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sobre Yuncler
Pueblo de La Sagra con antigua casa de labor convertida en ayuntamiento; industrial
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Las cigarras empiezan a cantar cuando el sol toca la línea de los cereales. El aire huele a paja caliente, ese olor dulce y seco que dejan los campos cuando el trigo ya está alto. Desde la plaza, donde un grupo de adolescentes da patadas a un balón, se ve la torre de la iglesia recortada contra el cielo ancho de La Sagra. A esa hora casi todo está en pausa: una persiana que se baja despacio, una bicicleta que cruza la calle.
Yuncler es uno de esos pueblos de la llanura sagreña donde el paisaje manda. Aquí viven algo más de cinco mil personas y alrededor se extiende una tierra casi plana, de cereal y caminos rectos. Toledo queda a media hora larga en coche y Madrid a menos de una, pero el ritmo del pueblo se sigue midiendo por otras cosas: cuándo se siembra, cuándo se recoge el grano.
La torre y la piedra tostada
La torre que se ve desde casi cualquier calle pertenece a la iglesia parroquial de Santa María Magdalena. La piedra tiene ese tono tostado que coge con los siglos bajo el sol de Castilla‑La Mancha. A ciertas horas de la tarde la fachada queda medio en sombra y medio encendida por una luz anaranjada que entra rasante desde el oeste.
Dentro el ambiente cambia: silencio, olor a cera y un frescor que se agradece cuando fuera el termómetro aprieta. No siempre está abierta, algo habitual en pueblos de este tamaño. Conviene pasar por la mañana o coincidir con horario de culto.
Alrededor de la iglesia se organiza buena parte de la vida diaria: la plaza, algunas calles con casas bajas y portones grandes, pensados para cuando los tractores sustituyeron a los carros.
El río Guatén y los caminos rectos
A las afueras de Yuncler el paisaje cambia poco pero dice mucho del lugar. Salen varios caminos agrícolas que se pierden entre parcelas de trigo y cebada. Son trayectos sencillos, sin desniveles, donde lo que acompaña es el sonido del viento moviendo las espigas.
Por el término municipal discurre el arroyo o río Guatén, que aquí baja tranquilo, casi escondido entre carrizos. Cerca hay un puente antiguo que muchos vecinos mencionan como muy viejo —algunos lo sitúan en época romana—, aunque no siempre es fácil encontrar información clara sobre su origen. Es un buen punto para detener el coche un momento: el agua corre despacio y a última hora del día se oyen ranas entre los juncos.
Si vienes en los meses más calurosos, trae agua y gorra. En la llanura la sombra escasea.
La ermita blanca
En uno de los puntos algo más elevados del término está la ermita de Nuestra Señora de la Paz, pequeña y blanca, con tejado de teja curva. No es un mirador espectacular —La Sagra es demasiado plana para eso— pero desde allí se entiende bien el paisaje: campos largos, caminos rectos y un horizonte lejano.
Muchos vecinos suben en coche o dando un paseo corto, sobre todo al atardecer cuando el calor baja.
El mes de las fiestas
Durante buena parte del año Yuncler es tranquilo, pero en julio el ambiente se anima con las fiestas locales. Las calles del centro se llenan más de lo habitual, suenan las peñas, hay música por la noche.
Si prefieres ver el pueblo tranquilo, evita esas fechas o ven por la mañana temprano. Si te acercas entonces, verás otra cara del lugar: terrazas llenas, gente que vuelve al pueblo esos días.
Primavera y otoño
Los mejores momentos suelen ser primavera y otoño. En marzo y abril la llanura aparece verde y los caminos agrícolas se vuelven agradables para caminar. En otoño el campo pasa del amarillo al marrón y las tardes tienen una luz más suave.
El verano puede ser duro a partir del mediodía. Si vienes en julio o agosto, madruga un poco: a las ocho de la mañana el pueblo todavía está fresco, algunas persianas siguen bajadas.