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sobre Buenache de Alarcón
Municipio cercano al Júcar con tradición agrícola; conserva restos de su pasado medieval
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A primera hora de la mañana, en la plaza mayor, la luz entra de lado y se queda pegada a la piedra clara del suelo. La torre de la iglesia de San Pedro Apóstol proyecta una sombra corta y todavía no se oye casi nada: alguna puerta que se abre, el motor de un coche que arranca camino del campo, un perro que ladra desde un corral cercano. Así empieza el día en Buenache de Alarcón, con ese silencio de los pueblos pequeños donde todo se mueve despacio.
El municipio queda a unos 70 kilómetros tanto de Cuenca como del centro de Albacete, en una zona de transición entre la llanura manchega y un terreno algo más ondulado. Viven aquí algo más de cuatrocientas personas. Las casas siguen el patrón de muchos pueblos de la Manchuela: muros encalados, zócalos de piedra, vigas oscuras que asoman en algunos portones antiguos.
La iglesia parroquial —que suele situarse hacia el siglo XVI según la tradición local— marca el punto más reconocible del casco urbano. No es un edificio monumental, pero desde varias calles se ve la torre sobresaliendo por encima de los tejados rojizos.
Un casco antiguo pequeño, pero con huellas del uso diario
El centro se recorre rápido. Las calles se enroscan alrededor de la plaza con pendientes suaves y esquinas reforzadas con sillares. Muchas puertas siguen siendo anchas, pensadas en su día para carros o para guardar aperos. En algunas fachadas todavía se distinguen argollas de hierro donde se ataban animales.
No hay carteles ni decoraciones pensadas para la foto. Lo interesante aquí está en los detalles: una reja antigua oxidada por los inviernos, una parra que cruza de balcón a balcón, el sonido hueco de los pasos cuando pasas por una calle donde el suelo cambia de asfalto a piedra.
Si llegas en pleno verano, conviene caminar temprano o al caer la tarde. A mediodía el sol cae directo sobre las calles abiertas y el calor se queda atrapado entre las fachadas.
El paisaje agrícola de la Manchuela alrededor del pueblo
Al salir del núcleo urbano aparecen enseguida los campos. En primavera el cereal cubre casi todo de verde y el viento mueve las espigas como una superficie de agua. En verano el color cambia por completo: dorado, polvo en los caminos y ese olor seco que deja la siega.
Desde algunos puntos algo más elevados se distinguen manchas de pinar dispersas y caminos agrícolas que se pierden entre parcelas. Cerca de ciertos cruces todavía quedan corrales antiguos y muros de piedra levantados sin mortero, bastante habituales en esta parte de la Manchuela.
Para caminar, las pistas que usan los agricultores funcionan también como rutas sencillas. No tienen señalización turística, pero son fáciles de seguir si se presta atención a los cruces. En días claros se ve bastante lejos y el horizonte queda muy abierto.
En primavera aparecen flores silvestres entre los márgenes del camino. En otoño el paisaje se vuelve más apagado y el viento levanta hojas secas y tierra fina.
Cocina de pueblo: platos que siguen en las casas
La comida aquí sigue muy ligada a la tradición manchega. Las gachas —hechas con harina y acompañadas con trozos de carne o embutido— siguen preparándose en muchas casas cuando llegan los días fríos. También aparecen platos como el morteruelo o los zarajos, recetas antiguas que en esta zona se conocen bien.
El queso manchego suele estar presente en cualquier mesa familiar, cortado en cuñas gruesas. Cuando el otoño viene lluvioso, las setas silvestres también entran en la cocina, aunque eso depende mucho del año.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia de ritmo
En agosto se celebran las fiestas patronales y el pueblo se llena bastante más de lo habitual. Regresa gente que vive fuera y las calles tienen más movimiento por la noche, con verbenas y actividades organizadas por los vecinos.
La Semana Santa se vive de forma sencilla, con procesiones que recorren las calles principales durante la mañana. No es una celebración multitudinaria, pero mantiene una presencia constante en el calendario local.
Algunas personas mayores todavía recuerdan antiguas ferias vinculadas al trabajo agrícola, relacionadas con la vendimia o con las campañas del campo, aunque hoy tienen menos peso que antes.
Pueblos cercanos para completar la ruta
Buenache de Alarcón suele visitarse dentro de un recorrido más amplio por la Manchuela. A poca distancia está Alarcón, levantado sobre un meandro del río Júcar y rodeado de murallas medievales. El contraste con el paisaje llano de alrededor se nota mucho cuando te acercas por carretera.
También hay otros pueblos de la comarca conectados por carreteras secundarias tranquilas, de esas donde es habitual cruzarse con tractores o furgonetas del campo.
Cuándo acercarse a Buenache de Alarcón
Abril y mayo suelen ser buenos meses para caminar por los caminos agrícolas: el campo está verde y el viento todavía es suave. Septiembre y octubre también funcionan bien, con temperaturas más llevaderas y menos calor durante el día.
En verano el sol aprieta bastante en las horas centrales. Si vienes en esa época, compensa madrugar o salir al atardecer, cuando la luz baja sobre los campos y el pueblo vuelve a quedarse en silencio poco a poco.
Buenache de Alarcón no vive pendiente del turismo. Es, sobre todo, un pueblo agrícola que sigue girando alrededor de sus ritmos de siempre: la siembra, la cosecha, las estaciones. Quien pase por aquí lo notará enseguida en algo muy simple: el tiempo parece moverse a otra velocidad.