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sobre Borox
Pueblo de La Sagra con arquitectura popular y cuevas; tradición taurina muy arraigada
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Borox es de esos pueblos que ves desde la A-42 y piensas: “aquí debe de vivir gente que trabaja en Madrid pero no puede pagarse un piso allí”. Y no vas muy desencaminado. A poco más de media hora de la capital, este rincón de La Sagra toledana funciona un poco así: para muchos es donde está la casa, aunque el trabajo quede varios kilómetros al norte.
No es un sitio al que llegue mucha gente con un plan turístico muy claro. Y, curiosamente, eso también forma parte de lo que tiene.
El pueblo que se asoma a Madrid
La primera vez que paré en Borox fue casi por error. Iba camino de Esquivias —sí, el pueblo asociado a Cervantes— y el GPS me metió por una carretera local que parecía no llevar a ninguna parte. Hasta que apareció el pueblo.
Casas bajas, calles bastante rectas y ese silencio que en Madrid solo escuchas de madrugada.
El centro es compacto. En un paseo corto pasas por el ayuntamiento, con esos arcos de ladrillo que algunos dicen que recuerdan a construcciones antiguas, la plaza donde siempre hay gente sentada charlando, y la iglesia de Nuestra Señora. No es un edificio monumental, pero cumple muy bien ese papel de iglesia de pueblo que ha visto pasar generaciones enteras.
De castillos antiguos y un torero muy recordado
Por los alrededores hay restos de historia que no siempre saltan a la vista. En el campo se encuentran las ruinas del llamado castillo de Mahul, del que hoy quedan sobre todo piedras y una buena vista del paisaje. La zona estuvo vinculada a dominios musulmanes y más tarde pasó por manos cristianas y órdenes militares, algo bastante habitual en esta parte de Toledo.
En el pueblo hay otro nombre que aparece a menudo: Domingo Ortega, torero nacido aquí a comienzos del siglo XX y muy citado cuando se habla de la historia del toreo. En la plaza hay algún recuerdo dedicado a él. La primera vez que lo vi, la verdad, estaba más pendiente de encontrar un sitio donde tomar algo a media tarde que de ponerme en modo museo.
La Sagra: campos abiertos y viento constante
Borox está en plena comarca de La Sagra, una zona de llanura amplia donde mandan los campos de cereal y los olivares. Si vienes desde Madrid, el cambio se nota rápido: menos tráfico, más horizonte y, muchas veces, viento.
En el paisaje también aparecen aerogeneradores modernos, esos molinos blancos que giran despacio y que ya forman parte de la imagen de la zona.
Por caminos agrícolas y pistas de tierra pasa alguna ruta ciclista bastante conocida por la gente que hace MTB por el sur de Madrid y el norte de Toledo. Son recorridos largos, con tramos donde lo único que ves durante un buen rato son campos y más campos. Tiene su gracia, pero conviene venir con agua y algo de comida, porque entre un pueblo y otro hay distancia.
Lo que no te cuentan en las guías
Borox no funciona como esos pueblos a los que vas con una lista de monumentos. Aquí la cosa va más de observar cómo se vive.
Entre semana se nota que mucha gente sale pronto hacia otros municipios del corredor sur de Madrid para trabajar y vuelve por la tarde. Y el fin de semana cambia el ambiente: más movimiento en la plaza, familias paseando, chavales con la bici dando vueltas de un lado a otro.
No hay tiendas pensadas para turistas ni escaparates llenos de recuerdos. Lo que hay son bares de los de siempre, donde el café sabe a café y las conversaciones pasan de una mesa a otra sin demasiado protocolo.
Mi consejo de amigo
Si pasas por Borox, no vengas buscando el pueblo más espectacular de Castilla‑La Mancha, porque ese juego aquí no se juega.
Pero si te gusta entender cómo funcionan muchos pueblos de la meseta que viven a la sombra de Madrid, merece la pena parar un rato. Aparcas cerca de la plaza, te das una vuelta corta y te sientas a tomar algo mientras ves cómo la gente se saluda por el nombre.
Es ese tipo de sitio que no presume de nada, pero tampoco lo necesita. Y a veces, cuando viajas mucho, encontrarte con un lugar así se agradece más de lo que parece.