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sobre Yébenes (Los)
Capital de la caza mayor; extenso municipio con sierras y el Castillo de Guadalerzas
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El acueducto de Los Yébenes atraviesa el término municipal como una cicatriz antigua en mitad del paisaje. Restos dispersos de una conducción que, según suele explicarse, llevaba agua desde las sierras cercanas hasta Consuegra. Hoy sobreviven tramos sueltos: algunas arcadas integradas en muros de piedra por la zona de Los Peleches y bases de pilares que aparecen entre los olivares. Es una de las primeras pistas para entender el lugar: este enclave ya tenía valor estratégico mucho antes de que existiera la España actual, en buena medida por su posición entre la llanura y la sierra.
Dos pueblos en uno
Durante siglos hubo dos Yébenes separados por el ancho del antiguo Camino Real de Sevilla. A un lado, Yébenes de Toledo, con la iglesia de Santa María y las instituciones dependientes de la ciudad de Toledo. Al otro, Yébenes de San Juan, vinculado a la Orden de San Juan de Jerusalén y a su red de encomiendas. Cada núcleo tenía su administración, sus símbolos y su propio ritmo de vida.
La unión administrativa llegó en el siglo XIX, cuando ambos términos se integraron en un único municipio. El escudo actual —águila y cruz— recuerda todavía esa doble procedencia.
Al caminar por el casco urbano se perciben algunas diferencias heredadas. En la zona que perteneció a la Orden de San Juan aparecen calles más irregulares, viviendas sencillas y antiguos corrales. En el antiguo Yébenes de Toledo la trama se organiza alrededor de la plaza porticada y de varias casas de mayor tamaño, levantadas en los siglos en que el camino entre Madrid y Andalucía tenía aquí una parada habitual.
La sierra que lo rodea
Los Montes de Toledo empiezan a notarse con claridad en este término municipal. El paisaje asciende desde las campiñas hacia una sierra cubierta de dehesa de encina y quejigo, con manchas de monte más cerrado en las zonas altas. Tradicionalmente ha sido territorio de ganadería extensiva y de caza mayor.
En otoño, cuando llega la berrea, el sonido de los ciervos se oye con facilidad en los valles cercanos. Es uno de los momentos en que mejor se percibe la continuidad entre el pueblo y la sierra que lo rodea.
En uno de los cerros del entorno, conocido como Montón de Trigo, se conservan abrigos con pinturas rupestres esquemáticas. Son figuras humanas y animales muy simplificadas, realizadas con pigmentos minerales. La cronología exacta se discute, pero suelen situarse en la prehistoria reciente. El lugar funciona también como mirador natural sobre el valle del Algodor, lo que ayuda a entender por qué distintos pueblos —desde comunidades prehistóricas hasta grupos de época islámica— utilizaron estos altos de la sierra.
El monasterio que casi pasa desapercibido
A unos kilómetros del núcleo urbano, en el paraje de Los Hitos, se localizaron restos de un complejo religioso visigodo. Lo que hoy se ve son estructuras muy bajas: muros apenas levantados, algunas piezas de piedra tallada y depósitos excavados en la roca. Las excavaciones realizadas en el siglo XX identificaron el lugar como un monasterio o centro monástico de época visigoda.
No es un yacimiento monumental. De hecho, puede pasar desapercibido si no se sabe lo que se está buscando. Pero ayuda a recordar que el territorio de los Montes de Toledo estuvo ocupado de forma continua mucho antes de la repoblación medieval.
Un museo inesperado
En uno de los edificios históricos del pueblo se instaló hace algunos años un museo de ciencias naturales. La pieza que más llama la atención es el esqueleto completo de una ballena azul, de grandes dimensiones, colocado en el espacio central del edificio.
El contraste resulta inevitable: un cetáceo en un municipio del interior, lejos del mar. La colección se completa con fósiles y restos de fauna prehistórica encontrados en la región, además de material divulgativo sobre la evolución y la historia natural.
Cómo recorrer el pueblo y el entorno
El centro se recorre en poco tiempo. La iglesia de Santa María, levantada en el siglo XVI y reformada en épocas posteriores, conserva en uno de sus laterales una puerta gótica que pertenecía al templo original, anterior a las ampliaciones. En la plaza porticada todavía se reconoce la función que tuvo durante siglos como lugar de mercado y reunión.
Para caminar por el entorno, varias rutas locales siguen el trazado aproximado del antiguo acueducto o se internan en la dehesa cercana. Son recorridos sencillos, sin grandes desniveles, que permiten entender bien la relación entre el pueblo y el paisaje de los Montes de Toledo.
También es posible subir hasta la zona del Montón de Trigo, desde donde se abren vistas amplias hacia la llanura manchega.
Entre las celebraciones tradicionales suele mencionarse la romería de San Blas, a comienzos de febrero, cuando vecinos del pueblo suben hasta la ermita situada en las afueras. Después la jornada continúa con comida compartida y reuniones en la plaza. En pleno invierno, cuando la sierra aparece más silenciosa, ese día devuelve algo de movimiento al pueblo.