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sobre Membrilla
Conocida como la capital del melón; localidad agrícola con tradiciones arraigadas como los Desposorios de la Virgen
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Las campanas de la iglesia de San Juan repiquetean a las siete de la mañana y el aire huele a pan recién hecho mezclado con algo más seco, más antiguo: el polvo de la Mancha que se levanta con la primera brisa. El turismo en Membrilla empieza a entenderse a esa hora, cuando el sol asoma rápido sobre la llanura y las calles todavía guardan el fresco de la noche. En algunas terrazas ya hay vasos de anís y conversaciones lentas sobre la sequía, el campo y la última cosecha de melón.
El sabor de un pueblo que exportaba vino a Madrid
Membrilla sabe a vino desde hace siglos. Tras la conquista cristiana en el siglo XIII, el cultivo de la vid fue ganando peso en la economía local y ya en la Edad Moderna aparecen referencias al vino de la villa viajando hacia Madrid. Hoy la tradición sigue muy ligada a las cooperativas y bodegas de la zona, integradas en la denominación de origen La Mancha.
Aquí el vino suele aparecer en la mesa sin ceremonia: copa fina, algo de queso manchego y pan para empujar. Si te quedas un rato escuchando, alguien acabará hablando de vendimias de madrugada, de remolques cargados hasta arriba o de cuando el trabajo se hacía casi todo a mano. Son historias que salen despacio, como si el tiempo del campo siguiera marcando el ritmo de la conversación.
Cuando el río Azuer aún muele recuerdos
A poco más de un kilómetro del casco urbano, el río Azuer pasa entre una pequeña línea de vegetación que rompe la horizontal de los cultivos. Allí se levantaron varios molinos harineros; hoy queda uno restaurado, conocido como el Molino del Rezuelo, mientras los restos de otros aparecen entre la maleza y las piedras.
El paseo hasta el molino se hace por un camino sencillo entre chopos y tarayes. El agua no siempre baja con fuerza —en La Mancha los ríos a menudo son discretos—, pero el lugar conserva algo de sombra y de silencio. En verano se agradece. Se oyen cigarras, el crujido seco de las ramas y, de vez en cuando, el ruido rápido de un lagarto escondiéndose entre las rocas.
Los domingos por la mañana suele verse a familias caminando despacio por la ribera. No hay grandes instalaciones: solo el sendero, el molino y el río que durante siglos movió piedras de moler grano.
Entre la microrreserva y el canto de los abardinales
Al sur del término municipal está la microrreserva de los Albardinales, una extensión de matorral mediterráneo donde dominan el romero, el tomillo y el esparto. Es terreno abierto, con pistas de tierra y senderos que se pierden entre lomas bajas.
A veces se menciona como zona de dispersión del águila imperial ibérica, aunque verla no es algo habitual. Lo más común es observar milanos planeando sobre los cultivos cercanos o escuchar a las alondras cuando levantan el vuelo desde el suelo.
En primavera el aire lleva olor a romero machacado bajo las botas. En verano la tierra se vuelve dura y clara, casi blanca al mediodía. Conviene llevar agua: no hay fuentes ni lugares donde comprar nada en varios kilómetros.
Cuando cae la tarde, hacia el oeste, la línea lejana de la sierra de Alcaraz se tiñe de violeta. Desde algunos puntos altos se alcanza a ver Membrilla como un conjunto bajo de tejados claros en mitad de la llanura.
Fiestas donde la memoria se come en forma de gachas
Entre las celebraciones más arraigadas del pueblo están los desposorios de la Virgen del Espino, que suelen celebrarse en mayo. La ermita se levanta sobre el cerro donde estuvo el antiguo castillo del Tocón. Ese día hay flores, música de banda y vecinos acompañando la imagen hasta la plaza.
En Carnaval llega el Jueves de Comadre, cuando aparecen las gachas blancas. Se preparan con harina, agua, ajos y trozos de panceta, y se reparten en cazuelas que pasan de mano en mano. Es una receta sencilla y contundente, de las que se comen de pie, hablando con quien esté cerca.
Cómo llegar y cuándo conviene elegir bien el día
Membrilla está en el sur de la provincia de Ciudad Real, a poca distancia de Manzanares y comunicada por carreteras comarcales que cruzan la llanura manchega. Lo más práctico suele ser llegar en coche. También hay transporte público desde poblaciones cercanas, aunque los horarios acostumbran a ser limitados.
El verano trae calor serio. En julio y agosto, a partir de media tarde, el asfalto devuelve todo el sol acumulado durante el día y la sombra escasea en muchas calles. Si puedes elegir, septiembre suele ser más llevadero: la vendimia ya está en marcha y el aire del campo huele a mosto.
Si llueve, que no siempre ocurre, los alrededores cambian de color en pocos días. El verde aparece donde antes solo había tierra clara. Y el silencio de la Mancha —ese que se rompe con el viento o con un tractor a lo lejos— se vuelve todavía más evidente.