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sobre Casarrubios del Monte
Villa histórica con restos de castillo y muralla; importante aeródromo deportivo en las cercanías
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Hay un punto de la A‑42, cuando dejas atrás los polígonos del sur de Madrid y el GPS ya empieza a hablar de Toledo, en el que el paisaje cambia sin hacer mucho ruido. Las naves logísticas se quedan atrás y aparecen los campos abiertos de La Sagra. Si en lugar de seguir recto te desvías hacia Casarrubios del Monte, en cinco minutos entiendes cómo funciona este sitio: primero un taller de camiones, luego una gasolinera, y al fondo, en lo alto, el castillo. Como un botijo de barro colocado encima de una mesa enorme de trigo.
El castillo que no gana concursos de belleza, pero aguanta lo que le echen
Dicen que el castillo de Casarrubios del Monte es uno de los pocos ejemplos de castillo mudéjar de la zona y que todavía conserva sus torres hexagonales. No es el típico castillo de postal. Es más bien sobrio, de ladrillo, bastante recto. A mí siempre me recuerda a esos edificios públicos de los años 70 que no se preocupaban demasiado por caer simpáticos.
Pero luego entras y cambia la cosa. La escalera de caracol, el ladrillo visto en las bóvedas y las vistas desde arriba compensan el aspecto seco de fuera. Desde lo alto ves prácticamente toda La Sagra: campos de cereal que en primavera se ponen verdes y en verano tiran a ese color entre dorado y cartón que ya conoces si has conducido por la zona. Es un paisaje muy horizontal, muy tranquilo. De esos que parecen quietos incluso cuando sopla el viento.
La iglesia que se levantó con calma
La iglesia de Santa María empezó a construirse en época de los Austrias y, como ha pasado en muchos pueblos, tardó bastante en terminarse. Se nota en el edificio: líneas sobrias, muros bastante desnudos y ese aire serio que tienen muchas iglesias castellanas de influencia herreriana.
Dentro hay varias piezas que suelen mencionarse cuando se habla del patrimonio del pueblo: una tabla gótica de la Virgen con el Niño y algunos lienzos de pintores barrocos vinculados a la corte. No es un museo, pero si te gusta curiosear en iglesias antiguas tiene detalles que merecen unos minutos de atención.
Además, todavía se conserva un retablo dedicado a San Andrés que, según cuentan en el pueblo, sobrevivió a un rayo que cayó en el templo hace siglos. Es de esas historias que cada vecino cuenta con un matiz distinto, pero todos coinciden en lo mismo: el retablo se salvó de milagro.
El santo que salió del pueblo y acabó fundando hospitales
Una de las figuras más conocidas vinculadas a Casarrubios del Monte es San Juan de Dios. Nació aquí —tradicionalmente se sitúa a finales del siglo XV— y acabó desarrollando su vida en Andalucía, donde fundó la orden hospitalaria que todavía hoy gestiona centros sanitarios.
En el pueblo hay una escultura que lo recuerda en una de las entradas. Lo curioso es que, cuando preguntas a la gente mayor, muchas veces la conversación acaba derivando hacia anécdotas del tipo: “Sí, nació aquí… pero se hizo famoso fuera”. Un comentario muy de pueblo, dicho sin drama, casi con orgullo.
Fiestas, encierros y olor a migas
Las fiestas patronales giran en torno a la Virgen de Gracia, normalmente a mediados de septiembre. Durante esos días el pueblo cambia bastante: llegan peñas, hay música por la noche y los encierros —tanto diurnos como nocturnos— reúnen a bastante gente de los alrededores.
No es el ambiente de ciudades grandes ni pretende serlo. Aquí todo pasa a escala local: charangas, casetas, vecinos que se conocen entre ellos y ese olor constante a fritanga y a comida popular.
Si coincides con alguna jornada de comidas colectivas, lo habitual son las migas. Pan, chorizo, pimentón y mucho plato de plástico circulando por las mesas. De esas comidas que empiezan a mediodía y cuando te das cuenta ya es media tarde.
Cuánto tiempo necesitas realmente para verlo
Casarrubios del Monte está a unos 45–50 km de Madrid y se llega rápido por la A‑42 y carreteras comarcales de La Sagra. Mucha gente lo visita como parada corta o como excusa para dar una vuelta por la zona.
El paseo típico es sencillo: subir al castillo, acercarse a la iglesia, dar una vuelta por el centro y terminar en la plaza viendo cómo va el ritmo del pueblo. En un par de horas te haces una idea bastante clara.
Mi consejo es venir en primavera o a principios de otoño. En verano esta parte de Toledo se convierte en una plancha caliente y caminar por las calles a pleno sol tiene su mérito. En cambio, cuando el campo está verde o recién cosechado, el paisaje de alrededor gana mucho. Y entonces sí entiendes por qué los pueblos de La Sagra están justo donde están.