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sobre Villafranca de los Caballeros
Destaca por sus lagunas (Reserva de la Biosfera) y turismo de verano
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El turismo en Villafranca de los Caballeros empieza de una forma bastante sencilla: te das cuenta de que el pueblo se despierta con las campanas. No miré el reloj, pero debían de ser temprano porque aún quedaba ese silencio de mañana de pueblo, cuando solo se oye alguna persiana y un coche que arranca. Yo había llegado la noche anterior, después de cruzar kilómetros de campo manchego que parecen todos iguales hasta que, de pronto, aparece el pueblo. Casas blancas, muchas con el ribete azul típico de por aquí. Ese color no es un capricho: es cal viva, de la que protege la fachada del sol y aguanta años sin pedir demasiadas explicaciones.
Villafranca de los Caballeros no es un sitio de “ver tres monumentos y tachar la lista”. Aquí la cosa va más de entender cómo se vive en mitad de la Mancha. Se nota en cuanto aparcas: olor a pan de alguna tahona, tierra removida de los campos y ese tipo de miradas curiosas que te echan rápido el escáner para ver si vienes con prisas o con ganas de estar. Al tercer paseo por la plaza alguien ya me soltó un “¿de dónde vienes?” que sonaba más a conversación que a control de fronteras.
Las lagunas, que aquí nadie llama lago
A unos tres kilómetros del pueblo están las lagunas. Y lo curioso es que no las ves hasta que prácticamente estás encima. La Grande, la Chica y la Sal aparecen de golpe, como si alguien hubiera dejado caer tres espejos en mitad de la llanura.
Hice el recorrido que rodea la zona a primera hora, cuando todavía no sopla ese viento seco que levanta polvo en la Mancha. Se oyen sobre todo pájaros y agua moviéndose entre los carrizos. Y luego estás tú intentando sacar fotos decentes a los flamencos y descubriendo que en cámara salen como manchas rosas con patas.
Un detalle práctico: aquí el sol pega aunque el día esté medio tapado. Agua, gorra y crema solar. Y otra cosa que aprendí rápido: no le llames lago a la laguna Grande. Los vecinos te miran como si acabases de decir que el gazpacho manchego se bebe en vaso.
Comer fuerte y aceptar que luego viene la siesta
El gazpacho manchego no tiene nada que ver con el andaluz. Aquí llega en plato, caliente, con torta de pan troceada y carne de caza o de corral. Es comida de campo, de la que te deja el cuerpo funcionando en modo ahorro de energía.
Una mujer del pueblo me lo explicó bastante claro mientras hablábamos en la plaza: “esto lo comes cuando has estado toda la mañana trabajando”. Y tiene sentido. Es contundente. De esos platos que te hacen entender por qué en muchos pueblos la siesta sigue siendo una institución.
En las fiestas del Cristo de Santa Ana —que suelen celebrarse a finales de verano— el ambiente cambia bastante. Hay más movimiento en las calles y es habitual ver mesas improvisadas en las puertas de las casas con comida que va circulando entre vecinos y familiares. No es algo pensado para turistas; es más bien la forma tradicional de celebrar juntos.
Restos de un aeródromo olvidado
En el término municipal, hacia la zona de monte bajo, quedan restos de lo que fue un aeródromo durante la Guerra Civil. No es un sitio espectacular ni está preparado como parque histórico al uso. De hecho, si no sabes lo que estás mirando, algunos muretes y zanjas pasan por simples ruinas en mitad del campo.
Pero cuando alguien del pueblo te explica qué era cada cosa —los refugios excavados, las zonas donde estaban los hangares— la historia cambia de dimensión. Hace años algunos vecinos colocaron paneles para explicar el lugar y mantener la memoria de lo que ocurrió allí.
La ruta es corta y bastante abierta al viento. En días de aire parece que el paisaje entero se mueve.
Un pueblo al que llegas porque quieres
Villafranca de los Caballeros no está en medio de una gran autovía. Llegas por carreteras comarcales, con tramos largos de recta entre campos de cereal y viñedo. Es el típico trayecto en el que parece que no va a aparecer nada… hasta que aparece.
Mucha gente para un rato, da una vuelta rápida y sigue camino. Pero este es de esos sitios que cambian cuando te quedas un poco más. Cuando te sientas en la plaza al final de la tarde, empiezan a salir las sillas a la puerta y las conversaciones van saltando de un grupo a otro como si fuese una radio local sin presentador.
Si vas a caminar por las lagunas, mejor con calzado cerrado: la vegetación a veces crece bastante y hay tramos de sendero algo salvajes. Y si alguien te invita a un café mientras charláis un rato, acepta. El café puede ser normalito. La conversación, en cambio, suele ser de las que no salen en las guías.
Villafranca no juega la liga de los pueblos monumentales. Pero tiene algo que se entiende rápido cuando pasas unas horas allí: la sensación de comunidad. En mitad de una llanura enorme, eso pesa más que cualquier fachada bonita.