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sobre Las Pedroñeras
Capital mundial del ajo morado; villa dinámica con patrimonio renacentista
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A las siete de la mañana en Las Pedroñeras el aire tiene un olor seco y penetrante. No a pan ni a café, sino a ajo recién abierto, ese aroma que raspa un poco la garganta y despeja la cabeza. Los primeros camiones pasan por la carretera comarcal mientras amanece plano sobre La Mancha. En algunos almacenes ya hay movimiento y, cuando la campaña está en marcha, los montones de ajo morado forman pequeñas cordilleras violáceas bajo los tejados de los secaderos. Aquí el calendario del pueblo sigue el ritmo del campo: lo que se recoge hoy ya piensa en lo que se plantará en invierno.
El aliento de la tierra
Si paseas por la Alameda verás que hasta algunas farolas recuerdan la forma de un bulbo. Puede parecer una broma, pero en realidad dice mucho del lugar. En Las Pedroñeras el ajo no es solo un cultivo: es la conversación de cada día y el trabajo de muchas familias desde hace generaciones.
La faena empieza en invierno, cuando se plantan los dientes en hileras rectas que desde lejos parecen líneas dibujadas sobre la tierra oscura. En primavera asoman los tallos verdes, finos, casi frágiles, mezclados con parcelas de cereal. Y en verano llega el momento de arrancar, atar y dejar secar.
La luz de esta parte de La Mancha ayuda a entender el paisaje. El cielo es tan abierto que las nubes parecen más altas de lo normal. En días de viento —que aquí no son raros— el olor del ajo seco se mezcla con el polvo de los caminos y el tomillo que crece en los márgenes.
El museo donde el campo entra en la casa
El Museo del Ajo y Etnográfico ocupa una casa antigua del pueblo. Dentro hay herramientas, fotografías y utensilios que explican cómo se trabajaba antes de que llegaran muchas de las máquinas actuales.
Aparecen prensas de madera, cestas de esparto y viejas imágenes en blanco y negro donde cuadrillas enteras posan con los montones de ajos recién arrancados. En varias fotos se ven las manos teñidas por el contacto constante con los bulbos.
También hay una recreación de un secadero tradicional. Las ristras cuelgan del techo y el aire circula lentamente, como ocurría en los edificios agrícolas donde se guardaba la cosecha. El olor es suave pero persistente. Incluso quien llega sin interés previo por el ajo acaba entendiendo que buena parte de la identidad del pueblo se ha construido alrededor de estas cabezas moradas.
Cuando el pueblo gira alrededor del ajo
A finales de julio suele celebrarse la Feria Internacional del Ajo. Durante esos días el pueblo cambia bastante: llegan productores, compradores y curiosos de muchos sitios.
Hay demostraciones de pelado manual, degustaciones y puestos donde el ajo aparece en platos muy distintos a los que uno imagina. Por la tarde el ambiente se concentra en las calles cercanas al centro, con mesas al aire libre cuando el calor afloja.
Entre los platos que más se repiten están las sopas de ajo, espesas y contundentes, con pan, pimentón y huevo. En muchas casas se sigue preparando con cuidado para que el ajo no se queme. Si se dora demasiado, dicen algunos vecinos, amarga y arruina la olla.
Si te interesa ver el pueblo con calma, conviene evitar ese fin de semana. Durante la feria hay bastante más tráfico y encontrar aparcamiento cerca del centro puede ser complicado.
Un paseo hacia la Alberca de Záncara
A unos ocho kilómetros aparece la Alberca de Záncara, una pequeña laguna natural en medio del paisaje agrícola. No siempre figura en las rutas más conocidas, pero en el pueblo la mencionan a menudo.
El camino suele comenzar cerca del cementerio y avanza entre parcelas de cultivo. En otoño, cuando los campos están recién trabajados, el suelo queda oscuro y desnudo; en primavera aparecen manchas verdes que rompen la monotonía de la llanura.
En los márgenes crecen romero, tomillo y alguna encina dispersa. Cuando sopla el viento, que en esta zona rara vez falta, el olor de estas plantas se mezcla con el del campo recién removido.
La alberca aparece de golpe, como un paréntesis de agua quieta en medio de la llanura. No es un lugar grande ni preparado como área recreativa, así que conviene ir con calma y sin esperar servicios.
Cuándo venir a Las Pedroñeras
Para un viaje tranquilo, los meses de otoño y primavera funcionan bien. El pueblo mantiene su ritmo cotidiano y el campo cambia bastante de color según la época.
En verano el calor manchego aprieta desde media mañana. Si vas a caminar por los alrededores, lo más sensato es salir temprano y volver antes de las horas centrales del día. El viento puede engañar y parecer fresco, pero el sol cae con fuerza sobre los caminos abiertos.
Y un detalle práctico: aunque el olor del ajo forma parte del paisaje, durante la campaña puede ser bastante intenso cerca de los secaderos. Hay quien lo encuentra agradable y quien tarda un poco en acostumbrarse. Aquí, en cualquier caso, es simplemente el olor del trabajo.