Artículo completo
sobre Tomelloso
Capital del vino manchego con miles de cuevas-bodega subterráneas; ciudad moderna con gran actividad cultural y pictórica (Antonio López)
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay algo que no suele salir en las guías de turismo de Tomelloso: aquí parece haber más coches que personas. Sales a la calle y da la sensación de que todo el mundo tiene uno… o dos. Pero luego bajas por la carretera de las cuevas y el ruido desaparece. Se quedan las vides, los campos llanos de La Mancha y unos montículos de tierra que, al principio, parecen simples bultos. En realidad son las entradas a otra ciudad: la que está bajo tierra, donde durante siglos se ha guardado el vino.
El pueblo que creció donde no debía
Tomelloso nació en mitad de la nada. Literalmente. Eran quinterías dispersas en un paraje que llamaban El Tomillar, en plena llanura manchega. Algo así como cuando en el instituto juntabas mesas en un rincón del aula y, sin darte cuenta, acababa saliendo un pequeño territorio propio.
Con el tiempo aquello fue creciendo hasta convertirse en una ciudad bastante grande para estar donde está: a más de seiscientos metros de altitud y rodeada de viñas por todos lados.
Uno de los edificios que te sitúan rápido en la historia del pueblo es la Posada de los Portales. Está en la plaza, con sus arcos de ladrillo y balcones de hierro. La ves y entiendes enseguida que por allí pasaron arrieros, comerciantes y gente que hacía noche camino de otros sitios. Hoy el ambiente es más tranquilo, pero el edificio sigue teniendo ese aire de lugar donde siempre ha pasado algo.
Las cuevas que no son cuevas
Si hay algo que define de verdad el turismo en Tomelloso son las cuevas. Y no, no son cuevas naturales. Son bodegas excavadas bajo las casas.
Durante generaciones, los vecinos fueron cavando en la arcilla para guardar el vino a una temperatura estable. El resultado es una red enorme de galerías subterráneas repartidas por todo el pueblo. Caminas por algunas calles y ves en el suelo rejillas o respiraderos: son las lumbreras, que sirven para ventilar esas bodegas.
Cuando bajas a una de ellas se nota enseguida el cambio de ambiente. Hace más fresco, huele a madera, a vino, a humedad. Ese tipo de olor que te recuerda que aquí el vino no es un reclamo turístico reciente, sino parte de la vida diaria desde hace mucho tiempo.
Donde el queso no se explica, se come
En Tomelloso el queso manchego no viene con discurso. Aparece en la mesa y ya está. Algo parecido pasa con el gazpacho manchego, que poco tiene que ver con el andaluz: aquí es un guiso caliente con carne y torta cenceña que se come despacio.
Y luego están las migas ruleras. Si nunca las has visto preparar, tienen su misterio: pan del día anterior, aceite, ajos… y alguien removiendo la sartén con paciencia. Mucha paciencia.
Lo bueno es que la comida aquí mantiene ese punto de normalidad. Nadie la presenta como si fuera una obra de arte. Es más bien lo contrario: platos contundentes, de los que se han comido siempre en casa.
Un museo que cambia el ritmo del día
El Museo Antonio López Torres suele sorprender. Sobre todo si entras sin esperar gran cosa.
Las salas están llenas de paisajes de La Mancha pintados con una calma que se parece mucho a la del propio territorio. Campos abiertos, calles del pueblo, escenas cotidianas. Sales con la sensación de haber entendido un poco mejor la luz de esta zona.
Además ayuda a poner en contexto algo curioso: de Tomelloso han salido varios artistas conocidos. Antonio López García es el nombre que más suena, pero el museo dedicado a su tío Antonio López Torres ayuda a entender de dónde viene esa mirada tan manchega sobre el paisaje.
Cuándo venir a Tomelloso
El verano aquí pega fuerte. No es una forma de hablar: el calor de La Mancha cae sin demasiados árboles alrededor que lo suavicen. Si vienes en julio o agosto, lo notarás.
Muchos prefieren el comienzo del otoño, cuando la vendimia está en marcha o acaba de terminar. El ambiente cambia: hay movimiento en el campo, el pueblo está animado y el calor afloja un poco.
Un plan bastante habitual es pasar la mañana por Tomelloso —cuevas, paseo por el centro, algo de comer— y luego acercarse a las Lagunas de Ruidera, que quedan a una distancia razonable en coche.
Tomelloso no juega a impresionar con monumentos. Va por otro lado. Es más bien ese tipo de sitio donde acabas escuchando historias sobre vino, cosechas y familia mientras alguien corta queso y saca otra botella. Y cuando te das cuenta, se te ha ido media tarde hablando. Aquí eso pasa bastante.