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sobre La Solana
Cuna de la zarzuela La Rosa del Azafrán; villa con una magnífica Plaza Mayor y gran tradición cultural y agrícola
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Si vienes a hacer turismo en La Solana, empieza por la plaza Mayor. Se suele poder aparcar por los alrededores y desde ahí haces casi todo andando. La plaza es rectangular, con soportales, y parece más grande de lo que realmente es porque no hay demasiado ruido. A media mañana solo se oye alguna persiana subir y el viento que baja de la llanura. Trae abrigo si vienes en invierno: en pleno Campo de Montiel el aire pega.
El pueblo que no vende fantasía
La Solana no es especialmente bonita. Tampoco es fea. Tiene casas de ladrillo, algunas algo castigadas, y calles bastante rectas que van subiendo poco a poco hacia la parte alta. Es un pueblo agrícola grande para la zona y se nota en el ritmo: gente mayor en los bancos, furgonetas de reparto, tractores que cruzan despacio.
La iglesia de Santa Catalina está junto a la plaza. Empezaron a levantarla en el siglo XV y la terminaron ya entrado el XVI. Dentro hay piedra, silencio y olor a cera. Normalmente entras, lees el panel que hay a la entrada y poco más. El campanario actual es posterior; el anterior se vino abajo y lo reconstruyeron en el siglo XVIII.
No hay recorrido monumental largo. Das una vuelta, miras la iglesia y sigues andando.
Queso, azafrán y vino
Aquí se come lo que hay en la comarca. Queso manchego de oveja, vino de cooperativa y platos sencillos. El queso se vende en varias tiendas del pueblo y también en las propias cooperativas de la zona. Si te gusta, es buen sitio para llevarte una cuña.
El azafrán se cultiva tradicionalmente por el Campo de Montiel, aunque los campos no están justo al lado del casco urbano. El vino se mueve en la misma lógica que en muchos pueblos de La Mancha: botella sencilla, precio bajo y sin ceremonia.
Para el desayuno, lo normal es tostada con tomate o aceite y café en cualquier bar de la plaza o de las calles cercanas.
En un convento de monjas dominicas preparan dulces conocidos como “suspiros”. Se compran a través del torno. Son pequeños, muy dulces y desaparecen rápido.
Esculturas repartidas por el pueblo
Hace años colocaron varias esculturas contemporáneas por distintas calles. Hay rutas señalizadas, aunque no todo el mundo las sigue. Algunas están en plazas pequeñas o junto a equipamientos municipales y otras pasan bastante desapercibidas.
Hay una figura del Quijote peleando con molinos a la salida del pueblo que suele acabar en fotos rápidas de quien para un momento. No es un museo al aire libre en el sentido estricto; más bien piezas sueltas que te vas encontrando mientras paseas.
Fiestas cuando aprieta el invierno
En invierno se encadenan varias celebraciones con hogueras en la calle, ligadas a santos tradicionales del calendario. La gente saca mesas, se asa algo y se alarga la noche con el frío alrededor.
Las fiestas patronales llegan en verano, hacia finales de julio. Hay verbenas en la plaza, puestos y bastante movimiento por la noche.
Y luego está la Semana de la Zarzuela, que lleva décadas celebrándose. Tiene sentido aquí: La rosa del azafrán se inspira en este paisaje y en la vida agrícola de la zona. Durante esos días el teatro se llena más de lo que uno esperaría para un pueblo de este tamaño.
Consejo práctico
Ven en otoño o primavera. El verano aquí aprieta de verdad y hay pocas calles con sombra larga. En invierno el viento corta.
Si paras de camino por la A‑4 o vienes desde Valdepeñas o Manzanares, con un par de horas te haces una idea: plaza, iglesia, una vuelta por el centro y comprar queso antes de salir.
No busques grandes monumentos. La Solana funciona más como pueblo vivo que como escenario turístico. Y eso, para bien o para mal, es lo que hay.