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sobre Villalgordo del Marquesado
Pequeña localidad agrícola; conserva la tranquilidad de la Mancha Alta
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Hay pueblos que visitas con una lista de cosas que ver. Y luego están los otros. El turismo en Villalgordo del Marquesado encaja más en el segundo grupo: llegas, aparcas donde puedes, das dos vueltas andando y te das cuenta de que aquí el plan no es “hacer cosas”, sino bajar un poco el ritmo.
Villalgordo del Marquesado, en la provincia de Cuenca, ronda la sesentena de habitantes. Es el típico sitio donde a media mañana el sonido más constante puede ser una puerta que se cierra o un coche que pasa cada bastante rato. Si vienes buscando monumentos grandes o calles llenas de tiendas, ya te aviso: no es eso.
Un pueblo pequeño que se recorre en un paseo
El casco urbano se entiende rápido. Calles cortas, casas encaladas, portones de madera gruesa y patios que quedan escondidos detrás de muros altos. Todo bastante sobrio, muy de la Mancha interior.
La plaza y las calles principales se recorren en poco tiempo, pero merece la pena ir despacio. Es de esos pueblos donde los detalles cuentan más que el conjunto: una reja antigua, un banco a la sombra, alguna fachada que parece no haber cambiado en décadas.
La iglesia parroquial dedicada a San Pedro es el edificio más reconocible. No es una iglesia monumental, más bien lo contrario: muros sencillos, espadaña austera y ese aire práctico que tienen muchas iglesias de pueblos pequeños. Forma parte del paisaje sin intentar llamar demasiado la atención.
Lo que rodea al pueblo: campo abierto
En cuanto sales del núcleo urbano empiezan los campos. Cereal, alguna encina dispersa y caminos agrícolas que se pierden hacia el horizonte. No es un paisaje espectacular en el sentido de postal, pero tiene algo que engancha si te paras un rato.
Sabes cuando miras alrededor y todo parece bastante igual… hasta que te das cuenta de que la luz va cambiando el terreno. Al atardecer, por ejemplo, los surcos del campo marcan sombras largas y el paisaje gana profundidad.
Si te gusta caminar sin complicaciones, hay bastantes caminos rurales por la zona. Son pistas agrícolas más que rutas señalizadas: terreno fácil, casi siempre llano, con tomillo, romero y otros arbustos bajos que se dejan notar cuando aprieta el calor.
Silencio, cielo abierto y algo de fauna
La falta de tráfico y de construcciones grandes hace que el entorno sea bastante tranquilo. Con un poco de paciencia es fácil ver aves sobrevolando los campos abiertos, sobre todo rapaces que aprovechan las corrientes de aire. También aparecen pájaros pequeños entre las encinas y los ribazos.
No es un destino de observación de aves como tal, pero si llevas prismáticos en el coche —yo los llevo casi siempre— aquí tienen sentido.
Comer y organizar la visita
Villalgordo del Marquesado es muy pequeño y no cuenta con bares ni restaurantes. Lo más práctico es venir ya con algo comprado de antes o acercarse a comer a algún pueblo de la zona más grande.
Si te gusta el recetario manchego, por los alrededores es fácil encontrar platos tradicionales de los de toda la vida: migas, gachas, gazpacho manchego o queso curado de la zona. Cocina contundente, de campo, de la que pide pan al lado.
Para dormir pasa algo parecido: lo habitual es alojarse en localidades cercanas y usar Villalgordo como parada dentro de una ruta por la comarca.
Fiestas y vida en un pueblo muy pequeño
Las fiestas patronales suelen celebrarse en verano, cuando regresan muchos vecinos que viven fuera durante el resto del año. En esos días el pueblo cambia bastante: hay más movimiento, comidas compartidas y procesiones por las calles.
Pero fuera de esas fechas, la vida aquí va muy tranquila. Y esa tranquilidad, para bien o para mal, es parte del carácter del lugar.
¿Merece la pena acercarse?
Villalgordo del Marquesado no es un destino al que vengas expresamente desde lejos. Yo lo veo más como una parada breve si estás recorriendo esta parte de Cuenca.
Llegas, paseas un rato, te asomas a los caminos que salen del pueblo y te haces una idea bastante clara de cómo es la vida en muchos pueblos pequeños de la Mancha. A veces eso ya es suficiente. Y, de hecho, ese suele ser el recuerdo que se queda.