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sobre Mocejón
Conocido por su artesanía de espadas y cuchillería; situado en la vega del Tajo
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A las seis y media de la tarde, el viento de la Mancha levanta el polvo de los campos y lo empuja hasta la plaza de la Constitución. En el kiosco de la música —un círculo de hierro que acusa los años— suele haber gente sentada en el bordillo comiendo pipas mientras baja la luz. Es el momento en que el turismo en Mocejón se entiende mejor: cuando el pueblo huele a tierra removida y a pan reciente, cuando las golondrinas giran sobre la torre de la iglesia de San Esteban y el calor del día empieza a aflojar.
Mocejón queda en La Sagra toledana, muy cerca de la capital, y se nota en ese ir y venir de coches a primera hora de la mañana. Aun así, el pueblo mantiene pulso propio. Las casas bajas, muchas de ladrillo visto, se alinean en calles que acaban casi de golpe en el campo. No hay demasiados rodeos: sales del casco urbano y en pocos minutos ya estás entre parcelas de cultivo, con el horizonte abierto y el viento moviendo los cables de la luz.
El tiempo de los castillos y los inquisidores
La llamada Casa del Inquisidor aparece en la calle Mayor con una fachada sobria de piedra oscurecida por los siglos. Las rejas de hierro y los escudos labrados todavía se distinguen si te acercas despacio. No es un edificio monumental; más bien una casa grande que recuerda que, durante el siglo XVII, por aquí también pasaban cargos con autoridad suficiente para firmar procesos y sentencias.
A algo más de un kilómetro del pueblo, por un camino de tierra entre olivos y cereal, están las ruinas del castillo de Higares. Queda sobre todo la torre, cuadrada y robusta, con muros gruesos y pequeñas aberturas que miran hacia el valle del Tajo. El lugar tiene algo áspero: viento constante, hierba baja y una vista amplia de la llanura que se estira hacia el norte. Conviene subir con calzado cerrado; el terreno tiene piedra suelta y en verano apenas hay sombra.
Cuando suena la diana
Las fiestas de invierno dedicadas a San Blas cambian el ritmo del pueblo durante varios días. A primera hora de la mañana se oye la banda por las calles y la gente sale abrigada, todavía con el aliento blanco en el aire. En la plaza se juntan cuadrillas de amigos y vecinos que llevan viéndose toda la vida. El frío aquí es seco y se mete en los dedos, así que cualquier vaso caliente se agradece.
En primavera suele celebrarse también la romería de San Isidro. Los carros se adornan con flores y cintas y recorren el pueblo antes de salir hacia el campo. Al mediodía, alrededor de la ermita, la jornada se parece más a una comida larga que a un acto solemne: familias enteras, manteles sobre la tierra y el olor de los guisos mezclándose con el del tomillo que crece en los ribazos.
El sabor de la tierra seca
La cocina que se encuentra en Mocejón sigue siendo la de la comarca. En invierno aparecen los gazpachos manchegos, espesos, con carne de caza cuando la hay y trozos de torta cenceña que absorben el caldo. El pisto se sirve muchas veces templado, con huevo frito encima y pan contundente para empujar.
También es fácil encontrar queso manchego de oveja y guisos de cordero que huelen a vino tinto y a hierbas del monte. Son platos pensados para mesas largas y conversaciones que se alargan después de comer.
Caminos entre el Tajo y la llanura
Desde Mocejón salen varios caminos agrícolas que se pueden recorrer andando o en bicicleta. Algunos bajan hacia el valle del Tajo entre hileras de chopos; otros se abren hacia la llanura de La Sagra, con parcelas amplias y rectas donde el viento no encuentra obstáculos.
Cerca del río aún quedan restos de antiguos molinos hidráulicos. Hoy son estructuras de piedra medio cubiertas de vegetación, pero ayudan a imaginar cómo se aprovechaba la corriente cuando el río tenía más actividad molinera. El acceso suele hacerse por pistas de tierra; después de lluvias fuertes conviene preguntar en el pueblo por el estado de los caminos.
La subida al castillo de Higares es una de las caminatas más habituales. No es larga, pero el último tramo se estrecha y el terreno se vuelve irregular. Lleva agua si vas en meses cálidos: fuera del casco urbano no hay fuentes.
Cuándo ir: La primavera corta de La Sagra, normalmente entre abril y mayo, cuando el cereal todavía está verde y las cigüeñas ocupan los nidos de la torre de la iglesia. En verano el calor aprieta con fuerza desde media mañana.
Cómo llegar: Mocejón está muy cerca de Toledo y se alcanza en coche en pocos minutos desde la capital. También hay conexiones por carretera con Madrid y otros municipios de La Sagra. Si dependes de transporte público, lo más práctico suele ser llegar primero a Toledo y continuar desde allí.
Cuando cae la noche, el pueblo baja el volumen. Se oye algún televisor a través de las ventanas abiertas, un perro que ladra al fondo y poco más. El cielo, lejos de la iluminación de las ciudades grandes, deja ver bastantes más estrellas de las que uno espera tan cerca de Toledo. Y en ese silencio sencillo se entiende bien el ritmo del lugar: campo alrededor, días de trabajo temprano y tardes largas en la plaza cuando el calor afloja.