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sobre Pozo Cañada
Municipio joven segregado de Albacete; tradición panadera y paso histórico de comunicaciones
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El viento de la Mancha huele a tomillo seco y a tierra caliente. A media mañana, cuando el sol ya cae sin filtro sobre los llanos, lo primero que se distingue al acercarse a Pozo Cañada por la carretera es una línea de aerogeneradores recortada contra el cielo. Giran despacio la mayoría de los días, con ese zumbido grave que se mezcla con el ruido lejano de algún tractor. El pueblo aparece después, bajo y claro, extendido sobre un terreno completamente abierto.
Pozo Cañada está en los Llanos de Albacete, donde el horizonte casi nunca tiene obstáculos. Alrededor se alternan parcelas de cereal, algo de viña y olivares dispersos. En primavera el campo se vuelve de un verde intenso durante unas semanas; cuando llega julio, todo vira hacia el amarillo tostado y el polvo fino que levanta el viento.
En el centro del pueblo se levanta la iglesia de la Asunción. La torre cuadrada sobresale entre casas de dos alturas y fachadas claras, muchas con zócalos pintados y persianas medio bajadas en verano. El edificio actual parece levantado sobre construcciones anteriores, algo habitual en la zona, y desde la plaza cercana se aprecia bien cómo el ladrillo rojizo contrasta con el cielo limpio de la meseta.
Cuando Pozo Cañada empezó a caminar por su cuenta
Durante mucho tiempo Pozo Cañada fue una pedanía dependiente de Albacete. La relación con la capital sigue siendo muy cercana —está a un rato corto en coche—, pero el pueblo terminó convirtiéndose en municipio propio a finales del siglo XX. Esa historia relativamente reciente explica que muchas familias tengan vínculos directos con Albacete ciudad y que buena parte de la vida diaria se mueva entre ambos sitios.
El crecimiento del pueblo estuvo ligado al campo. Las eras, hoy muchas ya en desuso, eran parte del paisaje habitual hasta hace no tanto. Con la mecanización cambiaron los ritmos: menos manos, más maquinaria, y parcelas cada vez más grandes.
La vida cotidiana en la plaza
A media tarde la plaza se llena de ruido de sillas arrastrándose y conversaciones que saltan de un banco a otro. La gente se conoce, o al menos se reconoce. Los mayores caminan despacio, buscando la sombra más larga, y los críos cruzan la plaza en bicicleta sin demasiado orden.
Las fiestas locales suelen celebrarse alrededor de San Juan, cuando el calor ya aprieta de verdad. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: música en la calle, procesiones y mesas largas donde la gente se sienta a cenar cuando el sol por fin baja.
Caminar por los llanos
El verdadero paisaje de Pozo Cañada está fuera del casco urbano. Basta salir por cualquiera de las carreteras secundarias para encontrarse con caminos agrícolas rectos, casi siempre sin sombra. Caminar por aquí tiene algo hipnótico: el sonido del viento, algún coche que pasa muy de vez en cuando y el crujido de la grava bajo las zapatillas.
Si vienes en primavera —abril o mayo suelen ser los meses más agradecidos— el campo todavía conserva humedad y el aire es más suave. En verano conviene madrugar o esperar a última hora de la tarde. El sol cae fuerte y en muchos tramos no hay ni una fuente ni un árbol.
El olor de la Mancha seca
Al atardecer el viento suele aflojar. Entonces el aire cambia: huele a grano, a tierra removida y a las hierbas que crecen en los bordes de los caminos. Desde cualquiera de las pequeñas elevaciones que rodean el pueblo se ve cómo el llano se vuelve cobrizo mientras el sol cae hacia la Sierra de Alcaraz, bastante lejos pero visible en los días claros.
No hay miradores preparados ni carteles que expliquen el paisaje. Solo campo abierto, caminos largos y ese silencio ancho que tienen los llanos manchegos cuando el día se apaga. Si te quedas unos minutos más de la cuenta, lo que se oye es el viento pasando entre los rastrojos. Y poco más.