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sobre Barrax
Pueblo manchego típico rodeado de llanuras cerealistas; conocido por su molino de viento y tradiciones cervantinas
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Hay algo reconfortante en un pueblo que no intenta impresionarte. Llegas a Barrax, aparcas cerca del centro y en dos minutos ya tienes claro de qué va el sitio. Nada de escaparates pensados para la foto ni calles preparadas para el visitante de fin de semana. Barrax, en plena Mancha del Júcar‑Centro, es más bien un pueblo de poco más de 1.800 vecinos que sigue con su ritmo aunque llegues tú con cara de “a ver qué hay aquí”.
Y alrededor, lo que manda es el campo. Cereal, parcelas largas y ese horizonte plano que en La Mancha parece no acabarse nunca.
El arte de no hacer nada en el centro del mapa
Barrax es como ese amigo del grupo que casi no sale en las fotos pero al que todo el mundo llama cuando hay que quedar. No presume de nada en particular, pero el conjunto funciona.
La plaza es amplia y tranquila, de las que invitan a sentarse un rato sin plan. Allí está la iglesia de San Roque, levantada hace varios siglos —suele situarse en torno al XVII—, con esa presencia sobria que tienen muchas iglesias manchegas: piedra clara, volumen contundente y pocas florituras.
Si te quedas un rato sentado en un banco acabas entendiendo el ambiente del pueblo. Algún coche pasando despacio, gente que se para a hablar en mitad de la acera, y el viento moviendo los árboles de la plaza. Sabes cuando un sitio no intenta entretenerte todo el tiempo. Pues esto va un poco por ahí.
Comer como se ha comido siempre
En Barrax la cocina es la que toca en esta parte de La Mancha: platos contundentes, de los que se pensaron para gente que trabajaba en el campo.
El gazpacho manchego, por ejemplo, aquí no tiene nada que ver con el gazpacho andaluz. Es un guiso caliente con torta de pan ácimo, carne de caza o conejo y un caldo que pide pan para mojar. Suele aparecer en reuniones familiares, fiestas del pueblo o comidas grandes.
Luego está el atascaburras, que ya el nombre te avisa de por dónde van los tiros: patata machacada, bacalao, huevo y aceite de oliva. De esos platos que te dejan bastante claro que la siesta después no es opcional.
Y por supuesto el queso manchego, que en esta zona forma parte de la vida diaria, no del souvenir.
Los túneles de un tren que nunca pasó
Una de las historias curiosas de Barrax tiene que ver con un ferrocarril que nunca llegó a funcionar. Durante el siglo XX se proyectó una línea que debía conectar el interior peninsular pasando por esta zona. Se avanzó bastante en algunos tramos: explanaciones, túneles, obras ya empezadas.
Luego el proyecto se abandonó.
Por los alrededores del municipio todavía se pueden encontrar algunos de esos túneles y restos de la infraestructura. Hoy mucha gente los recorre andando o en bici. Es una de esas rutas raras que surgen cuando la historia se queda a medias: caminos de tren por los que jamás pasó un tren.
San Roque y el pueblo lleno otra vez
Si vienes en verano notarás otro Barrax distinto. Hacia mediados de agosto, con las fiestas de San Roque, el pueblo se llena de gente que vuelve por unos días: familiares que viven fuera, amigos que crecieron aquí y regresan cada año.
La romería suele ser uno de los momentos más animados. La gente se acerca a la ermita, pasan el día juntos y el ambiente cambia bastante respecto a cualquier semana normal del año. En pueblos de este tamaño se nota enseguida cuando la población se duplica.
Benjamín Palencia, el pintor que salió de aquí
De Barrax también salió un nombre importante del arte español del siglo XX: Benjamín Palencia. Acabó moviéndose por círculos artísticos de Madrid y París y formó parte de la llamada Escuela de Vallecas.
En el pueblo aún se recuerda bastante su figura, y algunas de sus obras o referencias a su trabajo aparecen en espacios municipales. El grueso de su obra, eso sí, está repartido por museos y colecciones fuera.
La verdad sobre visitar Barrax
Barrax no es un destino de grandes monumentos ni de rutas interminables de cosas que ver. Y eso, curiosamente, juega a su favor.
Es más bien un sitio para parar un rato si estás recorriendo la zona, estirar las piernas, dar una vuelta por el centro y ver cómo funciona un pueblo manchego normal, sin maquillaje. En media mañana puedes recorrerlo con calma.
Mi consejo sería sencillo: aparca, da un paseo por la plaza y las calles cercanas, y luego sal un poco a los caminos de alrededor. Cuando mires el paisaje plano lleno de trigo o rastrojo entenderás bastante bien el carácter del lugar.
Barrax no intenta venderte nada. Y a veces se agradece encontrarse con un sitio así.