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sobre Dosbarrios
Situado en un alto con vistas a la vega; destaca su castillo y la tradición musical de sus bandas
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A las seis de la tarde, en abril, la luz cae oblicua sobre los trigales que rodean Dosbarrios. Desde la loma donde se levanta el castillo de Monreal, la Mesa de Ocaña se abre como una planicie ondulada que parece no acabarse. En medio del campo, la autovía hacia Madrid corta el paisaje con una franja gris. Sopla un viento seco que huele a tierra removida y a cereal joven.
El castillo tiene algo poco habitual: su planta triangular. No es fácil encontrar fortalezas así en Castilla. Desde lejos parece un barco de piedra encallado en la loma, con torres en cada vértice. La entrada queda algo elevada y obliga a dar un pequeño salto o apoyarse en el muro. Dentro quedan sobre todo paredes desnudas y un pozo hoy cegado. Lo que mantiene a la gente allí arriba son las vistas: el pueblo con sus tejados rojizos a un lado y, al otro, una extensión de cereal que cambia de color según la estación.
Bajar después hacia el casco urbano es notar cómo el ritmo se ralentiza. Las calles son tranquilas, con casas bajas y portones de madera castigados por el sol de La Mancha. En la plaza se levanta la iglesia de Santo Tomás, con una torre robusta que se añadió en el siglo XVI. Las campanas marcan las horas con un sonido metálico que se queda flotando un momento en el aire antes de perderse entre las calles.
El olor de la manteca en las sartenes
A mediodía todavía hay movimiento en alguna tienda del centro. Mientras se pesa queso manchego y se comenta cómo viene la cosecha, la conversación suele acabar hablando del tiempo: si la sequía aprieta o si las lluvias llegan tarde.
La cocina de la zona es directa y contundente. El pisto aparece cuando hay tomate de huerta, y el gazpacho manchego —que aquí es un guiso caliente de carne y torta— suele cocinarse en cazuelas grandes cuando se junta la familia. Algunos dulces tradicionales de la comarca, como los llamados duendes de vino de Ocaña, aparecen en bolsas de papel y duran poco en la mesa.
A primera hora de la tarde el pueblo se queda muy quieto. Muchas persianas bajadas, alguna bicicleta apoyada en una pared, el eco de una televisión encendida detrás de una ventana. Más tarde vuelven a abrir algunos bares de la plaza y empieza el goteo de vecinos que se paran a charlar un rato antes de volver a casa.
Cuando el pueblo se viste de fiesta
A comienzos de mayo suele celebrarse una de las fiestas locales. La banda toca en la plaza después de los actos religiosos y los niños corretean alrededor mientras los mayores conversan en corros pequeños. Es también uno de esos momentos en que regresan quienes viven fuera y pasan unos días aquí.
En septiembre llega la otra celebración importante del calendario. Las calles se llenan más de lo habitual y las aceras se convierten en lugares de encuentro improvisados: mesas plegables, bandejas que van de una casa a otra y conversaciones que se alargan hasta la noche.
El Corpus, que cae a finales de primavera, transforma el aspecto de algunas calles. Tradicionalmente se cubren tramos del suelo con vegetación fresca y se montan pequeños altares en las puertas de las casas. El olor a hierba recién cortada se mezcla con el del incienso cuando pasa la procesión.
El sendero que baja hacia el arroyo
Por el término municipal pasa uno de los trazados asociados a la Ruta del Quijote, aunque muchos vecinos lo mencionan simplemente como el camino que baja hacia el arroyo. Sale cerca del castillo y se aleja del pueblo entre campos abiertos.
En primavera aparecen romeros y otras hierbas aromáticas que perfuman el aire cuando se pisan. Caminando con calma se llega en menos de una hora a un pequeño puente de piedra. Allí, cuentan los mayores, se lavaba la ropa hasta bien entrado el siglo pasado. En algunas losas aún se notan las hendiduras redondeadas del uso.
Desde ese punto el camino se divide. Un ramal sigue hacia Ocaña por una senda antigua de paso de carros; el otro sube hacia zonas de dehesa donde todavía se ven rebaños de oveja manchega. Al amanecer, cuando la niebla se queda baja sobre los campos, el paisaje tiene algo silencioso y amplio que ayuda a entender esta parte de la llanura manchega.
Cómo llegar y cuándo ir
Dosbarrios está en la comarca de la Mesa de Ocaña, a menos de una hora en coche de Toledo y relativamente cerca de Madrid por autovía y carreteras comarcales. El último tramo discurre entre campos de cereal y, según la época, girasoles.
En verano el calor aprieta bastante en las horas centrales del día. Conviene llevar agua si vas a caminar por los alrededores, porque en el casco urbano no abundan las fuentes públicas. Primavera y comienzos de otoño suelen ser momentos más agradecidos: el campo cambia de color y por la noche todavía refresca.
El alojamiento dentro del municipio es limitado y muchos visitantes se quedan en localidades cercanas. Aun así, pasar la tarde y la mañana siguiente aquí permite ver el pueblo en sus horas más tranquilas.
A primera hora, en un bar de la plaza, el café suele servirse en vasos de cristal grueso. Algún vecino preguntará de dónde vienes. No es curiosidad turística; es la forma de situarte dentro del mapa mental de la comarca. Cuando sabe que vienes de fuera, la conversación se alarga un poco más de lo habitual. Y eso, en lugares como Dosbarrios, ya dice bastante.