos cercanos. Hay quien recuerda que durante años los músicos venían andando desde Cebolla cuando no era tan fácil moverse como ahora. Hoy el ambiente es más práctico, pero el espíritu festivo sigue siendo bastante de pueblo: vecinos, gente que vuelve esos días y familiares que llenan las casas.
Lo que sí está claro es que el pueblo se llena bastante más que de costumbre.
Senderos entre olivos
Cuando se acaban las fiestas, el paisaje vuelve a lo suyo: campo abierto, olivares y lomas suaves típicas de La Jara.
Desde el propio pueblo salen varios caminos que se pueden hacer andando sin demasiada complicación. Uno de los más habituales rodea el cerro de la Atalaya y vuelve al punto de partida en un par de horas tranquilas. No es una ruta de grandes panorámicas, pero tiene ese paisaje sobrio de la comarca: olivares, tierra rojiza y silencio.
En primavera el campo cambia bastante. Los olivos aclaran el tono del paisaje y después de la lluvia queda ese olor a tierra húmeda que se queda pegado a la ropa.
Un consejo sencillo: lleva agua. Las sombras son pocas y las fuentes en el campo no abundan.
Cerca del pueblo también hay alguna pequeña excavación que se asocia a la época de la Guerra Civil. No es un lugar preparado como visita histórica; más bien son restos que algunos vecinos conocen y enseñan cuando sale el tema. Ese tipo de hallazgos que aparecen cuando se mueve la tierra y alguien dice: “esto lleva aquí más tiempo que nosotros”.
Cocido, migas y el gazpacho que no es frío
Aquí la comida tiene más que ver con lo que se cocina en casa que con cartas de restaurante. En fiestas a veces aparecen puestos en la plaza, pero el resto del año el plan suele ser más sencillo: comer en pueblos cercanos o tirar de picnic.
Los platos que se mencionan siempre en la zona son bastante contundentes. El cocido toledano con pelotas de garbanzo es de esos que te dejan sin hambre hasta la noche. Las migas de pastor —con panceta y a veces algo dulce como uvas— responden a la lógica de siempre: aprovechar el pan duro y lo que haya en la despensa.
Y luego está el gazpacho de la Jara. Conviene avisarlo porque el nombre engaña: no tiene nada que ver con el andaluz. Aquí se sirve caliente, con carne de caza cuando la hay, y se come con cuchara. La primera vez que lo pedí en pleno agosto me miraron con cara de “ya aprenderás”. Ese plato suele aparecer más cuando refresca.
Consejo de amigo
San Bartolomé de las Abiertas no es un sitio al que vengas a pasar tres días llenando una agenda. Funciona mejor como parada tranquila si estás recorriendo La Jara.
Llegas por la mañana, das una vuelta por la plaza, sales a caminar un rato por los olivares y sigues ruta hacia Talavera u otros pueblos de la zona.
Y si por casualidad caes aquí durante las fiestas de agosto, haz lo mismo que hace todo el mundo: coge una pera y baila un rato. No hace falta saber los pasos. En este pueblo, mientras no se te caiga la pera al suelo, ya vas bien.