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sobre Villa de Don Fadrique (La)
Pueblo manchego con rica historia y arquitectura; conocido como La Villa
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Las chimeneas de las antiguas alcoholeras se recortan contra el cielo manchego como cuatro exclamaciones de ladrillo rojo. Es martes, cerca del mediodía, y en La Villa de Don Fadrique solo se oye el viento entre los trigales y el crujido de alguna puerta que se cierra. El silencio no es ausencia de vida: es la pausa habitual de los pueblos llanos cuando el sol cae recto y las calles se vacían un rato.
El olor a pan recién hecho y algo más
Cruzas la Plaza de España y alguien saca una bandeja de barras todavía calientes. El olor se mezcla con el polvo fino de la calzada y con algo que cuesta identificar al principio: artemisa creciendo entre las juntas de las losas. Aquí la Mancha no es verde; es ocre, gris claro, a veces casi blanco cuando la luz aprieta.
Los campos de cereal rodean el casco urbano como un mar quieto. En primavera, antes de la siega, las espigas ondulan con el viento y el pueblo parece un barco detenido en medio del trigo.
La Casa de la Tercia, con fachada de piedra y el escudo de la Orden de Santiago sobre la puerta, mira ese mismo paisaje desde principios del siglo XVI. Durante mucho tiempo fue el lugar donde se almacenaban los diezmos en grano. Hoy el edificio tiene otros usos municipales, pero la piedra sigue guardando ese frescor que tienen los muros pensados para conservar cosechas. En el dintel hay una marca que parece un compás y una escuadra torpemente grabados. Podría ser la firma de algún maestro de obras que pasó por aquí cuando la Mancha todavía era frontera de caminos.
Cuando el pueblo se llamaba Puebla
El origen de La Villa de Don Fadrique suele situarse en el siglo XIV, ligado a la figura de Fadrique, maestre de la Orden de Santiago y hermanastro de Pedro I. La historia acabó mal para él —terminó ejecutado en Sevilla—, pero su nombre quedó unido al pueblo.
La iglesia de San Juan Bautista domina el centro con una torre sobria de ladrillo y piedra. Desde arriba —si se puede subir cuando el templo abre— la vista es la Mancha en estado puro: líneas rectas de caminos, parcelas largas, algún molino moderno girando despacio. Hacia el oeste se adivina el trazado del antiguo ferrocarril que durante años transportó alcohol y cereal. Hoy ese recorrido se utiliza como vía verde y mucha gente lo hace en bici o caminando. Conviene llevar agua y gorra: la sombra, en esta parte de Toledo, escasea.
Un pueblo con memoria política
La Villa de Don Fadrique aparece a menudo en los libros de historia del movimiento jornalero. A comienzos de la Segunda República se eligió aquí a un alcalde comunista, algo que en su momento llamó la atención en toda España. Durante aquellos años el pueblo vivió conflictos agrarios, ocupaciones de tierras y una vigilancia constante de la Guardia Civil.
Esa memoria todavía flota en conversaciones de sobremesa. A veces alguien señala el ayuntamiento o el viejo lavadero y cuenta cómo las mujeres se reunían allí mientras los hombres hablaban de política en la plaza. Son historias que pasan de boca en boca, con versiones distintas según quién las recuerde.
Cómo caminar el pueblo sin prisa
Mayo suele ser un buen momento para acercarse. Los caminos entre viñas y cereal se llenan de amapolas y el aire huele a romero y a tierra recién movida. Mejor llevar calzado cerrado: la artemisa y otras hierbas secas pinchan más de lo que parece.
Si vienes en coche, lo más cómodo es dejarlo en los bordes del casco urbano y moverte andando. El pueblo es llano y se cruza despacio, escuchando cómo cambian los sonidos entre una calle y otra: una radio encendida detrás de una ventana, un tractor que regresa por la carretera comarcal, el golpe metálico de una persiana al bajar.
A comienzos de junio, cuando toca la romería de la Palomarilla, mucha gente camina hasta la ermita de la Virgen de Palomares. El camino es de tierra rojiza y piedra suelta. Se oyen guitarras, conversaciones a media voz y, de fondo, el ruido lejano de la maquinaria en el campo. Al regresar, ya al atardecer, las chimeneas vuelven a recortarse contra el cielo y el pueblo huele otra vez a pan caliente y a romero quemado.