Artículo completo
sobre Medranda
Pequeño núcleo en el valle del Cañamares; entorno de ribera
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las siete de la mañana, la piedra clara de la iglesia de Medranda devuelve una luz fría que se cuela por las calles estrechas. Las paredes de adobe guardan la humedad de la noche y el aire huele a tierra removida y a leña vieja. Apenas se oye nada: algún vencejo cruzando rápido sobre los tejados, el crujido de una puerta, el viento pasando entre las encinas. En este pueblo de la Sierra Norte de Guadalajara, donde viven poco más de ochenta personas, el día empieza sin prisa.
Un caserío que respira despacio
El trazado es irregular, como suele ocurrir en los pueblos que crecieron sin planificación. Casas de piedra y madera, algunas con geranios en las ventanas y otras con los postigos cerrados para siempre, se agrupan alrededor de la iglesia parroquial.
El edificio es sencillo: campanario cuadrado, muros gruesos y un interior sobrio con bóveda de cañón. No hay grandes adornos. Más bien transmite la sensación de un lugar que ha ido adaptándose a lo que la comunidad podía mantener en cada época.
Si paseas despacio aparecen detalles que cuentan más que cualquier cartel: un corral de piedra seca medio hundido, una puerta antigua con la madera combada por los inviernos, o la pequeña fuente junto al camino, donde todavía corre un hilo de agua cuando la temporada ha sido generosa en lluvias.
Caminos que se pierden entre encinas
Desde las últimas casas parten varios caminos de tierra que se internan en el paisaje serrano. No están señalizados como rutas oficiales; son caminos de uso tradicional, los que han utilizado durante años ganaderos y vecinos para moverse entre fincas.
Conviene llevar mapa o track GPS si la idea es caminar un rato largo. En algunos cruces no hay indicaciones y los caminos se difuminan entre pastos o encinares.
La vegetación es la típica de esta parte de la sierra: encinas, robles dispersos y prados abiertos. En primavera el suelo se llena de flores pequeñas y el aire trae el zumbido constante de insectos. En otoño el paisaje se vuelve más sobrio, con hojas secas acumuladas en los márgenes y manchas rojizas de quejigo en las laderas.
No es raro ver buitres leonados planeando alto cuando el día se calienta. También se oyen jilgueros y otras aves pequeñas en los bordes del pueblo.
La huella del ganado en la piedra
Buena parte de lo que rodea Medranda tiene que ver con la ganadería extensiva. A poca distancia del núcleo aparecen parideras, corrales de piedra y pequeños cercados que durante décadas sirvieron para ovejas o vacas.
Muchas de estas construcciones siguen en pie por pura solidez: muros de piedra seca, puertas bajas y patios protegidos del viento. En algunos casos aún se usan; en otros han quedado como una especie de archivo al aire libre de cómo se organizaba la vida aquí no hace tanto.
Para comer o dormir: moverte a pueblos cercanos
En el propio Medranda no hay alojamientos ni bares que funcionen de forma estable durante todo el año. Si quieres parar a comer o pasar la noche, lo habitual es moverse a pueblos cercanos de la comarca.
Por la zona siguen apareciendo platos muy ligados al campo: cordero asado cuando hay horno encendido, guisos con setas en temporada y embutidos elaborados en la sierra. En algunos sitios también preparan migas o gachas, sobre todo en los meses fríos.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño son los momentos más agradables para recorrer los caminos. En abril y mayo el campo está verde y el suelo todavía conserva humedad; en otoño la luz es más baja y el paisaje se llena de tonos ocres.
El invierno aquí se deja notar. Las heladas son frecuentes y alguna nevada puede complicar los accesos por las carreteras secundarias. Si vienes en esa época conviene mirar el tiempo antes de salir.
Medranda se puede recorrer en menos de una hora si caminas sin detenerte. Pero lo interesante no está en contar monumentos, sino en fijarse en lo pequeño: el silencio que queda entre ráfagas de viento, las casas que siguen habitadas junto a otras que ya no lo están, y esa sensación de que el pueblo continúa a su ritmo, bastante ajeno a todo lo que pasa más allá de las colinas que lo rodean.