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sobre Añover de Tajo
Localidad elevada sobre la vega del Tajo; conocida por su tradición taurina y hortícola
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Llegué a Añover de Tajo un martes a eso de las tres de la tarde, cuando el asfalto ya devuelve el calor y las chicharras suenan como si alguien hubiera dejado la radio puesta en el campo. Aparqué en la plaza sin dar vueltas —cosa rara si vienes de Madrid o Toledo—. Había cuatro plazas y tres estaban libres. En la cuarta, un coche viejo con la puerta entreabierta y la radio sonando bajito con Ana Belén. Nadie alrededor.
Ese fue mi primer contacto con el pueblo: calor, silencio y la sensación de que aquí las cosas van a otro ritmo.
El rollo que no llama la atención
Dicen que el rollo de justicia es lo que hay que ver en Añover. Yo, cuando lo leí, imaginé algo más espectacular, la verdad. Pero no. Es una columna de piedra bastante sobria plantada en la plaza.
Si no sabes lo que es, igual pasas de largo.
Estos rollos se levantaban cuando una villa tenía jurisdicción propia, y en muchos pueblos acabaron desapareciendo. El de Añover sigue ahí, sin mucha ceremonia alrededor: ni vallas, ni paneles explicativos. Una piedra que lleva siglos en el mismo sitio mientras la plaza cambia a su alrededor.
Le di una vuelta, saqué un par de fotos. Un vecino que pasaba con una bolsa de pan me miró con esa cara de “algo le ha visto a la piedra”. Y es que el rollo, más que impresionar, tiene gracia por eso mismo: sigue en pie como si tal cosa. Como ese vecino que lleva toda la vida en la misma esquina del pueblo.
Campo, mucho campo
Añover es campo. Pero campo de La Sagra, que es otra historia. Nada de praderas verdes; aquí mandan las llanuras de cereal, los caminos rectos y el horizonte abierto.
En primavera el trigo pone algo de color. En verano todo vira hacia los tonos secos que uno asocia rápido con Castilla-La Mancha. Y cuando sopla el aire, que a veces sopla bien, el paisaje se mueve entero.
Es de esos lugares donde el silencio tiene pequeños sonidos: una alondra por ahí arriba, el roce del viento en los olivos que aparecen aquí y allá, algún tractor que pasa a lo lejos.
Me pasó una cosa curiosa: estuve un buen rato mirando un campo de girasoles sin hacer nada más. Sin móvil, sin pensar demasiado. Como cuando reiniciabas el ordenador antiguo y se quedaba la pantalla negra unos segundos. Ese tipo de pausa.
La famosa caña de lomo
En una guía leí que aquí es conocida la caña de lomo. Me picó la curiosidad, así que pregunté en una tienda de ultramarinos que encontré abierta.
La dependienta —que parecía llevar media vida detrás del mostrador— me dijo algo así como: “Ahora mismo no tengo, pero el jueves suele traer Manolo”.
Ese “suele” ya te explica bastante bien cómo funcionan las cosas en muchos pueblos: no hay prisa y cada día tiene su ritmo.
Al final me quedé con hambre de probarla. Comí un bocadillo de calamares en un bar de la plaza. Pan bueno, calamares sin misterio y café fuerte. Mientras tanto pasó una patrulla de la Guardia Civil en moto, un galgo cruzó la calle como si llegara tarde a algún sitio y un señor barría la acera cantando bajito.
Nada espectacular. Pero muy de verdad.
Cuando vuelve la gente
En verano es cuando Añover de Tajo parece estirarse un poco. No tanto por turistas —no es un sitio al que llegue mucha gente a propósito— sino porque regresan los que trabajan fuera, sobre todo en Madrid o Toledo.
Se abren ventanas, salen sillas a la acera y las conversaciones se alargan al fresco. Alguna noche hay música en la plaza o en las fiestas, con orquesta y todo ese ambiente que en los pueblos funciona mejor que cualquier gran escenario.
No es un espectáculo para Instagram. Es más bien la vida del pueblo concentrada en unos días.
Un detalle curioso: el Tajo pasa relativamente cerca, pero desde el propio casco urbano casi ni lo notas. No es uno de esos pueblos que viven mirando al río.
Mi consejo: ven sin esperar grandes monumentos. Aparca en la plaza, date una vuelta tranquila y si tienes coche sigue luego por la comarca, que La Sagra está llena de carreteras secundarias y pueblos que aparecen casi sin avisar.
Añover no es un sitio que te deje boquiabierto. Pero a veces entras, bajas el ritmo un rato… y cuando te vas te das cuenta de que te ha sentado bien parar ahí. Como cuando haces una pausa en mitad del viaje sin tener muy claro por qué. Y resulta que era justo lo que tocaba.