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sobre Puebla de Almoradiel (La)
Importante centro vitivinícola en La Mancha; paisaje de viñedos infinitos
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Las espigas del trigo rozan las rodillas antes de que el sol asome del todo. A primera hora, cuando el aire todavía guarda algo de frío, La Puebla de Almoradiel huele a pan y a tierra húmeda. El campo empieza prácticamente donde termina la acera. Un gato cruza la carretera de Quintanar con esa calma de los pueblos donde casi todos los coches se conocen.
Desde el cerro de San Cristóbal el pueblo se ve entero. Tejados de teja rojiza, la torre de la iglesia sobresaliendo por encima de las casas bajas y, más allá, las naves agrícolas que recuerdan que aquí el trabajo sigue ligado al campo. A unos setecientos metros de altitud, el paisaje se abre en parcelas rectas donde el verde del cereal se mezcla con la tierra ocre que descansa entre campañas. En días claros el horizonte es una línea limpia y las nubes parecen quedarse suspendidas, sin prisa.
La iglesia y las cosas que permanecen
En el interior de la iglesia de Santa María la Mayor el olor cambia: cera, piedra fría, madera vieja. La luz entra con timidez por las ventanas altas y deja ver retablos dorados que han pasado por muchas manos y muchas épocas.
La imagen de la Virgen de Palomares, muy vinculada al pueblo, suele mencionarse en una historia repetida aquí desde hace generaciones: la de un labrador que la habría encontrado mientras trabajaba el campo. Sea leyenda o recuerdo deformado por el tiempo, la devoción sigue viva y la iglesia continúa siendo un punto de encuentro cuando hay celebraciones o días señalados.
Fuera, la vida cotidiana gira más alrededor de las casas y de las cocinas. Los guisos largos todavía aparecen en muchas mesas los fines de semana. El cordero preparado con un punto dulce —a veces con miel— suele salir cuando hay reunión familiar. Y el vino de la zona, servido sin demasiadas ceremonias, acompaña conversaciones que acaban derivando en cosechas, parientes y recuerdos.
Fiestas que cambian el ritmo del pueblo
Cuando llegan las fiestas del Santísimo Cristo de la Salud, a finales del verano, el ambiente del pueblo se transforma. Las calles se llenan más de lo habitual, los balcones se decoran y las bandas recorren el centro mientras la gente se saluda de una acera a otra.
Algo parecido ocurre en primavera con las romerías. La Virgen de Palomares se traslada hasta su ermita entre caminos donde se mezclan el olor del romero pisado y el polvo fino de la llanura. También San Isidro, muy ligado al mundo agrícola, sigue reuniendo a vecinos que llevan flores o pequeños ramos del campo.
No es una celebración pensada hacia fuera. Más bien es el momento en que el pueblo se mira a sí mismo y vuelve a juntarse.
Caminos hacia el Cigüela
Al sur del término municipal el terreno desciende suavemente hacia el río Cigüela. Los senderos que llegan hasta allí atraviesan zonas de cultivo y pequeños tramos con chopos y vegetación de ribera. Cuando el río lleva agua, el sonido corre bajo entre juncos y carrizos; en veranos secos queda reducido a tramos dispersos donde aún se mueven ranas y algún cangrejo.
Cerca del cauce quedan restos de antiguos molinos, apenas muros de piedra que recuerdan cuando el agua marcaba el ritmo de la molienda y de buena parte de la vida del entorno.
El antiguo trazado del ferrocarril que cruzaba esta parte de La Mancha se ha convertido con el tiempo en un camino largo y recto que muchos recorren en bicicleta o andando. Atraviesa campos abiertos y pasa por un puente metálico desde el que se ve el pueblo a cierta distancia, con la torre sobresaliendo entre los tejados.
Si vas a recorrerlo, mejor hacerlo en primavera o a primera hora del día en verano. En las horas centrales el sol cae sin sombras donde refugiarse.
Noches abiertas de cielo
Cuando anochece en esta parte de La Mancha, la oscuridad llega de verdad. Fuera del casco urbano apenas hay luces y el cielo aparece lleno de estrellas. En los alrededores hay instalaciones dedicadas a la observación astronómica, pero muchas noches basta con apartarse un poco de las farolas y mirar hacia arriba.
En invierno son habituales las nieblas de la mañana. El pueblo amanece envuelto en una capa blanca que tarda en levantarse y deja las calles en silencio durante un rato. Luego vuelven los sonidos de siempre: puertas de garaje, conversaciones en la calle, tractores saliendo hacia el campo.
Si vienes a La Puebla de Almoradiel, la primavera suele ser el momento más agradecido. Entre abril y mayo el trigo está alto y verde y las amapolas aparecen en los bordes de las carreteras. Agosto, en cambio, aprieta con fuerza: el calor se acumula en el asfalto y las horas centrales del día invitan más a resguardarse que a caminar.
Al atardecer, cuando el sol cae detrás de los campos y el aire empieza a moverse otra vez, el pueblo recupera su ritmo tranquilo. Es entonces cuando mejor se entiende cómo funciona este lugar: despacio, mirando al cielo para saber si el año vendrá bueno.