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sobre Consuegra
Icono de La Mancha con sus molinos de viento y castillo medieval; escenario cervantino por excelencia
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En Consuegra casi todo el mundo viene a lo mismo: subir al cerro Calderico y ver los molinos. Arriba hay un aparcamiento de pago. Si no te apetece, deja el coche en el pueblo y sube andando por la carretera. En agosto se llena y toca paciencia. En enero sopla un viento serio. Elige día con cabeza.
Los molinos y el castillo: lo que viene la gente a ver
Doce molinos en línea. Doce. El Rucio es el que sale en casi todas las fotos porque queda al lado del aparcamiento. Para ver los demás hay que caminar un poco por la cresta del cerro. Tienen nombres sacados del Quijote. Cervantes nunca pasó por aquí, que se sepa, pero el paisaje ayuda a entender de dónde sale la historia.
El castillo está al lado. Restaurado, grande y visible desde kilómetros. Desde arriba se ve la llanura manchega sin mucho obstáculo: campos, carreteras rectas y algún pueblo al fondo. En los paneles hablan de una batalla medieval, a finales del siglo XI, en la que murió el hijo del Cid. El lugar exacto no está claro, pero la tradición la sitúa por esta zona.
La visita al castillo suele ser de pago. Si te gustan las fortalezas, sube. Si no, con caminar entre los molinos y mirar el paisaje ya te haces una idea del sitio.
El pueblo: donde está la vida diaria
Baja del cerro y cruza la carretera. Ahí empieza Consuegra de verdad. La Plaza de España es el centro: soportales, terrazas y la iglesia parroquial ocupando medio lateral.
En muchas cartas aparece el gazpacho manchego. No tiene nada que ver con el andaluz. Aquí es un guiso caliente con carne de caza y tortas de pan ácimo. Llena bastante.
En la fachada del ayuntamiento verás lo de “Ciudad muy leal”. Es un título antiguo, concedido por mantenerse fiel a la Corona en las revueltas del siglo XVI.
A unos cinco kilómetros está la presa romana. Se suele citar como una de las más largas conservadas de la península. Un muro de piedra largo, bastante sobrio. El camino es fácil y casi llano, pero hay poca sombra. En verano se nota.
Cuándo ir y por qué
Octubre suele ser el mes con más ambiente. Coinciden la vendimia tardía y la recogida del azafrán, y el pueblo organiza la fiesta llamada “Rosa del Azafrán”. Hay mercado, actuaciones y bastante movimiento en la plaza.
En agosto se celebran las fiestas de moros y cristianos. Desfiles, recreaciones y bastante ruido hasta tarde. A los críos les encanta. Si buscas tranquilidad, mejor otra fecha.
En primavera también hay jornadas dedicadas a la cebolleta manchega. La plaza se llena de puestos y casi todo lleva cebolla tierna.
Lo que no te cuentan en las postales
El cerro parece aislado cuando lo ves en fotos, pero en realidad está pegado al pueblo y a la carretera. No esperes silencio total: siempre pasa algún coche o llega otro grupo.
En una de las iglesias del centro guardan un Cristo al que muchos vecinos señalan porque no lleva la barba habitual en este tipo de imágenes. No siempre está abierto, así que depende del horario del templo.
El río Amarguillo cruza la parte baja del pueblo. A finales del siglo XIX provocó una riada fuerte que destruyó muchas casas. Hoy el cauce está encauzado y apenas llama la atención si no conoces la historia.
Consejo de Marcos
Ven entre semana si puedes. Aparca abajo y sube andando al cerro; el paseo tampoco es largo. Recorre los molinos hasta el final, no te quedes solo en el primero. El castillo, según ganas y tiempo.
Y trae gafas de sol si sopla el viento. Aquí no es metáfora: levanta tierra y te deja los ojos hechos polvo.