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sobre Valverde de Júcar
Situado a orillas del embalse de Alarcón; famoso por su fiesta de Moros y Cristianos
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Las cigüeñas despiertan antes que nadie. A primera hora, cuando la niebla todavía se queda baja sobre los campos de trigo como una manta gris, sus nidos de ramas secas empiezan a moverse en lo alto de los tejados y las torres. En ese momento temprano —antes de que arranquen los coches y de que alguien abra la panadería— el turismo en Valverde de Júcar no se parece mucho a la palabra “turismo”. Es más bien silencio, alguna puerta que se abre y el rumor del Júcar varios metros más abajo.
Valverde huele a pan recién hecho y a leña húmeda cuando el aire está frío. Las calles empinadas —la Empedrá, la cuesta que sube hacia San Roque— guardan ese olor particular de los pueblos donde todavía se calienta agua con butano y se barre la puerta con escoba de palma. En la plaza, algunas mañanas aparece queso manchego del pueblo en un mostrador de madera: corteza oscura, interior marfil que se abre con un pequeño crujido seco.
El río que lo partió todo
Bajar al Júcar cambia el paisaje de golpe. El sendero arranca cerca del cementerio y se va metiendo entre olivos viejos, romero y algo de jara que raspa las piernas si uno se arrima demasiado. Abajo el terreno se abre en un pequeño cañón de caliza clara donde suelen verse grajillas y, con algo de suerte, algún cernícalo quieto en el aire.
El tramo de Valverde forma parte del recorrido del Júcar que figura en la red de Caminos Naturales. No es largo: unos kilómetros de bajada cómoda hasta un puente antiguo de piedra que cruza el río. El agua suele ir bastante clara y, si el sol cae bien, se distinguen peces moviéndose entre las sombras de las rocas. La vuelta es otra cosa: el camino sube sin prisa pero constante y las piernas recuerdan enseguida que el pueblo está bastante más alto que el cauce.
Si vas a bajar, mejor hacerlo con luz suficiente. El sendero es sencillo, pero el regreso al pueblo se nota más de lo que parece cuando se mira desde arriba.
La plaza donde el tiempo se dobla
La ermita de la Madre de Dios suele tener la puerta entreabierta. El edificio es antiguo —de los más viejos del pueblo— y dentro se mantiene ese olor a cera y piedra fresca que tienen muchas ermitas pequeñas. La luz entra en diagonal por una ventana estrecha y deja ver las irregularidades de los muros.
En una de las paredes hay copias de documentos antiguos relacionados con el pueblo, entre ellos listados de vecinos de siglos pasados. Aparecen nombres que hoy ya no se oyen por las calles. Algunos vecinos se paran a mirarlos con calma, como si intentaran adivinar dónde habría estado cada casa.
En el parque de enfrente hay un mural de azulejos con una recreación del Valverde antiguo: murallas, torres y campos de cereal acercándose al río. No es raro ver a críos patinando justo encima del dibujo de la iglesia mientras algún abuelo vigila desde el banco.
Cuando suenan los tractores
A mediodía el sonido que domina el pueblo no es el de los turistas sino el de los tractores. Suben y bajan por los caminos de tierra después de trabajar en viñedos y parcelas de cereal de las laderas cercanas. El polvo claro se queda suspendido unos segundos en el aire antes de caer otra vez.
En el pueblo hay tradición de cooperativa agrícola y de elaboración de queso con leche de oveja manchega. A veces se puede comprar allí mismo, aunque conviene informarse antes porque no siempre hay venta directa todos los días.
En algún bar del centro, cuando toca en la cocina, preparan gazpacho manchego caliente: guiso espeso con carne de caza o de corral y trozos de torta que se deshacen en el caldo. Se sirve en cazuela de barro y llega a la mesa humeando.
La hora en que todo se aquieta
Cuando el sol baja detrás del cerro de San Marcos, el ruido del pueblo se va apagando poco a poco. Las cigüeñas regresan a los nidos con ese chasquido seco del pico que suena como unas tijeras abriéndose y cerrándose. Desde la parte alta, el Júcar se ve como una cinta oscura entre las paredes claras del valle.
En mayo los campos alrededor de Valverde suelen estar de un verde intenso y el viento mueve el cereal como si fuera agua. Es una buena época para caminar hasta el río sin demasiado calor. En agosto cambia el ambiente: llegan más coches y los fines de semana la plaza se llena de gente que viene a pasar el día. Si buscas tranquilidad, mejor madrugar o venir entre semana.
Al caer la noche el pueblo vuelve a lo suyo: persianas bajadas, alguna conversación en voz baja y el sonido constante del río, allá abajo, trabajando contra la piedra.