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sobre Villaverde y Pasaconsol
Pueblo agrícola con nombre curioso; iglesia barroca y tradiciones
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Recuerdo llegar a Villaverde y Pasaconsol una tarde de marzo, después de varios kilómetros de carreteras tranquilas por esta parte de Cuenca. Fue una de esas llegadas en las que apagas el coche y lo primero que notas es el silencio. No un silencio incómodo, sino el de los pueblos donde casi todo lo que pasa ocurre despacio: una puerta que se abre, algún perro a lo lejos, el viento moviendo algo en el campo. Enseguida te das cuenta de que aquí el reloj va a otro ritmo.
Villaverde y Pasaconsol son dos núcleos pequeños que comparten historia y carácter. Las casas mantienen bastante de la forma en que se levantaban hace décadas: muros de tapial, teja roja y estructuras pensadas más para aguantar el clima que para lucirse. En invierno el frío aprieta por esta zona, y en verano el calor manchego tampoco se queda corto, así que la arquitectura aquí siempre ha sido bastante práctica.
Alrededor se extienden campos de cereal que, según la época, cambian mucho el paisaje. En primavera aparecen esos verdes intensos que duran lo justo; en verano todo se vuelve más seco y dorado. Es el tipo de cambio que notas incluso si vuelves pocos meses después.
El pequeño núcleo del pueblo
En Villaverde, la iglesia parroquial dedicada a la Asunción ocupa el centro del pueblo. Es sencilla, de mampostería, con un campanario que no busca llamar la atención desde lejos. Alrededor se agrupan las calles principales, con casas encaladas y algunos balcones de madera que todavía recuerdan cómo eran antes de las reformas.
Pasear por aquí no tiene mucho misterio: en media hora has recorrido casi todo. Pero precisamente ahí está la gracia. Es uno de esos pueblos donde caminar sin rumbo tiene más sentido que ir tachando lugares en un mapa.
El paisaje alrededor
Si algo marca la visita es el entorno. Los campos y los pequeños montes cercanos —con encinas y algunas sabinas— forman un paisaje bastante abierto. En días claros se ve lejos, y a veces aparecen rapaces planeando sobre los páramos. No hace falta ser experto en aves para darse cuenta de que hay movimiento arriba.
No esperes rutas con paneles explicativos ni miradores preparados. Lo que hay son caminos agrícolas de toda la vida. Algunos los usan los vecinos para ir al campo; otros sirven para dar un paseo largo o salir con la bici. Si te gusta caminar sin demasiada señalización, aquí hay terreno para rato.
En otoño también hay quien sale a buscar setas por los alrededores, aunque eso ya es otro mundo: conviene saber bien lo que se recoge.
Comer como se ha hecho siempre en la zona
La cocina que se mueve por estos pueblos sigue bastante ligada al campo. Platos como el gazpacho manchego o las gachas siguen apareciendo en reuniones familiares y fiestas. Son recetas contundentes, de las que tienen sentido después de una mañana trabajando fuera o dando vueltas por el campo.
También es habitual encontrar miel de la zona, algo bastante lógico si miras el paisaje alrededor.
Cielos muy oscuros
Por la noche pasa algo curioso si vienes de ciudad: miras hacia arriba y ves muchas más estrellas de lo habitual. La falta de iluminación fuerte alrededor hace que el cielo se vea bastante limpio, sobre todo en invierno o en noches muy claras.
No es que el pueblo tenga observatorios ni nada parecido, pero basta con alejarse un poco de las casas para notar la diferencia.
Fiestas y momentos en los que hay más vida
Las fiestas principales suelen celebrarse en agosto, cuando muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días. El ambiente cambia bastante: música, comidas compartidas y bastante movimiento en comparación con el resto del año.
En Semana Santa también suele haber procesiones sencillas, de esas donde casi todo el pueblo participa de una manera u otra.
Cuándo acercarse
Si vas a pasar unas horas por la zona, primavera y comienzos de otoño suelen ser momentos agradables para caminar por los caminos de alrededor. En pleno verano el sol cae fuerte a ciertas horas, y en invierno el frío se deja notar, aunque también tiene su punto si te gustan los paisajes tranquilos.
Villaverde y Pasaconsol no son un sitio al que vengas a tachar monumentos. Es más bien un alto en el camino para entender cómo se vive en muchos pueblos pequeños de La Mancha: despacio, mirando mucho al campo y sin demasiadas prisas. Si llegas con esa idea, encaja bastante bien.