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sobre Villarejo de Fuentes
Pueblo con rico patrimonio religioso y quesos artesanos; historia ligada a fuentes
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Para llegar, lo más práctico es dejar el coche en la plaza mayor. La calle principal, Calle Mayor, lleva directamente a la iglesia y las pocas calles que rodean el centro son de casas de adobe y encaladas. No hay mucho espacio para aparcar en verano si no madrugas o buscas un sitio alejado. Lo mejor es dejarlo arriba y bajar puede ser un buen ejercicio.
Villarejo de Fuentes está a unos 15 kilómetros al oeste de Cuenca, en medio de una llanura cerealista que no oculta que sea un pueblo pequeño. Tiene unos 390 habitantes y su estructura responde a esas construcciones tradicionales: viviendas sencillas con portones robustos y cercas blancas. La Iglesia de la Asunción, del siglo XVI, domina la plaza principal; su torre es visible desde varias millas a la redonda. La fachada combina piedra y ladrillo, con una portada sencilla pero bien conservada.
El casco urbano tiene pocas calles, pero merece pasearse por ellas con atención a los detalles: algunos portones con rejas antiguas o escudos en las paredes reflejan el pasado agrícola del sitio. Varias casas mantienen bodegas subterráneas hechas con tapial; estas cuevas se usaban para conservar vinos durante siglos aunque hoy pocos las visitan en realidad.
Alrededor del pueblo se extienden campos de cereal que cambian según la estación. En verano están dorados; en primavera muestran verde intenso; y en invierno cubren todo con tonos ocres y grises. No hay grandes curvas ni pendientes pronunciadas aquí: solo planicie repartida entre trigo, cebada o girasol según temporada. La luz suele ser clara y horizontal durante muchas horas.
Para salir del pueblo hay caminos rurales que conectan con sendas más largas hacia otros pueblos como Polán o Pinarejo, típicos por sus tierras de labranza y explotación ganadera. Aunque carecen de señalización específica para senderismo extenso, permiten rastrear el paisaje sin sobresaltos si uno va equipado con GPS offline.
La gastronomía local cuenta con platos sencillos hechos con productos propios: cordero al horno –que suele cocinarse en hornos tradicionales– carnes estofadas y quesos manchegos como los frescos o curados producidos cerca por pequeñas queserías familiares. El queso puro e insípido no existe aquí: cada quesero tiene su receta propia que pasa entre generaciones.
A poca distancia hay pequeñas explotaciones vitivinícolas donde aún trabajan métodos artesanales para elaborar vino tinto y rosado usando cepas autóctonas antiguas como Malvar o Airén. Muchas bodegas ofrecen visitas si contactas antes; solo así se entiende qué significa hacer vino sin maquinaria moderna.
Los pájaros también acompañan este escenario rural: huboardas, sisones —tanto los machos como las hembras— sobrevolando los campos abiertos o posados en los cercanos abedules cuando sopla el viento fuerte propio del interior manchego. Para observarlos bien hacen falta prismáticos ya que suelen estar lejos pero se pueden distinguir tomándose su tiempo.
Las rutas para senderismo discurren por caminos anchos diseñados principalmente para tractores agrícolas más que caminantes avanzados: conviene preparado con mapas offline si planeas alejarte del núcleo principal porque no hay muchas señalizaciones ni paneles informativos relevantes aquí abajo.
En relación a eventos, Villarejo mantiene tradiciones tan básicas como sus fiestas patronales en agosto dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción; días donde arreglan altavoces viejos entre música popular local y procesiones cortas —sin estatuas significativas— acompañando pequeños bailes vespertinos delante del ayuntamiento u otras plazas menores cercanas.
El calendario también incluye Semana Santa (venerada desde hace décadas), cuando varias cofradías recorren calles simples sin pasos complicados ni figuras importadas pero respetando costumbres ancestrales vinculadas a quienes habitaban esta parte entonces agrícola de Castilla-La Mancha.
Para terminar: villarejano es un pueblo donde la actividad profesional gira todavía alrededor del campo —cultivo extensivo tradicional— acompañado ahora por algunas bodegas familiares pequeñas que venden directamente al público durante ciertas épocas específicas del año (sobre todo otoño e invierno). La visita ofrece más datos históricos —como las crónicas relacionadas con Dña Isabel Garcés o don Juan López relacionados con temas agrícolas— que circuitos turísticos inventados para captar turistas superficiales. Aquí van directo a lo importante: tierra dura si quieres entender cómo trabaja real esa gente desde hace generaciones.