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sobre Casas de Haro
Municipio extenso con gran producción de vino y queso; arquitectura popular manchega
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Hay pueblos que parecen un error del GPS. Llevas un buen rato atravesando campos de cereal que se repiten como el fondo de pantalla de Windows y, de repente, Casas de Haro. Ocho calles, una iglesia que mira al horizonte y bastante silencio. No es que esté abandonado; es que la vida aquí va a otro ritmo. Como cuando te levantas al baño en un bar y al volver todo sigue igual, pero tú sientes que te has perdido media conversación.
El tipo de sitio donde aparcan los tractores delante del bar
Lo primero que ves son los tractores. Aparcados como si fueran SUVs delante del bar del pueblo a la hora del café. No es decoración: aquí el tractor es el coche de diario. Entras, pides algo, y en la barra hay tres o cuatro señores hablando de lluvias y del trigo. No te miran raro, pero tampoco te montan una bienvenida. Es ese tipo de sitio donde el camarero te sirve y sigue a lo suyo. Si quieres leche, la pides.
La iglesia de Nuestra Señora queda en la parte alta. No porque sea enorme, sino porque el pueblo está colocado en una pequeña elevación. Se sube por una cuesta que parece diseñada para que la gente mayor proteste de las rodillas. Arriba se ve todo: los campos alrededor, las casas de ladrillo, tejados rojizos y ese horizonte plano tan manchego que parece no acabarse nunca. A veces pasa un coche, pero poco más. El viento y alguna paloma hacen más ruido que el tráfico.
El gazpacho manchego que no es lo que crees
En Casas de Haro lo normal es comer donde come todo el mundo: en el bar del pueblo. Preguntas qué hay y muchas veces la respuesta es simple: gazpacho.
Y no, no es el de tomate frío. El gazpacho manchego es un guiso caliente con carne —suele llevar conejo o caza— y unas tortas de pan sin levadura que se rompen dentro del caldo. Se come con cuchara y llena bastante. Es comida de campo, de la que aguanta horas de trabajo.
La primera vez que lo pruebas piensas algo como: “esto se parece más a un guiso espeso que a un gazpacho”. La segunda vez ya no analizas tanto. Comes y punto. El truco está en la torta: absorbe el caldo y queda con una textura rara de explicar, a medio camino entre pasta y pan empapado. Fuera de La Mancha cuesta encontrarlo igual.
Cuando anochece en mitad de la llanura
Lo mejor de Casas de Haro empieza cuando cae el sol. Aquí la oscuridad todavía es oscuridad de verdad. Sales un poco del casco urbano, apagas el coche y el cielo se llena de estrellas. No es una frase bonita: es que se ven muchas más de las que solemos ver en ciudad.
Te quedas un rato mirando arriba y te pasa esa idea que siempre aparece en los pueblos tranquilos: “igual vivir aquí no estaría mal”. Luego recuerdas que cualquier compra grande implica coger el coche y recorrer bastantes kilómetros… y la fantasía se enfría un poco.
En otoño el ambiente cambia bastante. Huele a leña, a tierra húmeda y a chimenea. Los campos se vuelven dorados y los tractores siguen trabajando hasta que cae la tarde. También es cuando vuelve gente que vive fuera durante el año. En algunos patios se preparan matanzas como se han hecho siempre: familia, embutido colgado y muchas horas de conversación.
Cómo encaja una visita a Casas de Haro
Casas de Haro está en plena llanura manchega, rodeado de campos y carreteras secundarias tranquilas. Se llega sin problema en coche desde varios pueblos de la zona y desde la ciudad de Cuenca en algo menos de una hora, según la ruta.
No es un sitio para llenar todo un día de actividades. Aquí vienes, das una vuelta por las calles, subes hasta la iglesia, te sientas un rato en la plaza y observas cómo funciona el pueblo cuando no hay prisa.
Mi consejo: ven con tiempo tranquilo. Pasea, tómate algo en el bar, y si ese día hay gazpacho manchego, pruébalo. Luego siéntate un rato sin hacer nada.
En Casas de Haro no pasa gran cosa. Y, precisamente, de eso va el lugar.