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sobre Socuéllamos
Importante centro vinícola con el Museo Torre del Vino; localidad próspera con arquitectura señorial y grandes extensiones de viñedo
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Socuéllamos se entiende mejor desde el viñedo que desde el plano. En esta parte de La Mancha, entre Tomelloso y Villarrobledo, el pueblo ha crecido al ritmo de la vid y de las cooperativas. A finales de verano el olor a mosto se cuela por las calles y se nota incluso antes de entrar al casco urbano por carretera. Durante la vendimia el movimiento es constante: remolques cargados de uva, tractores entrando y saliendo de las bodegas, cuadrillas que miran el color del fruto como quien calcula el tiempo que va a hacer.
No es un lugar pensado como escenario para el visitante. Es, sobre todo, un pueblo agrícola de tamaño medio —algo más de doce mil habitantes— que sigue viviendo del campo.
La plaza de toros excavada en el cerro
En la falda del cerro de la Muela hay un anillo de tierra excavado en la propia ladera. La plaza de toros de Socuéllamos no se levanta sobre muros altos ni se ve desde lejos: hay que acercarse para entender su forma. Tradicionalmente se sitúa su origen en el siglo XIX, cuando se acondicionó el terreno aprovechando la pendiente natural.
La grada es de tierra apisonada y parte de la estructura se apoya directamente en la roca. Se utiliza sobre todo durante las fiestas del Cristo de la Vega, a finales de agosto, cuando el recinto vuelve a llenarse después de pasar buena parte del año en silencio.
Desde la parte alta del cerro se ve bien la trama del pueblo: calles rectas, casas bajas y, alrededor, una extensión continua de viñedos. Entre el caserío todavía aparecen chimeneas altas de antiguas bodegas, esas estructuras estrechas que servían para ventilar los depósitos subterráneos y que hoy funcionan casi como referencias en el paisaje.
Huellas de la Orden de Santiago
El origen de Socuéllamos suele situarse en la repoblación medieval ligada a la Orden de Santiago. A finales del siglo XIII aparecen menciones documentales al lugar, entonces dentro de los territorios que la orden administraba en esta parte de La Mancha. La presencia de la Cañada Real Conquense, una de las grandes vías de la trashumancia, ayudó a fijar población.
En el centro del pueblo se conserva la llamada Casa‑Encomienda, vinculada a esa administración santiaguista. El edificio ha pasado por muchas reformas, pero aún mantiene elementos antiguos en la estructura y en algunos arcos interiores. Más que un monumento aislado, sirve para recordar el papel que tuvieron estas casas de encomienda: centros de gestión agraria, fiscal y militar en un territorio todavía en formación.
Con el paso de los siglos el pueblo fue desplazándose ligeramente hacia zonas más altas y secas. Las partes más bajas del casco antiguo estuvieron ligadas durante mucho tiempo a bodegas excavadas y a actividades agrícolas, mientras que las calles principales fueron concentrando las casas más grandes y los edificios administrativos.
La Torre del Vino
En la plaza de España se levanta la llamada Torre del Vino, una estructura cilíndrica que durante décadas funcionó como depósito elevado ligado a la actividad vinícola del municipio. Se construyó a comienzos del siglo XX, cuando el crecimiento de la producción obligó a modernizar instalaciones.
Hoy el interior se utiliza como espacio expositivo relacionado con la cultura del vino. No es un museo grande, pero ayuda a entender cómo se trabajaba antes de la mecanización generalizada: lagares, bombas antiguas, herramientas de bodega y paneles que explican la evolución del viñedo en la comarca.
La subida por la escalera interior termina en una pequeña terraza desde la que se aprecia bien la llanura manchega. Cuando el día está claro, el paisaje se convierte en una cuadrícula casi perfecta de parcelas de vid.
Fiestas ligadas al calendario del campo
El calendario festivo mantiene bastante relación con el ritmo agrícola. En enero, alrededor de San Antón, es habitual ver hogueras en distintas calles del pueblo; la gente se reúne alrededor del fuego mientras cae la noche de invierno.
En mayo suele celebrarse una romería en un paraje cercano conocido como Titos, donde hay una pequeña ermita rodeada de campo abierto. Es una salida sencilla, muy ligada a las familias del pueblo.
Las fiestas mayores llegan en agosto con el Cristo de la Vega. Durante esos días hay actos religiosos, festejos taurinos y actividades organizadas por peñas y asociaciones. Coinciden además con el inicio de la vendimia en algunas parcelas tempranas, de modo que el ambiente mezcla celebración y trabajo.
Cómo recorrer el pueblo
El centro de Socuéllamos se puede recorrer caminando sin dificultad. Un paseo habitual empieza en la Casa‑Encomienda, continúa por la calle Mayor y termina subiendo hacia el cerro de la Muela y la plaza de toros excavada.
Si te interesa la arquitectura popular, conviene fijarse en las casas antiguas con portones anchos que permitían la entrada de carros a los patios interiores, muchos de ellos vinculados antiguamente a bodegas familiares.
En otoño los caminos de tierra de los alrededores pueden acumular bastante barro, algo normal en una zona donde el tráfico agrícola es constante. A cambio, es una buena época para ver el paisaje de viñedo en plena actividad.
En la mesa mandan los platos habituales de La Mancha: pisto, asadillo de pimiento rojo o queso curado de oveja. Son recetas sencillas que aquí siguen ligadas a la vida cotidiana.
Socuéllamos no vive de la postal. Se entiende mejor escuchando hablar de la vendimia, viendo entrar remolques de uva en las cooperativas o paseando al atardecer cuando el aire vuelve a oler a mosto. Aquí, eso forma parte del paisaje tanto como las viñas.