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sobre Mora
Capital del aceite de oliva; famosa por su Fiesta del Olivo y su patrimonio industrial aceitero
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A media tarde, cuando el sol empieza a aflojar, el olivar alrededor de Mora se vuelve plateado. Basta subir una de las cuestas del casco antiguo y mirar hacia fuera: filas y filas de árboles bajos, retorcidos, extendiéndose hasta donde la vista pierde la paciencia. El viento mueve las hojas y el paisaje cambia de color a cada ráfaga. En los días de molienda, además, el aire trae un olor verde y denso, mezcla de hierba machacada y aceite nuevo.
Mora, en plena Mancha toledana, vive pegada al olivo desde hace generaciones. No es un detalle del paisaje: es la economía del pueblo y también parte de su conversación diaria.
El pueblo que vive del olivo
La plaza Mayor suele concentrar esa vida tranquila de los pueblos manchegos. Bajo la torre del Ayuntamiento —con su cúpula redondeada recubierta de azulejos— hay bancos ocupados buena parte del día. Las conversaciones cambian poco: la cosecha, el tiempo, el precio del aceite cuando la campaña viene floja.
Los jueves suele montarse mercado. Aparecen cajas de verduras, conservas, ropa colgada en perchas improvisadas. No es grande, pero mantiene ese movimiento breve que rompe la rutina de la semana.
En Mora el olivo está en todas partes. Se dice a menudo que aquí hay decenas de árboles por habitante, una cifra que ayuda a entender por qué el paisaje que rodea el pueblo parece un tapiz interminable.
En una casa antigua del centro se instaló hace años el Museo del Aceite. El edificio conserva suelos de baldosa gastada y vigas oscuras. Dentro hay prensas antiguas, herramientas de campo y paneles que explican cómo se ha trabajado el olivar en la zona. Algunas piezas de hierro pesan más de lo que parece a simple vista y ayudan a imaginar el esfuerzo que exigía la molienda antes de la maquinaria moderna.
Cuando el cerro se vuelve castillo
El relieve alrededor de Mora es suave, pero hay una excepción clara: el cerro de Peñas Negras. Desde el pueblo se distingue bien la silueta de sus ruinas.
La subida puede hacerse caminando desde el casco urbano si te gusta andar. El sendero arranca en las afueras y atraviesa terreno seco, con tomillo, romero y piedras calizas que crujen bajo las botas. Dependiendo del ritmo, la caminata suele llevar algo más de una hora.
Arriba quedan restos del castillo: muros sueltos, alguna base de torre y una escalera que hoy termina en el aire. No es un conjunto monumental restaurado, sino más bien un lugar abierto donde el viento sopla sin obstáculos.
La recompensa está en las vistas. El olivar se extiende en todas direcciones como una piel arrugada de color verde grisáceo. En días claros se alcanzan a ver los cerros donde se levantan los molinos de Consuegra.
Conviene evitar las horas centrales del verano. La subida tiene muy poca sombra y no hay fuentes en el camino, así que agua y gorra son casi obligatorias.
Fuegos y procesiones
El calendario festivo de Mora gira también alrededor del olivo. Cada primavera se celebra la conocida Fiesta del Olivo, cuando las calles se llenan de ramas y el pueblo huele a cocina de leña. Productores de la zona presentan su aceite y se organizan degustaciones donde se habla de variedades y de cosechas como si se hablara de vino.
Es habitual ver grandes peroles al fuego preparando gazpacho manchego, el guiso caliente con carne de caza y tortas de pan troceadas. El humo de la leña de olivo tiene un aroma muy particular que se queda flotando por las calles.
A comienzos del otoño suele celebrarse también la romería de la Virgen de la Antigua, que sube hasta el cerro en procesión. Desde lejos se ve la hilera de gente avanzando por el camino blanco, entre olivos y polvo.
Lo que se come cuando baja el sol
Cuando llega la época de la recogida —normalmente entre finales de otoño y principios de invierno— el pueblo entra en otro ritmo. Los tractores pasan cargados de aceituna y al caer la tarde las cuadrillas se reúnen a cenar platos contundentes.
En muchas mesas aparece el pisto moracho con huevo frito, más oscuro y aceitoso que el pisto manchego habitual. También el gazpacho manchego caliente, que aquí se come con cuchara y con trozos de torta de pan que se ablandan en el caldo.
En invierno no faltan los dulces caseros con anís o vino. Los roscos duros, de los que primero parecen piedra y luego se deshacen en el café, siguen apareciendo en muchas cocinas.
Cuándo ir y qué evitar
Si te interesa ver el movimiento del aceite, los meses de cosecha —entre noviembre y diciembre, según venga el año— son los más activos. Los alrededores del pueblo están llenos de remolques cargados de aceituna y las almazaras trabajan casi sin parar.
En pleno verano el calor cae con fuerza, sobre todo por la tarde. Las calles altas tienen poca sombra y el suelo guarda el calor durante horas. Si vienes en esa época, lo mejor es salir temprano por la mañana o esperar a que baje el sol.
Al final del día, cuando la luz se vuelve dorada y los olivos proyectan sombras largas sobre las lomas, Mora recupera un silencio extraño para un pueblo de más de diez mil habitantes. Solo se oye el viento moviendo las hojas y, de vez en cuando, el motor lejano de algún tractor que vuelve del campo. Es entonces cuando el paisaje se entiende mejor: tierra seca, árboles pacientes y aceite nuevo esperando en las bodegas.