Artículo completo
sobre El Peral
Municipio agrícola con una iglesia notable y ermita; famoso por su pan
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las campanas de la iglesia dan las ocho cuando el coche sube el último repecho y El Peral aparece de golpe. Si uno llega temprano, entiende rápido de qué va el turismo en El Peral: casas bajas de cal clara, tejados rojizos que se calientan con el primer sol, y en lo alto la torre de la iglesia recortada contra el cielo abierto de la Manchuela. La ventanilla del coche deja pasar olor a pan reciente. Es domingo y alguien lleva horas despierto.
En la plaza mayor todavía no hay movimiento. Las sillas de los bares siguen recogidas, apoyadas contra las mesas. Un gato atigrado vigila desde un banco de piedra. El silencio es tan limpio que se oye el zumbido de una abeja entrando en un jarro de albahaca colocado en el alféizar de una ventana.
La hora en que los pueblos respiran
El Peral ronda los 660 habitantes según el padrón reciente, aunque al caminar por las calles a primera hora parecerían menos. Hubo más gente aquí: los mayores hablan de tiempos en los que el pueblo superaba con holgura el millar. Ese descenso se lee en las fachadas. Algunas casas cerradas desde hace años, otras rehabilitadas con cuidado, muchas con nombres o iniciales grabados en el dintel.
La luz de la mañana entra de lado y resbala por las paredes encaladas. Las esquinas parecen más suaves, como si décadas de viento y sol hubieran redondeado el pueblo.
La iglesia parroquial suele encontrarse abierta durante parte del día. Dentro hay olor a cera apagada y madera vieja. Las bancas, oscuras de tanto uso, tienen pequeñas placas o inscripciones que recuerdan a las familias que ayudaron a pagarlas. En el retablo, la Virgen del Espino preside el templo. Tradicionalmente, cada primero de mayo la imagen sale en procesión por las calles del pueblo. Ese día aparecen coches aparcados donde normalmente sólo hay silencio: gente que vive fuera pero vuelve para acompañar a la Virgen.
El rastro de los que se quedaron y los que se fueron
Subiendo por la cuesta de San Roque aparece la llamada Casa de Luján. La fachada es sobria, con sillares bien cortados y un escudo bastante gastado por la lluvia. Hoy es una vivienda privada. Los vecinos cuentan —cada uno con algún detalle distinto— que dentro hay un patio con una fuente de piedra y una parra que en verano cubre medio cielo del corral.
No se visita, pero basta mirar el portón de madera oscura, con herrajes antiguos, para imaginar cuando el pueblo tenía más actividad: escuela llena de niños, cine de verano y varias tahonas trabajando cada madrugada.
A la salida del pueblo, junto a la carretera que llega desde San Clemente, está el Rollo. No es un árbol, como a veces piensan quienes lo oyen nombrar por primera vez, sino una columna de piedra bastante erosionada. Se suele decir que marcaba jurisdicción o límites del término. Para muchos vecinos, sin embargo, ha sido simplemente un punto de encuentro: “nos vemos en el Rollo” es una frase que se ha repetido durante generaciones.
Cuando los campos se llenan de rojo
Alrededor de El Peral el paisaje es agrícola y abierto. En primavera los campos de cereal se salpican de amapolas, y el contraste entre el verde del trigo y el rojo encendido se ve bien desde los caminos que salen hacia el cementerio y las parcelas de cultivo.
No hay senderos señalizados como tal. Son pistas agrícolas y caminos de tierra que usan los agricultores. Aun así, caminando un rato se llega a zonas donde sólo se oye el crujido de las botas sobre la grava y el canto de alguna cogujada. Hay olivos viejos, almendros dispersos y, hacia el horizonte, líneas suaves de sierras lejanas que cierran el paisaje de la Manchuela.
Conviene evitar las horas centrales en verano: el sol cae muy recto y hay poca sombra fuera del casco urbano.
A finales de septiembre se celebran las fiestas dedicadas a San Cosme y San Damián, a quienes aquí llaman “los Santicos”. Durante esos días la plaza vuelve a llenarse de gente, sobre todo familias que regresan desde Madrid, Valencia u otras ciudades. Se monta música por la noche, aparecen bandejas de dulces caseros y el pueblo recupera durante unos días un ruido que ya no es habitual.
Lo que no vas a encontrar aquí
El Peral no funciona como destino turístico al uso. No hay oficinas de información ni rutas señalizadas con paneles. La vida sigue otro ritmo.
Hay un bar donde tomar café por la mañana y escuchar conversaciones sobre cosechas y tiempo. También sigue funcionando una panadería de las de horno grande, donde muchos vecinos pasan a por la barra diaria. El consultorio médico abre algunos días a la semana y la farmacia comparte pared con otras dependencias municipales.
Quien llegue buscando escenarios preparados para la foto rápida probablemente no se entretenga mucho. En cambio, si te quedas un rato en la plaza, sentado en uno de los bancos, verás cómo cambia la luz en la fachada de la iglesia a medida que avanza la tarde.
Cuando el sol cae detrás de la torre, el pueblo entero toma un color tostado. A lo lejos se oye el motor de un tractor regresando por el camino. Luego, poco a poco, vuelve el silencio.
Y así otro día más en El Peral. Sin prisa. Como suele ocurrir en muchos pueblos de la Manchuela.