Artículo completo
sobre Villamayor de Santiago
Villa de la Orden de Santiago con plaza de toros histórica y quesos famosos
Ocultar artículo Leer artículo completo
Te juro que no es coña: la primera vez que pasé por Villamayor de Santiago iba tan perdido que acabé en la puerta del ayuntamiento preguntando por una gasolinera que, según el GPS, estaba a «200 m». El hombre que me atendió se rió y me dijo algo así como: «Ese GPS bebe». Luego me ofreció un café y empezamos a hablar del pueblo. Yo iba de paso y me quedé tres horas. Y volví al mes siguiente. Porque el turismo en Villamayor de Santiago no va de grandes monumentos ni de listas interminables de cosas que hacer. Es más bien como encontrar un pañuelo viejo en el bolsillo del abrigo: algo sencillo que aparece justo cuando te apetece parar un rato.
La cruz que lo fundó todo
En el escudo del pueblo aparece la cruz de la Orden de Santiago, la misma que se ve tallada en la portada de la iglesia de la Asunción. Esa cruz con forma de espada recuerda que esta zona estuvo vinculada a la orden militar durante siglos.
La iglesia parece uno de esos edificios a los que cada época les ha ido dejando su capa. Tiene base gótica, añadidos renacentistas y un interior barroco bastante cargado. Si te gustan los templos que cuentan la historia por partes, aquí tienes uno claro.
Un detalle curioso es subir al coro si está abierto. Desde ahí arriba se ve cómo el casco antiguo gira alrededor de la torre. Y hay una calle —la de las Monjas— que serpentea tanto que da la sensación de que alguien la dibujó sin levantar el lápiz del papel.
El palacio donde dormían los comendadores
A dos pasos está el antiguo Palacio de los Comendadores, hoy dividido en viviendas. Desde fuera todavía conserva ese aire de edificio serio, de los que se levantaban cuando aquí se gestionaban tierras, diezmos y cosechas de cereal.
Justo enfrente está el edificio de la Tercia. En tiempos servía para guardar parte del grano que se recaudaba como impuesto. Hoy el uso es mucho más cotidiano: comercios de barrio, algún bar, vida normal de pueblo.
Es una de esas esquinas donde te das cuenta de cómo funcionan muchos pueblos manchegos: historia bastante antigua por fuera, rutina diaria por dentro.
Magaceda y la romería que mueve medio pueblo
Si preguntas por la Virgen de Magaceda, verás que la conversación cambia de tono. La romería suele celebrarse hacia finales de mayo y durante esos días el pueblo se anima bastante.
La ermita está a unos pocos kilómetros y mucha gente hace el camino andando. No es una ruta complicada, pero tiene ese perfil típico de la Mancha: sube un poco, baja otro poco, atraviesa campo abierto y acaba entre pinos y olor a monte bajo.
La jornada suele mezclarse entre lo religioso y lo festivo: misa, comidas al aire libre, guitarras que aparecen de la nada y corrillos que duran hasta que cae la tarde. Cada familia lleva lo suyo: sillas plegables, neveras, pan de pueblo, lo que toque ese año.
El molino que explica cómo se vivía aquí
A las afueras está el llamado Molino del Labrador, un antiguo molino harinero reconvertido en pequeño espacio etnográfico.
Dentro se conservan piezas de maquinaria y herramientas que ayudan a entender cómo funcionaba todo el proceso de moler grano. No es un museo enorme ni lleno de pantallas; más bien es uno de esos sitios donde alguien te explica cómo se hacía el trabajo y, de repente, todo cobra sentido.
Sales de allí con la sensación de haber entendido un poco mejor de qué vivía esta parte de La Mancha antes de que llegaran las fábricas modernas.
Qué hacer en una visita tranquila
Villamayor de Santiago no es un sitio de agenda llena. Se recorre sin prisa.
Mi forma de verlo sería algo así: llegar a media mañana, dar una vuelta por el centro, entrar en la iglesia si está abierta y perder un rato por las calles más antiguas. Luego comer en alguno de los bares del pueblo y alargar la sobremesa, que aquí suele ser larga.
Si te apetece caminar, acercarte hasta el entorno de la ermita de Magaceda o salir por los caminos agrícolas que rodean el municipio ayuda a entender el paisaje: campos amplios, cereal, horizonte limpio.
Y cuando cae la tarde pasa algo bastante simple: el pueblo baja el ritmo todavía más. La gente sale a la plaza, se habla de cualquier cosa y el sonido más constante suele ser el de las campanas.
No hay grandes atracciones ni planes espectaculares. Pero a veces eso es justo lo que hace que te quedes más rato del que pensabas.