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sobre La Roda
Importante villa manchega famosa por sus 'Miguelitos' y su casco histórico con palacios renacentistas
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La primera vez que oí hablar de La Roda fue en una gasolinera de la A-31. El dependiente, mientras me cobraba un café, me dijo: «Ahí tienen los miguelitos, eh». Como si fuera una contraseña. Como si esa fuera la clave para entender el pueblo. Y, la verdad, no iba tan desencaminado.
El faro que no está en el mar
En La Mancha los puntos de referencia no son faros ni montañas. Son iglesias con torres que se ven desde lejos y te avisan de que algo humano se acerca. La de La Roda, la de El Salvador, funciona justo así. Un campanario alto que aparece en mitad de la llanura cuando vienes por la N‑301 o la autovía, como si alguien hubiera clavado una aguja de ladrillo en un mar de trigo.
La iglesia empezó a levantarse en el siglo XVI. Tiene ese aire renacentista que aquí suele apoyarse en restos más antiguos, góticos en este caso. Entrar es sencillo cuando está abierta, y dentro huele a piedra fría y a cera gastada, el olor clásico de iglesia de pueblo.
A la torre la llaman a veces el «Faro de La Mancha». En algunas ocasiones se puede subir, normalmente con visitas organizadas o en momentos concretos. Si tienes la suerte de pillarla abierta, desde arriba el pueblo se ve como un tablero bastante ordenado: calles rectas, tejados bajos y, alrededor, la llanura sin demasiadas distracciones.
Callejeando entre casas que se creen palacios
El casco antiguo es pequeño. De esos que antes te hacían dar vueltas un rato y ahora el móvil resuelve en dos minutos.
Una forma fácil de recorrerlo es fijarte en las casas con escudos nobiliarios que van apareciendo por varias calles. Se suele hablar de una pequeña ruta de los escudos. Apellidos de familias que tuvieron peso por aquí —Mondragón, Ríos, Benavides— siguen grabados en piedra sobre portadas bastante serias. Lo curioso es verlos hoy compartiendo fachada con cables, timbres modernos y algún aparato de aire acondicionado.
El edificio más llamativo suele ser el palacio asociado a la Condesa de Villaleal. Arranca en el siglo XVI, aunque después se le añadieron elementos decorativos de otra época. El resultado es un poco como esas casas antiguas que alguien ha ido ampliando con estilos distintos. A mí siempre me recuerda a las mansiones de las series: puertas grandes, patio interior y estancias que parecen pensadas para más gente de la que realmente vive allí.
Muy cerca está el llamado Lienzo de Doña Ana. En realidad es el resto de un proyecto que nunca llegó a completarse, vinculado al arquitecto Andrés de Vandelvira. Hoy queda una pared trabajada en estilo plateresco que termina dando a una zona donde aparcan coches. Ese contraste —piedra del XVI y utilitario del XXI— tiene algo muy manchego: la historia sigue ahí, pero la vida cotidiana pasa por delante sin pedir permiso.
El sabor de quedarse con las manos pegadas
Hablar de La Roda y no mencionar los miguelitos sería raro. Son hojaldres pequeños, rellenos de crema y cubiertos de azúcar glas. Se inventaron aquí en el siglo XX y el pueblo los ha adoptado como bandera comestible.
Hay varias pastelerías que los hacen a diario y normalmente se nota cuáles funcionan mejor porque la cola se repite a distintas horas del día. Mi consejo es sencillo: compra uno, cómetelo tranquilamente en la plaza y luego decides si vuelves a por más. Mucha gente acaba volviendo.
En lo salado manda la cocina manchega de toda la vida. El gazpacho manchego —que no tiene nada que ver con el andaluz— suele llevar carne de caza o de corral y trozos de torta de pan ácimo. Es contundente, de los que te dejan calentito aunque fuera haga frío.
También aparecen platos como el atascaburras, esa mezcla potente de patata, bacalao, ajo y huevo duro machacado. Y el queso manchego curado, claro, que por esta zona suele tener ese punto seco y aromático que deja claro de dónde viene la leche.
Cuando el pueblo se vacía (o se llena)
Durante buena parte del año La Roda va a su ritmo. Los martes suele haber mercadillo y se nota movimiento por las calles cercanas: puestos de fruta, ropa, herramientas… y el típico regateo suave de toda la vida.
Luego llegan las fiestas de agosto, dedicadas a la Virgen, y el ambiente cambia bastante. Peñas, música, casetas y bastante más gente de la habitual. Si te gusta el bullicio, esos días el pueblo está en modo celebración.
En los últimos años también se organizan algunos eventos culturales y musicales que intentan animar el calendario. Suelen traer conciertos, actividades en la calle y cosas pensadas para mover el centro unos días.
Huir (un poco) del asfalto
Por mucho que patees el casco urbano, La Roda es territorio llano y tarde o temprano te pide campo.
Una ruta bastante conocida por la zona va hacia la Fuensanta y acaba acercándose al río Júcar. Son unos cuantos kilómetros de pista fácil, muy agradecida para hacer en bici. El paisaje es el que manda aquí: olivares, parcelas de cereal y ese olor a monte bajo que aparece después de una lluvia ligera.
La Fuensanta es un núcleo pequeño que hoy tiene muy poca vida. Desde allí el río queda relativamente cerca. El Júcar por esta parte suele bajar tranquilo, con orillas donde parar un rato o simplemente mojarse los pies si hace calor.
Si prefieres algo corto, hay un camino que sube hacia el cerro del Castillejo. No es largo, pero tiene más pendiente que el resto del término municipal. Arriba quedan restos muy modestos de lo que fue una fortificación. Lo interesante en realidad es la vista: la torre de la iglesia vuelve a aparecer en mitad del llano y te das cuenta de lo bien que orienta.
Volver o no volver
La Roda funciona mucho como pueblo de parada. Está bien colocado entre varias ciudades y mucha gente frena aquí para descansar un rato del coche.
Pero si te quedas un poco más de lo previsto —una comida tranquila, un paseo por el centro y un par de calles sin rumbo— el sitio empieza a tener lógica. El cruce de caminos histórico, la torre vigilando la llanura, las cajas de miguelitos saliendo de las pastelerías como si fueran pan caliente.
No es el pueblo más espectacular de la provincia, y tampoco lo intenta. Es más bien de esos sitios que cumplen bien su papel en mitad del viaje: estiras las piernas, comes algo dulce, miras un rato la plaza… y sigues camino con azúcar glas todavía en los dedos.