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sobre Campos del Paraíso
Municipio compuesto por varios núcleos con Carrascosa como cabecera; zona de transición a la Alcarria
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Hay algo gracioso en llegar a Campos del Paraíso y descubrir que el paraíso, en realidad, se organiza desde Carrascosa del Campo. Es como pedir una cerveza y que te sirvan una caña: mismo contenido, etiqueta distinta. El municipio se llama de una manera, la sede está en otra, y nadie parece especialmente preocupado por el asunto. Bienvenido a esta parte de La Mancha, donde las cosas funcionan con bastante lógica… aunque desde fuera a veces cueste pillarla.
Cinco pueblos en el mismo término
Campos del Paraíso funciona como un pequeño mosaico. El municipio reúne cinco núcleos: Carrascosa del Campo, Olmedilla del Campo, Villar de Felices, Villar de la Encina y Villar de Cañas. Están repartidos por una llanura que, vista desde arriba, parece un tablero enorme de parcelas: cereal, algún girasol según el año, caminos rectos que se pierden en el horizonte.
Las casas suelen ser bajas, calles anchas, y ese silencio que solo se rompe cuando pasa un coche o cuando el viento empuja algo de polvo por la carretera. No es el tipo de sitio donde vienes a tachar monumentos a toda prisa. Aquí lo lógico es moverse entre pueblos, parar un rato en cada uno y dejar que el paisaje haga su parte.
Hay quien recorre los cinco núcleos como una pequeña ruta, enlazándolos por carretera secundaria o caminos agrícolas si vienes en bici. No tiene misterio: vas saltando de pueblo en pueblo, viendo iglesias, alguna plaza tranquila y, entre medias, kilómetros de campo abierto. De esos sitios donde el GPS a veces se lía cuando oye tantos “Villar” seguidos.
El cerro de Amasatrigo y la ermita del Castillo
El cerro de Amasatrigo se ve desde bastante lejos porque rompe la horizontal de la llanura. Arriba está la ermita de la Virgen del Castillo, levantada sobre lo que fue una fortificación que con el tiempo acabó teniendo uso religioso. Ese tipo de mezcla histórica que en los libros suena complicada pero que en el terreno se resume en un edificio solitario vigilando el paisaje.
La subida tiene su cuesta, pero tampoco es una expedición. Arriba lo que manda son las vistas: la llanura manchega extendiéndose en todas direcciones y bastante silencio alrededor. Si pillas una tarde clara, la luz cae de lado sobre los campos y todo se vuelve de un tono dorado muy de esta tierra.
Es uno de esos lugares donde te quedas un rato sin hacer mucho más que mirar alrededor.
Iglesias que llevan aquí toda la vida
En Carrascosa del Campo la parroquia marca el centro del pueblo desde hace siglos. Es un edificio grande para un sitio pequeño, con mezcla de estilos del final de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna. Está protegido como patrimonio histórico y sigue funcionando como punto de referencia del pueblo: cuando alguien dice “nos vemos en la iglesia”, todo el mundo sabe dónde ir.
En Olmedilla del Campo, la iglesia de Santa Lucía tiene una portada que se suele atribuir a Andrés de Vandelvira, un nombre bastante conocido en la arquitectura renacentista del sur peninsular. No es un edificio monumental, pero esa fachada tiene detalles que llaman la atención si te acercas con calma.
Dentro, lo de siempre en iglesias de pueblo: eco suave, bancos de madera y olor a cera. El ambiente que uno espera encontrar.
El paisaje: viento, cereal y cielo ancho
Aquí el protagonista real es el paisaje. Campos abiertos durante kilómetros, parcelas agrícolas que cambian de color según la estación y un cielo enorme que hace que todo parezca más grande de lo que es.
En los últimos años también se ven aerogeneradores repartidos por algunas zonas del término. Se han convertido en parte del horizonte, igual que los silos o los viejos caminos agrícolas. A los pájaros de la estepa —alcaravanes, aguiluchos y compañía— parece que no les afecta demasiado: siguen posándose en las vallas como si llevaran toda la vida ahí.
Si vienes en pleno verano, prepárate para calor serio. De ese que te hace buscar cualquier sombra, aunque sea la de una señal de tráfico. En otoño o primavera el paisaje cambia bastante: temperaturas más suaves y la tierra con ese olor a campo recién trabajado.
¿Dónde está el “paraíso”?
La gracia del nombre del municipio tiene su punto irónico. No hay grandes infraestructuras turísticas ni calles llenas de tiendas. Esto es más bien territorio de vida cotidiana.
La comida que encontrarás por aquí suele ser la de siempre en La Mancha: gachas, migas, platos contundentes pensados para gente que ha pasado el día trabajando fuera. Si tienes la suerte de charlar con vecinos, es bastante probable que acabes hablando de cosechas, de cómo viene el año o de quién es familia de quién en el pueblo de al lado.
Campos del Paraíso, al final, funciona un poco como el recibidor de una casa: no es el gran salón, pero es donde te dan la bienvenida y donde empiezas a entender cómo se vive aquí.
Mi consejo: recórrelo sin prisa. Pasa por los pueblos, sube al cerro de Amasatrigo y conduce un rato por las carreteras comarcales. La carretera es recta durante muchos kilómetros… pero los conejos cruzan cuando menos te lo esperas. Así que mejor ir despacio y con los ojos abiertos.