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sobre Fuensanta
Pequeña localidad con un antiguo convento trinitario; ambiente tranquilo en la llanura manchega
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A las nueve de la mañana, la luz en Fuensanta entra de lado por las calles estrechas y rebota en las paredes de cal. Todavía no hay casi movimiento. Algún coche pasa despacio, se oye una puerta metálica abrirse y, detrás del pueblo, los campos de cereal empiezan a aclararse bajo el sol. En Fuensanta, en la comarca de Mancha Júcar‑Centro, el día arranca así: con silencio y horizonte.
El municipio ronda los 280 habitantes y se asienta sobre un relieve suave, a algo más de 700 metros de altitud. Alrededor se extiende el paisaje que domina buena parte de esta zona de Albacete: parcelas de trigo o cebada, algún olivar disperso, viñas que aparecen aquí y allá según la finca. Cuando el cereal está alto, a finales de primavera, el viento levanta un murmullo continuo que se oye incluso desde las últimas casas.
El nombre de Fuensanta suele relacionarse con una fuente o manantial antiguo que dio origen al asentamiento. Hoy el pueblo mantiene una imagen muy ligada a esa tradición agrícola: calles cortas, fachadas blancas, portones de madera que dejan ver patios interiores donde a menudo hay macetas y sombra.
Calles cortas y muros encalados
La iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora, se levanta con una sobriedad muy propia de los pueblos de esta parte de La Mancha. Muros claros, pocos adornos y una plaza sencilla alrededor, donde a ciertas horas se juntan vecinos a charlar o simplemente a ver pasar la mañana.
Caminar por Fuensanta no lleva mucho tiempo. En menos de media hora se recorren las calles principales, pero merece la pena hacerlo despacio, fijándose en detalles pequeños: rejas antiguas, bancos pegados a las fachadas, patios que se adivinan tras las puertas entreabiertas. A media tarde, cuando el sol baja, las paredes blancas cogen un tono más cálido y las sombras alargan las esquinas.
En los bordes del casco urbano empiezan enseguida los caminos agrícolas. No hay transición brusca: una última casa, un almacén, y después ya aparece el campo abierto.
Caminos entre cereal y viña
El entorno de Fuensanta se presta a caminar o pedalear sin demasiada planificación. Hay caminos de tierra anchos que usan los agricultores y que conectan fincas y pueblos cercanos dentro de la comarca. No suelen estar señalizados como rutas senderistas, pero son fáciles de seguir.
Conviene tener en cuenta el clima. En verano el sol cae con fuerza a partir del mediodía y apenas hay sombra, así que lo más llevadero es salir temprano o al final de la tarde. En invierno, en cambio, el viento puede ser frío y bastante constante en las zonas más abiertas.
Entre los cultivos no es raro ver algunas aves propias de los campos manchegos, sobre todo al amanecer o cuando cae la tarde. En primavera el contraste es mayor: el verde reciente del cereal, la tierra clara de los caminos y un cielo muy abierto que aquí parece todavía más grande.
En las casas del pueblo la cocina sigue muy ligada a lo que da el campo y la despensa tradicional manchega. Platos contundentes como el gazpacho manchego o las gachas aparecen con frecuencia en reuniones familiares, y el queso de oveja curado es habitual en muchas mesas. Para quien esté recorriendo la zona, Fuensanta queda relativamente cerca de localidades más grandes como La Roda o Villarrobledo, donde hay más movimiento y servicios.
Fiestas tranquilas, de las de siempre
El calendario festivo gira sobre todo alrededor de celebraciones religiosas ligadas a la parroquia. En verano, normalmente en torno a agosto —las fechas concretas conviene confirmarlas— el pueblo cambia durante unos días: regresan familiares que viven fuera, las calles se animan por la noche y aparecen verbenas y comidas compartidas.
La Semana Santa también se vive con un tono recogido. Las procesiones recorren las mismas calles que durante el resto del año permanecen tranquilas, y el ambiente es más de encuentro entre vecinos que de gran celebración.
Fuensanta no funciona como destino de paso masivo ni como parada de ruta rápida. Es uno de esos pueblos donde lo que hay que mirar está en los detalles: el sonido del viento en los campos, la conversación en la puerta de una casa, la calma de una mañana cualquiera entre fachadas blancas y cielo limpio de La Mancha.