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sobre Villarta de San Juan
Conocida por sus fiestas de Las Paces declaradas de interés turístico; situada junto al río Gigüela con un puente romano
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Hay un momento, justo cuando el coche se acerca al puente romano, en que piensas que tu GPS se ha vuelto un poco creativo. ¿Cómo va a haber un puente larguísimo en medio de La Mancha? Pero ahí está. El de Villarta de San Juan cruza el Gigüela con una fila interminable de arcos y te coloca, sin previo aviso, en uno de los lugares más curiosos del turismo en Villarta de San Juan.
El puente que lo cambió todo
No es que Villarta sea especialmente bonita en el sentido de postal. Si vienes buscando balcones de madera y calles empedradas, el primer paseo te va a bajar un poco las expectativas: muchas casas bajas, fachadas claras, calles bastante rectas. Un pueblo manchego de los que funcionan más por dentro que por fuera.
Pero luego está el puente.
Tiene decenas de arcos y una longitud que sorprende cuando lo ves por primera vez. Cruza el río Gigüela, que la mayor parte del año parece tranquilo, casi discreto. Aun así, el puente está ahí desde hace siglos, recordando que este paso fue importante mucho antes de que existieran las carreteras actuales.
Lo mejor es que no está aislado como una pieza de museo. Se puede cruzar caminando y suele haber vecinos paseando por la tarde. Ese momento en que el sol baja y el puente se llena de gente charlando es cuando entiendes que aquí no es solo un monumento: es parte de la vida diaria.
El queso del que todo el mundo acaba hablando
Otra cosa que sale rápido en cualquier conversación en Villarta es el queso. Aquí elaboran un queso artesano que muchos en el pueblo llaman “Puente Viejo”, hecho con leche de oveja y con ese sabor potente que en La Mancha se reconoce al primer bocado.
No es raro que aparezca en una barra de bar acompañado de vino de la tierra. Si preguntas en la plaza o a cualquier vecino, alguien acabará diciéndote dónde conseguir un trozo. Es el tipo de producto que circula mucho por recomendaciones y menos por carteles.
Un plan muy sencillo —y muy manchego— es comprar un trozo, algo de pan y acercarte a las afueras del pueblo, donde el campo empieza casi sin darte cuenta. No hace falta mucho más.
La iglesia y la tradición de las Paces
En el centro del pueblo está la iglesia de Nuestra Señora de la Paz. Es el templo principal hoy en día, aunque no es el edificio religioso más antiguo de Villarta. Ese papel lo tiene la antigua iglesia de Santa María, cuyos restos todavía llaman la atención cuando te cuentan su historia.
Aquí se guarda el llamado pendón de las Paces. Cada año, a finales de mayo, los vecinos lo sacan en procesión. La tradición recuerda antiguos acuerdos entre pueblos de la zona, cuando los conflictos por tierras, ganado o agua eran bastante más serios de lo que hoy nos parece.
Vista desde fuera, la procesión tiene algo de escena detenida en el tiempo: la banda, la gente acompañando al estandarte y muchos vecinos que aprovechan para verse y comentar cómo va el año. Más que un espectáculo, es un ritual del propio pueblo.
Caminos de campo hacia Herencia
Si te apetece estirar las piernas, desde Villarta salen varios caminos agrícolas que se meten en la llanura manchega. Uno de los más habituales va en dirección a Herencia.
El paisaje aquí no juega a impresionar. Son campos abiertos, parcelas de cultivo, algún olivar y horizontes largos. Pero tiene algo muy reconocible: silencio. De ese que hace que escuches un tractor a lo lejos durante varios minutos antes de verlo.
Caminar un rato por estos caminos ayuda a entender el territorio. La Mancha no entra por los ojos de golpe; se va entendiendo poco a poco, con el viento, la luz y ese ritmo pausado del campo.
Consejo práctico: si vienes a caminar, primavera y otoño suelen ser las épocas más agradecidas. En verano el sol cae sin muchas sombras que lo frenen.
Cómo plantear la visita
Villarta de San Juan no es un lugar para llenar un fin de semana entero. Lo normal es dedicarle unas horas tranquilas.
Cruzar el puente con calma, dar una vuelta por el centro, sentarte a tomar algo y, si te apetece, acercarte un poco al campo que rodea el pueblo. Con eso ya te haces una idea bastante clara.
Aquí no hay tiendas de recuerdos ni autobuses descargando grupos cada media hora. Es un pueblo de algo más de 2.600 habitantes que sigue con su ritmo normal mientras tú pasas por allí.
Mi consejo: ven sin grandes expectativas. Pasea el puente, prueba el queso si tienes ocasión y quédate un rato mirando cómo transcurre la tarde. A veces La Mancha funciona así: cuanto menos espectáculo esperas, más fácil es entender lo que tiene.