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sobre Tembleque
Joya manchega con una de las Plazas Mayores más bonitas de España; arquitectura típica
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Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando el sol asoma por detrás del cerro y derrama su luz plana sobre los trigales. Desde la plaza, todavía medio vacía, se oye el ruido seco de algunas persianas de hierro que suben. Un hombre cruza con paso tranquilo llevando un pan bajo el brazo. A esa hora, el turismo en Tembleque todavía no existe: hay vecinos, olor a pan reciente y esa tierra manchega que empieza a calentarse incluso antes de media mañana.
La plaza que no es solo plaza
La Plaza Mayor no funciona como una plaza al uso. Más bien parece un escenario. Los soportales de piedra, bajos y frescos incluso en verano, hacen de grada. El suelo de adoquines, ligeramente inclinado, delata su otra vida: aquí se montaban corridas de toros cuando la plaza hacía también de coso. Aún se ven anillas de hierro en algunos puntos donde se sujetaban las barreras.
A media mañana la luz entra rasante y dibuja sombras largas bajo los arcos. Es buen momento para sentarse un rato en el brocal de la fuente y mirar con calma: las fachadas de dos plantas, los balcones de madera oscura, el escudo de la Cruz de San Juan en piedra. La plaza empezó a levantarse a comienzos del siglo XVII y, con cambios pequeños, sigue respondiendo al mismo esquema.
En agosto aparecen más mesas a la hora de comer y la plaza se anima. Si buscas verla con otro ritmo, prueba entre semana. Los miércoles suele haber mercadillo y se mezclan vecinos del pueblo con gente de los alrededores que viene a comprar fruta, ropa o utensilios. Bajo los soportales siempre hay corrillos hablando.
El silencio de las torres
Desde la torre de la iglesia de la Asunción el pueblo se entiende de un vistazo: tejas rojizas, calles rectas y, alrededor, el campo abierto de La Mancha. La torre es del siglo XVII, aunque el templo empezó a levantarse a comienzos del XVI con apoyo del cardenal Cisneros. Dentro la temperatura baja varios grados respecto a la calle. Las bóvedas de piedra se quedan con el eco y el olor es mezcla de cera, polvo y madera vieja.
Al final de la calle principal aparece la Casa de las Torres. La fachada, con rejas pesadas y yeso gastado por el tiempo, tiene algo severo. La gente mayor repite una historia: que el edificio tiene tantas puertas y ventanas como días tiene el año. Nadie parece haberlas contado de verdad, pero cuando uno se queda mirando entiende de dónde sale la idea. El patio interior —columnas de piedra, escalera en espiral— conserva ese aire de casa grande venida a menos. El edificio está protegido desde finales del siglo XX, lo que ha evitado reformas agresivas.
El Cristo que se va de romería
A unos quince kilómetros del pueblo, en plena llanura, está la Ermita del Cristo del Valle. Se llega por una pista de tierra que atraviesa campos de cereal; conviene ir despacio porque en época de lluvias aparecen baches y polvo suelto.
La ermita es blanca, sencilla, con teja curva. Dentro se guarda un Cristo pintado directamente sobre el muro. La tradición local cuenta que lo hicieron dos peregrinos a finales del siglo XVII mezclando pigmentos con lo que tenían a mano. Es una de esas historias que el pueblo repite aunque nadie sepa muy bien cuánto hay de cierto.
Dos veces al año la gente de Tembleque va hasta allí en romería, normalmente un domingo de primavera y otro a comienzos de septiembre según marque el calendario local. Se llega a pie, en coche o en tractor. Alrededor de la ermita se improvisan mesas bajo los olivos y el día se alarga entre comida, vino y canciones.
En mayo el campo suele estar verde y el aire trae olor a romero y tomillo. En septiembre todo cambia: rastrojos, polvo y esa luz más dura del final del verano. Si quieres acercarte esos días, llega pronto; la pista se llena y luego cuesta encontrar sitio para dejar el coche.
Los molinos del cerro
Subir al cerro de Tembleque lleva unos veinte minutos caminando desde el pueblo. El sendero es sencillo pero no tiene mucha sombra, así que en verano conviene hacerlo temprano o al atardecer.
Arriba quedan varios molinos de viento. Son del mismo tipo que los de Consuegra, aunque aquí el cerro suele estar mucho más tranquilo. El viento mueve la hierba seca y apenas se oye otra cosa. Desde allí se ve el perfil entero del pueblo y el mosaico de campos que lo rodea.
Algunos relacionan estos molinos con los paisajes que Cervantes tenía en mente cuando escribió sobre La Mancha. No hay una referencia clara al lugar, pero basta mirar el horizonte para entender por qué la imagen del molino se quedó tan ligada a esta tierra.
Muchos de los molinos están deteriorados. Se pueden observar de cerca, aunque conviene hacerlo con cuidado y sin intentar entrar si están cerrados o señalizados. La madera vieja y la piedra se desmoronan con facilidad.
Lo que se come cuando no hay prisa
La cocina local es la que manda en buena parte de La Mancha. En los bares del pueblo, a ciertas horas, aparecen platos contundentes. El gazpacho manchego aquí no tiene nada que ver con el andaluz: es un guiso caliente con torta de pan ácimo, carne de caza y, según temporada, setas. Se sirve en plato hondo y llena rápido.
El pisto manchego llega casi siempre con huevo frito encima. Huele a pimiento y a tomate muy reducido, de esos que se quedan oscuros después de horas al fuego. Y en las pastelerías tradicionales todavía se ven dulces de almendra: mazapanes, yemas y piezas pequeñas bañadas en almíbar.
Por la tarde, cuando baja el calor, la plaza vuelve a llenarse de vida. Las sillas salen a la puerta de casa o bajo los soportales. Los niños corren detrás de una pelota y los mayores se quedan con los cubiletes y la baraja. Al caer la noche las luces amarillas cambian el color de la piedra: primero dorada, luego casi gris.
Cuándo ir: mayo y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables. El campo está vivo y las temperaturas permiten caminar sin prisa. En pleno agosto el calor aprieta fuerte al mediodía y los fines de semana la plaza recibe bastante más movimiento de lo habitual. Ir temprano por la mañana cambia mucho la experiencia.