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sobre Lillo
Conocido por su aeródromo de vuelo sin motor y sus lagunas endorreicas; paisaje manchego
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A las siete de la mañana, la plaza Mayor todavía está medio vacía y el aire huele a pan caliente y a tierra húmeda de riego. Una persiana metálica se levanta con estruendo, alguien cruza la plaza en coche camino de la carretera de Corral de Almaguer y, por un momento, todo vuelve al silencio. El turismo en Lillo empieza entendiendo esa calma: un pueblo de llanura donde el día se pone en marcha despacio, con la luz horizontal de la Mancha todavía indecisa entre el sol limpio o el viento.
Desde el borde del casco urbano la vista se abre de golpe. La llanura manchega se extiende como una mesa enorme donde los campos de cereal dibujan franjas largas, casi rectas, que cambian de color según la estación. En primavera el verde es suave, todavía bajo, y el aire trae olor a tierra removida. Durante mucho tiempo el cultivo de la zanahoria tuvo bastante peso en la economía local; todavía hay vecinos que recuerdan cuando los campos anaranjaban media vega en época de cosecha.
El cerro que vigila la llanura
A pocos kilómetros del pueblo, el cerro de San Antón rompe la horizontalidad de la Mancha como una pequeña isla rojiza. No parece gran cosa desde abajo, pero en cuanto empiezas a subir se nota la pendiente. El camino es corto y polvoriento, con piedras sueltas, y conviene hacerlo sin prisa, sobre todo en los meses de calor.
Arriba sopla casi siempre viento. Quedan restos de un antiguo asentamiento prehistórico documentado por los arqueólogos, con algunos tramos de muralla y estructuras muy bajas que apenas levantan un palmo del suelo. Lo más llamativo suele ser una cisterna excavada en la roca que aún se distingue con claridad.
Desde lo alto la vista compensa la subida: campos de cereal en todas direcciones y, en días muy claros, una línea azulada de montes lejanos hacia el norte. También se reconoce el trazado de una antigua vía pecuaria que atraviesa el término municipal. Todavía es posible ver rebaños pasar en ciertas épocas del año.
Calles largas y casas de otra época
La calle Mayor concentra buena parte de las casas antiguas. Muchas tienen dos plantas, fachada de ladrillo o revoco claro y balcones de hierro oscuro que crujen cuando sopla el viento fuerte de invierno.
A mediados del siglo XIX el pueblo llegó a tener bastante más población que hoy y fue cabecera administrativa de la zona durante un tiempo. Esa etapa dejó edificios grandes y algunas viviendas señoriales que ahora conviven con casas cerradas o utilizadas solo en verano. Aun así, cuando cae la tarde y la gente saca la silla a la puerta, la calle vuelve a tener movimiento.
Hoy el padrón ronda los dos mil y pico habitantes, aunque en vacaciones y fiestas el ambiente cambia bastante y el pueblo se llena de familiares que regresan unos días.
Cocina de campo y calendario de fiestas
Las fiestas patronales suelen celebrarse a comienzos de septiembre y durante esos días el olor del pueblo cambia: humo de parrillas, calderetas que se preparan en grandes peroles y mosto recién prensado cuando coincide con el inicio de la vendimia en la comarca.
En invierno siguen preparándose dulces tradicionales ligados al calendario religioso, como las roscas que se hacen alrededor de San Blas. En muchas casas todavía se curan quesos de oveja de manera doméstica, aprovechando la leche de explotaciones cercanas.
Son sabores sobrios, muy ligados a lo que da el campo de alrededor: cereal, cordero, queso, vino de la Mancha.
Caminar por la llanura sin prisa
Por los caminos agrícolas que rodean el municipio salen varias rutas sencillas que utilizan vecinos y gente del pueblo para pasear o ir en bicicleta. Son pistas anchas de tierra clara, casi siempre rectas, donde el horizonte se mantiene abierto durante kilómetros.
En primavera los bordes se llenan de amapolas y hierbas altas que se mueven con el viento. En verano conviene madrugar: aquí la sombra escasea y a partir del mediodía el sol cae a plomo. Llevar agua parece obvio, pero mucha gente lo olvida al ver lo fácil que parece el terreno.
Si subes al cerro de San Antón a última hora de la tarde, cuando el sol baja hacia el oeste, el pueblo se ve entero: un grupo compacto de tejados ocres rodeado de campos. A esa hora la llanura se vuelve dorada y el viento baja un poco.
Lillo se entiende bien así, despacio, caminando por caminos que no tienen nada espectacular pero sí algo difícil de encontrar en otros sitios: espacio, silencio y la sensación de que la Mancha sigue marcando el ritmo del día.