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sobre Ugena
Municipio en expansión de La Sagra; conserva restos de su pasado mudéjar
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A las seis de la tarde, la luz de agosto dora los trigales que rodean Ugena y el pueblo parece flotar sobre un mar de paja. Desde la carretera que viene de Illescas, las casas se agrupan como quien busca la sombra: calles rectas, fachadas bajas, tejados de teja roja que han visto pasar siglos de cosechas. El calor todavía aprieta pero el aire huele a tierra recién arada y a algo más antiguo: piedra caliente, polvo de siglos.
La puerta que no está aquí
Lo curioso de Ugena es que su monumento más conocido no está en Ugena. La Puerta de Ugena está en Illescas, a cinco kilómetros, como si el pueblo hubiera dejado olvidada allí una parte de su nombre. Es una puerta mudéjar del siglo XI, la única que queda de la muralla medieval, y lleva el nombre del lugar al que conducía: el camino que subía hasta aquí. Cuando la ves —entrada libre, siempre abierta— entiendes algo del pueblo sin haber llegado todavía: Ugena ha vivido siempre en relación con lo que la rodea, conectado por caminos reales y caminos de herradura, por la N-403 y por la línea de bus que lleva a Madrid cada mañana.
La plaza donde se juega la vida
La plaza mayor no tiene nombre especial. Es simplemente "la plaza", y es todo lo que necesita. El ayuntamiento ocupa una esquina, blanco y sobrio, con el reloj que marca las horas de trabajo de los campos. Enfrente, la iglesia de San Juan Bautista levanta su torre cuadrada, de ladrillo rojo ennegrecido por el tiempo. No es una joya arquitectónica —es algo mejor: un lugar que se usa. Los bancos de piedra miran hacia el frontón donde los chavales juegan al pelota después de clase, y las abuelas se sientan con la silla de lona cuando el sol baja. Si pasas un domingo por aquí, verás los coches aparcados en fila, las puertas abiertas sonando música de los noventa, y alguien sacando una mesa para comer fuera. No es postal: es domingo en Ugena.
Cuando el campo entra en el pueblo
La Sagra es esto: horizonte plano, cielo grande, y un pueblo cada diez kilómetros. Ugena se asienta en la cuenca del Guadarrama, a 654 metros de altitud, y el río pasa cerca sin hacer ruido. Los campos rotan: trigo, cebada, girasol, remolacha. En primavera todo es verde intenso, en julio amarillo seco, en octubre tierra negra. Si te acercas al cerro del Cerrón —en el límite con Illescas— encontrás los restos de un asentamiento celtíbero del siglo IV a.C. No hay carteles ni vallas, solo un montículo cubierto de romero y tomillo. La piedra todavía conserva el calor del día cuando llega la noche, y si te agachas puedes encontrar un fragmento de cerámica gris, un borde de lo que fue un plato.
La hora de volver
Ugena no tiene hoteles ni restaurantes con estrellas. Tiene algo que los pueblos grandes han perdido: la capacidad de seguir siendo ellos mismos cuando llega alguien de fuera. Si vienes, hazlo en septiembre, cuando la cosecha del cereal está terminada y el aire huele a paja recién prensada. O en mayo, cuando los campos de girasol aún no han florecido pero la tierra está blanda y los caminos vecinales se pueden andar sin polvo. Evita los fines de semana de agosto, cuando el calor aprieta y los madrileños buscan la piscina municipal que hay en las afueras. El pueblo entonces se llena de coches y de risas, pero pierde su ritmo lento, su silencio de mediodía.
Para comer, pregunta por el bar de la plaza —no tiene nombre en la puerta— y pide cocido los martes. Es el único día que lo hacen, porque hay que poner la olla desde temprano y nadie quiere cocinar después. Si quieres quedarte a dormir, hay un par de casas rurales en el pueblo vecino de Carranque, a diez minutos en coche. En Ugena no hay, y tal vez sea mejor así. El pueblo no está hecho para el turismo de fin de semana: está hecho para los que se quedan, para los que vuelven, para los que pasan y se llevan el olor de la tierra en los zapatos.
Cuando te vayas, antes de coger la carretera, para el coche en el último mirador. Desde allí se ve todo el Valle del Guadarrama extendiéndose hacia Madrid, y Ugena queda atrás como un punto quieto en medio del movimiento. El sol se pone detrás de Illescas y la Puerta de Ugena se recorta contra la luz, recordándote que los caminos siempre van en dos direcciones: hacia el pueblo y desde el pueblo. Y que a veces, lo que dejas atrás lleva tu nombre.