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sobre Méntrida
Capital de la Denominación de Origen Méntrida; villa histórica con gran tradición vinícola y romería
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Las campanas de San Sebastián dan las ocho cuando el sol todavía no ha salido del todo. Desde la plaza Mayor, las paredes encaladas de Méntrida cogen un tono rosado que dura apenas unos minutos, justo antes de que la luz se vuelva blanca y plana. A esa hora atraviesan el pueblo los primeros camiones que vienen de las viñas cuando es tiempo de vendimia, y el aire suele oler a mosto fresco mezclado con el pan que sale del horno de la tienda que abre temprano.
El vino que se guarda bajo los pies
En Méntrida es bastante común que las casas antiguas tengan su cueva‑bodega. No son cuevas pensadas para enseñar al visitante: son huecos excavados bajo las viviendas, a varios metros de profundidad, donde durante generaciones se guardaron las pipas de vino aprovechando la temperatura estable del subsuelo. Muchas siguen ahí, con sus puertas de madera medio escondidas tras portones de hierro.
Algunas se abren en septiembre, cuando el pueblo celebra la Fiesta del Vino. Entonces se baja por escaleras de piedra gastada y se nota enseguida la humedad fresca de las paredes de tierra y tapial, ese olor mezclado de bodega vieja, madera y vino reposando.
La zona forma parte de la D.O. Méntrida, donde la garnacha manda desde hace mucho tiempo. Los viñedos se reparten por suelos pedregosos —cuarcitas y pizarras— que reflejan bien la luz. Si pasas entre semana por los caminos agrícolas, es fácil cruzarse con gente trabajando la viña. A veces basta pararse un momento para escuchar cómo comentan si la uva viene adelantada ese año o si la lluvia ha cambiado la vendimia.
La iglesia levantada con piedra de otro tiempo
La torre de San Sebastián se ve desde casi cualquier punto del pueblo. Sobresale por encima de los tejados y, cuando el día está claro, desde sus alturas se alcanza a ver la llanura que se extiende hacia Toledo.
El edificio se levantó en varias etapas a lo largo de los siglos, algo bastante habitual en las iglesias de esta zona. Parte de la piedra procede, según se cuenta en el pueblo, del antiguo castillo de Alamín, que acabó desmontado cuando ya había dejado de tener función defensiva.
Dentro, el espacio es amplio y bastante luminoso. A mediodía, cuando el sol entra por los ventanales altos, la luz cae en diagonal sobre el suelo de piedra y hace que los dorados del retablo brillen con más fuerza durante un rato breve, antes de que el interior vuelva a esa penumbra tranquila de iglesia de pueblo.
Cuando el pueblo se ilumina
En torno a San Antón, a mediados de enero, Méntrida huele a leña y a romero. Esa noche muchos vecinos encienden hogueras delante de sus casas en lo que aquí llaman la luminaria. El fuego se refleja en las fachadas encaladas y las calles se llenan de pequeños corros de gente hablando alrededor de las brasas.
Los mayores cuentan que antiguamente estas hogueras tenían también un sentido práctico, relacionado con limpiar el aire del invierno y proteger al ganado. Hoy la tradición sigue más como encuentro vecinal que como rito.
La plaza Mayor —formada poco a poco entre los siglos XVII y XX, sin un trazado demasiado rígido— suele concentrar bastante movimiento esa noche. Allí se juntan quienes viven todo el año, quienes vuelven por unos días y algunos curiosos que han oído hablar de la luminaria y llegan sin tener muy claro qué se van a encontrar.
El sabor de volver
El cocido que se hace en muchas casas de Méntrida tiene su propia forma. Lleva garbanzos y carne de vaca que se cuece despacio durante horas. No es exactamente el madrileño ni el manchego: aquí suele salir más concentrado, con ese sabor profundo de las carnes de antes.
Las patatas en ajorrio aparecen a menudo en comidas familiares o en días de caza. Llevan pimentón, ajo machacado y a veces un punto de comino que se nota al final, cuando el plato ya está casi terminado.
En septiembre, durante la Fiesta del Vino, es habitual ver dulces hechos con arrope, ese mosto cocido que queda oscuro y espeso. Las empanadillas rellenas con ese dulce aparecen en muchas mesas esos días. También se preparan rosquillas perrunas, duras y secas, de las que se mojan en el café para que se ablanden un poco.
Un paseo hacia la dehesa
Desde el final de la calle Real sale un camino de tierra que se dirige hacia la ermita de la Virgen de la Natividad, en la zona de la Dehesa de Berciana. El recorrido ronda los tres kilómetros y atraviesa un paisaje tranquilo de encinas, olivos y viña dispersa. En verano el polvo blanco del camino se pega a las zapatillas; en invierno el suelo suele estar más compacto.
La ermita aparece de golpe entre los árboles, pequeña y blanca, con una campana oscurecida por los años. A comienzos de septiembre el pueblo suele subir hasta allí en romería.
El otoño es probablemente el momento más agradable para caminar por esta zona. Las viñas cambian de color y el calor ya no aprieta tanto como en agosto. Entre semana el silencio es casi completo, roto solo por algún tractor a lo lejos o por el batir de alas de las perdices cuando levantas demasiado polvo al andar.
Si uno se queda un rato en la plaza al caer la tarde, cuando el sol baja por detrás de los tejados, hay un olor que se repite: mosto en época de vendimia, pan recién hecho algunas mañanas, y esa mezcla de polvo caliente y piedra que tienen muchos pueblos de esta parte de Toledo.